"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

martes, 12 de junio de 2018

ILDIKO NASSR Dice que ellos crearon su mundo en trece días









TALLER ILDIKO NASSR
(Río Blanco, Provincia de Jujuy, Argentina, 1 de abril de 1976)
CUATRO MICRORRELATOS


EL EMPERADOR

     En una fecha y un lugar distantes y que ya nadie recuerda, el hijo del monarca fue nombrado emperador a los doce años. Era aún un niño más interesado en jugar que en gobernar. No entendía las nociones de pueblo, orden, justicia…  sólo había en su vocabulario vida, juego, magia, aventuras…
El niño estaba a cargo de un séquito de mujeres que lo protegían. Un hombre solo entre las mujeres que manejaban sus días. El emperador no tomaba decisiones. Sin embargo, un día, con su firma, ordenaron matar a todos los niños del pueblo e incendiar las bibliotecas. Pronto se cerraron escuelas, posadas, lavanderías… las ciudades se volvieron tristes. El único niño del pueblo corría por las calles con su conciencia tranquila y sin saber mirarse a un espejo aún.


EL ERMITAÑO

     Sostiene el cuchillo con firmeza y lo inserta entre la carne y el hueso. La sangre brota y empalaga la mano que sostiene el cuchillo. Hay un eco como de tambores que se sienten en el cuerpo y martillean las sienes. Despedazar un cuerpo no es tarea sencilla. Separa huesos, entrañas y carne. Los acomoda en bolsas negras de residuos. Quiere hacer un trabajo prolijo pero la sangre es como la pintura en un bote que ha sido pateado sin querer. Se esparce por todos lados y no escurre. Todo lo mancha, todo lo pinta con su intensidad.  Todo es rojo. Incluso los huesos.
     La fuerza y la firmeza en los cortes flaquean. Lo que comenzó como una profunda incisión de desguace se convirtió en un macheteo improlijo y salvaje.
     Los recuerdos de aquella madrugada no le permiten caminar tranquilamente por las calles de la ciudad, por ello se mudó a la casita de la montaña y vive a base de meditación y soledad.


ALUMNO

     Un alumno me abrazó en clase. Se levantó de su banco y vino directo a mi cintura. Me sentí avergonzada. No sabía cómo taparme. No supe, tampoco, decirle nada.
     Esa noche, soñé que mordía su pene, lo masticaba (no sin dificultad) y me lo tragaba.
     —Eunuco —le decía y él no sabía cómo taparse.
     Extrañamente no había sangre.
     Al día siguiente en clase evité su mirada y a él. Saludé antes de irme y escuché su respuesta. Antes de entrar a la sala de profesores, no sé cómo, volvió a abrazarme. Sus abrazos son el consuelo de penas que vienen desde más allá de mis ancestros más remotos.
     No quise mirarlo, para que mi mirada no delatase las imágenes de mi sueño.
     Me susurró: nunca vuelvas a decirme eunuco.


DICEN

     Dice que ellos crearon su mundo en trece días. “Trece días, señora”, recalca.
     Dice que los dioses los crearon para escuchar una alabanza; y ellos supieron dársela.
     Dice que después llegaron esos, como papagayos gigantescos, y se llevaron todos los libros. “Los libros que alababan a los dioses, señora, y contaban nuestra historia. Se los llevaron hasta cerquita del mar y los quemaron, señora, los quemaron. Yo no pude salvar ni uno, señora, nada”.
     Dice que enamoraron a sus mujeres y ellos nada pudieron hacer.
     Después sobrevino el silencio.
     “¿Qué pasó después?”, insisto en la pregunta.
     Dice: “Señora, después no hay después”.
     Y queda callado, silenciado. La mirada perdida.
     —Pero siempre hay un después.
     “No, señora —dice— hasta eso se llevaron”.



De Los hermanos mayores (“El emperador” y “El ermitaño”) y Placeres cotidianos (“Alumno” y “Dicen”).


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 11 de junio de 2018

ELVIRA SASTRE La soledad es mirar a unos ojos que no te miran













TALLER ELVIRA SASTRE
(Segovia, España, 1992)
EL AMOR EN UN BOTE DE CRISTAL

La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.

Llega entonces ella, disfrazada
de pájaro, árbol y viento,
llega entonces ella, disfrazada,
atrapa una lágrima con el dedo
y la mete en un bote de cristal.

Añoro el mar,
alcanzo a decir.

No quedara hueco en el mundo en el que no existas,
me dice,
no existirá lugar alguno en el que
no te mire.
Montañas, sauces, telas de araña,
en todos tejo tu nombre,
en todos coloco tu cuerpo frente al daño.
Te llevaré, acaso,
ante el precipicio,
habré de empujarte y cogerte la mano
para que me creas.
Y solo entonces si desvío la mirada
hacia el fondo,
inquieta por lo que allí te espera,
te diré que no puedo compartir mi dolor,
que el viento me lleva a otro sitio,
que el silencio es el único lugar
en el que me quedan palabras,
que he de soltarte
para poder cogerme,
que me voy, amor,
que te quiero y que me voy queriéndote
para no quererte nunca más
y olvidar las montañas,
y los sauces,
y las telas de araña
y tu cuerpo frente al daño
que me espera ahora en otros lugares.

Y así, con el dolor de lo inevitable,
recogerás con el dedo la misma lágrima
que hoy me quitas
y volverás a dejarla sobre mi rostro,
esta vez
en la otra mejilla.

La soledad es mirar a unos ojos que no te miran.


ENSUEÑO

El tiempo sucede tranquilo.

Hay un latido en la alfombra
que descansa ajeno a su vida:
responde a cualquier nombre
que le hable con cariño.
Me pregunto si habrá respuestas en sus ojos,
si acaso piensa en quién es,
si sabrá que en su mirada
está mi vida completada.

Yo le hablo
y en él las horas son días.
Yo le miro
y él abre mi camino.
Él es mi baile y no sé si lo sabe.

Hay otro latido reposando aquí a mi lado
que no se llama rutina,
quizá ensueño se acerque
más a sus manos pequeñas.
Puede que no entienda que mi tarde descansa
cuando ella sueña,
que me bastan los balcones
o que me vuelve el sueño tan fácil
que me cuesta regresar a ese otro lugar.
Cuando la vida se vuelve tan sencilla
solo hay que imaginar la lluvia.

Aquí, el tiempo sucede tranquilo.
Ellos duermen.
Y yo imagino la lluvia
y dibujo dos rayos en los ojos.


LA PREGUNTA QUE TERMINA CON TODO

Me dijiste que debía
olvidar todo lo que me habías hecho
para que esto pudiera funcionar.

Y lo hice, amor, lo hice,
y olvidé también y sin querer
tu manera de acariciarme,
tu facilidad de hacerme reír,
tu espero al limpiarme,
el amor al cuidarme,
y te olvidé a ti entre un daño
y otro,
olvidé sin querer.

Esa pregunta que termina
con todo:
¿puedes seguir enamorada de alguien
que has dejado de querer?


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

jueves, 7 de junio de 2018

RODOLFO WALSH Llueve siempre













TALLER RODOLFO WALSH
(Lamarque, Río Negro, 9 de enero de 1927 - desaparecido 25 de marzo de 1977)
ESE HOMBRE



El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga. 
En la casa me recibe el secretario discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando. 
Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano. 
-Lo estaba esperando -dice. 
-Tenía muchos deseos de conocerlo -aseguro. 
Todo es claro y ordenado en su despacho: libros en los anaqueles, un Martín Fierro a caballo, el banderín argentino, Juan XXIII bajo el vidrio del escritorio. 
Cuando se sienta, veo por primera vez la desollada cara del Viejo, la cascada de venitas rojas que no aparece en las fotos o que las fotos olvidan, lo mismo que uno. 
-¿Café? -dice-. ¿Coñac? 
Ofrece Winstons, se inclina hacia adelante para dar fuego con el encendedor de oro. Tal vez me he quedado dormido en alguna butaca de algún aeropuerto en alguna indescifrable escala nocturna y este sueño preocupado es una broma del cansancio. Pero el Viejo está allí, veo el traje pizarra, el pulóver rojo, las ideas que se ordenan en su cara, la embellecen, escucho la voz persuasiva que habla del mundo, sus grandes movimientos circulares, sus leyes inmutables. 
-A los imperios no los derriba nadie -dice-. Se pudren por dentro, se caen solos. 
Solos, pienso. 
Parece que adivina. 
-Cuando alguien los empuja -dice, recuerda-. En este continente yo los he enfrentado -dice, anulando de un golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a este continente que no es este, no es la muchacha que vuelve y sirve el coñac y sirve el café. 
-Café sin cafeína -dice el Viejo-. Es más sano. Mire Vietnam -dice.
Miro Vietnam: sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm.
-Los militares yanquis -explica- son muy brutos, no leen la historia, creen que la guerra se gana con el ejército. 
Otra vez el gesto circular abarca las edades, los pueblos, el orgullo pisoteado, Roma se derrumba en el espejo de la memoria y la voz del Viejo parece que gozara. 
-Líneas de abastecimiento. Lo sabe un cadete. 
Toma su café sin cafeína. 
-Ya no les quedan amigos en el mundo -dice. 
-Si éstos se salvan -dice- será porque tienen dos océanos de por medio. 
-Pero a usted lo derrocaron. 
-A mí me derrocó la Sinarquía -aclara-. Después vinieron a buscarme. Los yanquis -dice, rememora-. Cuántas veces. 
-Y usted. 
Me pregunta si conozco el cuento del vasco. Escucho el cuento del vasco, rodeado de parientes, que no quería firmar el testamento. El índice del Viejo va y viene despacio sobre el índice izquierdo, preparando la pregunta, la pausa, el corte de manga, su porfiada respuesta. Y ahora no sé cuál es mi risa, cuál es la suya, la del Papa Juan divertido a su modo en el cromo. 
El círculo pulsa, se achica, se concentra. El Viejo desliza sobre el vidrio una caja taraceada de tabacos. Tomo uno, lo hago girar entre los dedos, aspiro su lejano aroma. 
-Me los manda Fidel -dice el Viejo-. Cómo están por allá. 
-Siempre preguntan por usted. 
Es cierto: siempre preguntan por él. 
-Esperaban su visita -digo. 
-Me hubiera gustado ir -suspira-. No ha llegado el momento. Usted sabe, había que pasar por Moscú. 
El periódico sigue inmóvil sobre el escritorio, con sus terremotos, naufragios, sobresaltos del oro, el nuevo récord de Iberia: seis horas, treinta y dos minutos, vuelo directo. No veo las manos del Viejo, tal vez el índice derecho sigue moviéndose despacito sobre el izquierdo, debajo de la mesa, una broma conjunta que podemos apreciar. 
El círculo ha vuelto a crecer, las costas se dilatan, la selva. América. Ahora hablamos de los muertos. El Viejo guarda la caja de tabacos, saca un libro abierto en la dedicatoria de “un adversario que evolucionó”, la firma brevísima del gran muerto reciente cuyas cenizas llueven sobre mil ciudades, que anda por ahí asomado a las cocinas, a los dormitorios, probando el caldo de las ollas, creciendo en los huesos de los chicos. 
-Tenía el fuego sagrado -dice el Viejo-. Lástima que no trabajara para nosotros -y la cara se le nubla, de pena, desconcierto, quién sabe. 
-Él pensaba que había que apurarse. 
-Sí, pero ya ve. 
-Porque ellos creen que Vietnam se acaba, y que después caerán sobre ellos, sobre nosotros -digo-. Por eso estaban apurados. 
-La guerra es larga -responde sin apuro. 
Vuelvo a mirarlo como si yo fuera el Viejo y él tuviera un largo futuro por delante. 
Si él quisiera, pienso. 
La puerta se abre sola. Un fogonazo de alegría alumbra la cara surcada de venitas del Viejo, que se para, avanza hacia el perro lanudo que entra en dos patas. Yo miro el despliegue de mimos y festejos que corta las preguntas, acaso la entrevista. 
Pero el Viejo vuelve, se sienta. 
-Otro café -dice. 
De la manga del saco sale otra anécdota, como otro conejo. Cada vez que el general Roca recibía al embajador boliviano, ponía dos sillas. Una para el embajador, otra para la mala fe. 
-Yo le mandé decir que tuviera cuidado, que desconfiara de esa gente. No era tiempo. 
-Cuándo entonces -digo. 
-Yo he esperado mucho. 
Tal vez lo estoy fastidiando, acaso va a mirar su reloj, usar un pretexto que no necesita, la mujer que atravesó el Atlántico para conseguir su dedicatoria en una foto, el dirigente que aguarda en la sala su epifanía de palabras lejos, vestales con pinta de herederos, tahúres de doble entraña, empresarios dispuestos a compartir las pérdidas, terratenientes a socializar los caminos, clérigos a repartir el reino de los cielos, gorilas convertidos. 
El arresto del último general que casi se subleva flota sobre los pocillos de café sin cafeína. 
-Es un buen muchacho -sugiere-. Le voy a contar un chiste -sugiere. 
Las once de la mañana entran por el ventanal, aclarando la sonrisa. 
Un empresario americano fue a Brasil, donde querían comprar petróleo; fue a Kuwait: querían vender petróleo; a Grecia: les propone transportar petróleo. Armó el negocio, se quedó con la mitad. Los otros le peguntaron: ¿Pero usted qué pone? 
-¿Cómo qué pongo?-, dijo el empresario -dice el Viejo-. -Yo pongo el Atlántico.- Con este muchacho pasa lo mismo. El ejército pone las armas. Nosotros ponemos la gente. ¿Y él qué pone? ¿La patria? 
Risas. Imposible no reír cuando el Viejo cuenta un chiste, porque lo cuenta muy bien. Pero consigue que el cotejo con la realidad parezca un segundo chiste, mejor que el primero. 
Ahora sí, ha mirado su reloj. De golpe entiendo que he pasado horas sumergido en la envolvente conversación del Viejo, como quien escuchara a cualquier padre, y que al salir estaré caminando por una calle de Puerta de Hierro, de Southampton, de Martín García, con todas las preguntas sin hacer. 
-Esa mujer -digo. 
Su cara es gris. Una muralla. 
-Creo que la quemaron -dice. 
-No la quemaron -fantaseo-. Está en un jardín, en una embajada, de pie, una estatua bajo tierra, donde llueve -digo. Llueve siempre, pienso, y ella se pudre. 
-Puede ser -su cara es más remota que nunca-. Algún día se sabrá. 
-Y los otros muertos -quiero saber-. Los fusilados, los torturados. 
Un ramaje de la vieja cólera circula por su cara, relámpago entre nubes. 
-El pueblo pedirá cuentas. 
-¿Cuándo? 
-Algún día. Saldrá a la calle, como el 56, el 57. 
-¿Por qué no ha vuelto a salir? 
-Porque yo no he querido -dice. 
-¿Cuándo, general, cuándo?


Hay un plan de este relato, está escrito a máquina y fechado un 9 de mayo de 1972. Hay seis versiones conservadas de este texto (todas inconclusas). Las fechas marcadas por RW en esas diferentes versiones va desde el 2 de marzo de 1968, la primera, hasta el 21 de junio de 1972, la última. De todas ellas se armó la versión que presento.

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

viernes, 1 de junio de 2018

MARCO DENEVI Pero seguía hermoso














TALLER MARCO DENEVI
(12 de mayo de 1922 – 12 de diciembre de 1998)
LA INMOLACIÓN POR LA BELLEZA



     El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
     Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo -como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.
     Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.
     El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

martes, 29 de mayo de 2018

JORGE LUIS BORGES Chuang Tzu













TALLER JORGE LUIS BORGES
(Buenos Aires, Argentina, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, Suiza, 14 de junio de 1986)
UN AUTOR PELIGROSÍSIMO

(Fragmento)

     “(…) Chuang Tzu ha sido muy diversamente juzgado. Martin Buber (Reden und Gleichnisse des Tschuang-Tse, 1910) lo considera un místico; el sinólogo Marcel Granet (La pensée chinoise, 1934) el más original de los escritores de su país; Xul Solar, un literato que exploró las posibilidades líricas y polémicas del taoísmo. Nadie ha negado su vigor y su variedad. Uno de sus sueños es proverbial en la literatura china, cuyos sueños son admirables. Chuang Tzu -hará unos veinticuatro siglos- soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.

     Copio una de sus parábolas: “La más hermosa mujer del mundo, Hsi Shih, frunció una vez el entrecejo. Una aldeana feísima la vio y se quedó maravillada. Anheló imitarla: asiduamente se puso de mal humor y frunció el entrecejo. Luego pisó la calle. Los ricos se encerraron bajo llave y rehusaron salir; los pobres cargaron con sus hijos y sus mujeres y emigraron a otros países”.

     La primera versión inglesa de Chuang Tzu apareció en 1889. Oscar Wilde la criticó en el Speaker. Alabó su mística y su nihilismo y dijo estas palabras: “Chuang Tzu, cuyo nombre debe cuidadosamente pronunciarse como no se escribe, es un autor peligrosísimo. La traducción inglesa de su libro, dos mil años después de su muerte, es notoriamente prematura”.


En “Chuang Tzu”, revista Sur, agosto de 1940


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

domingo, 27 de mayo de 2018

SANDRA RUSSO Ser leonas con los dientes apretados, hembras resistentes que salen a ganarse su alegría












TALLER SANDRA RUSSO
(Buenos Aires, 1959)
LA MUJER SABIA ES LA MUJER ALEGRE


NOSOTRAS PARIMOS EL BUEN DÍA

     Viene de adentro, no cabe duda. Se hace paso desmalezando el camino, salta como un atleta en esa carrera llena de los obstáculos que somos nosotras mismas. Se impone y despeja el cielo que tenemos grabado en la retina. Nos permite mirar a nuestro alrededor con ojos infantiles, con ojos invencibles. Es esa fuerza que puede recibir distintos nombres pero no tiene ninguno. Es esa gracia que no obedece a la voluntad, que baila sola. Es el deseo de aprovechar las horas. Es nuestra parte más clara y más blanda. En esa zona amurallada por todos los devenires y pertrechada contra todos los rayos, esa fuerza germina y se hace fuerte, y se hace música sencilla. Es la alegría de estar aquí y ahora, de ser quienes somos, de aceptarnos y conocernos y aún así desear ser distintas. Es la alegría la que mueve montañas dentro de nosotras, la que es fe, la que es gratis, la que es digna de ser defendida contra todo. Lo menos que podemos hacer por ella es defenderla contra todo. Ser leonas con los dientes apretados, hembras resistentes que salen a ganarse su alegría. Esa es la presa de las cazadoras. La alegría. La luz que baña todo lo que toca con su color: encanta los panes de los desayunos, los saludos al vecino, el café de la media mañana, el paseo solitario, las arrugas, la amarra del amor. La alegría es lo que nos consuela por las cosas a las que hemos renunciado y también lo que nos permite volver a elegir las cosas que hemos elegido. La mujer sabia es la mujer alegre.


EL BAÑO CALIENTE DESPUÉS DEL TRABAJO

     Fue un día largo, espinoso. Hubiésemos preferido ir de aquí para allá en cámara lenta, o en todo caso quedarnos quietas, porque hoy estamos frágiles, víctimas de una de esas gripes del alma que atacan sin aviso. Pero hemos sucumbido a la tormenta de sucesos, peregrinaciones y rituales que ejercemos porque somos adultas, y una mujer adulta es alguien que no obedece a su impulso sino a su agenda. Hemos librado nuestras batallas ínfimas en bancos, en oficinas, en comercios, en subterráneos, en colectivos, y hemos vuelto, por fin hemos vuelto a casa. Pero nos huele mal en la ropa y en el cuerpo todo lo no elegido. Nos desnudamos y abrimos la canilla. El concierto del agua se abre paso hacia nuestros oídos mientras los ojos se dejan nublar por el vapor. Ahí vamos, desprovistas de todo menos de nuestra naturaleza, a bautizarnos en el baño caliente. ¿Será posible este renacer hoy, recuperar este día? Bajo el agua caliente es que queremos borrar lo que hemos hecho sin convicción, y rehacernos un poco más convincentes. Nos quedamos inmóviles bajo el agua. Buscábamos esto. La dulce inmovilidad en la pecera, este otro tipo de limpieza.


DORMIR SOLAS

     La cama es un mundo que es nuestro. Somos dueñas esta noche de sus leyes. Somos soberanas con laureles de esta sábana blanca que huele a azahar. Antes de dejarnos doblegar por el sueño, somos felices. Brevemente. Discretamente. Nadie nos obedece, no obedecemos a nadie. En esta cama no hay ningún juego de poder. Qué bella manera de descansar.


DORMIR ACOMPAÑADAS

     Sumergirse de a poco en el agua del sueño. Pero antes, o mientras tanto, mientras nos sumergimos, los pies buscan sus pies. La piel de los dedos de los pies empieza a acariciar la superficie tibia de otra piel. Este abrazo comienza de abajo para arriba. Y sube. Nos entregamos a esa deriva. Y cuando el sueño comienza a masticarnos, nos dejamos masticar porque no muerde. Nos dormimos abrazadas a él. Así está bien. 



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

miércoles, 23 de mayo de 2018

PHILIP ROTH Leer ha reemplazado el placer de escribir y constituye el principal estímulo de mi vida intelectiva

Foto: Jmp












TALLER PHILIP ROTH
(EEUU, 19 de marzo de 1933 – 22 de mayo de 2018)
DEJARÉ LA VEJEZ PARA ENTRAR EN LA VEJEZ PROFUNDA Y ADENTRARME CADA DÍA UN POCO MÁS EN EL TEMIBLE VALLE DE LAS SOMBRAS


BUENAS NOTICIAS

Milty, el soldado americano, telefonea desde el Japón. Mamá —dice—, soy Milton, ¡tengo buenas noticias! Conocí a una chica japonesa maravillosa y nos casamos hoy. Quiero llevarla a casa en cuanto me licencie, mamá, para que la conozcas. Bueno —dice la madre—, tráela, desde luego. Oh, magnífico, mamá —dice Milty—, magnífico… sólo que me estaba preguntando…, en tu pequeño departamento ¿dónde dormiremos Ming Toy y yo? ¿Dónde? —dice la madre—. Pues en la cama ¿en qué otro sitio vas a dormir con tu esposa? Pero, entonces, ¿dónde dormirás vos si nosotros dormimos en la cama? ¿Estás segura de que hay sitio, mamá? Milty querido, por favor —dice la madre—, todo está bien, no te preocupes, habrá todo el sitio que quieras: en cuanto cuelgue el teléfono voy a suicidarme.


TRUMP ES UN FRAUDE A GRAN ESCALA, LA FATÍDICA SUMA DE SUS DEFICIENCIAS,
CARENTE DE TODO EXCEPTO DE LA IDEOLOGÍA HUECA DEL MEGALÓMANO

Charles McGrath, The New York Times Book Review, 26 de enero de 2018  

     Con la muerte de Richard Wilbur en octubre, Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933) se convirtió en el decano del departamento de literatura de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, el augusto salón de la fama de Audubon Terrace, en el norte de Manhattan, que es a las artes lo que Cooperstown al béisbol. Recientemente, Roth entró a hacer compañía a William FaulknerHenry James y Jack London como uno de los pocos estadounidenses incluidos en la Biblioteca de la Pléiade. Además, la editorial italiana Mondadori está publicando su obra en la colección Meridiani de autores clásicos. Todas estas distinciones -que incluyen el premio español Príncipe de Asturias en 2012 y el nombramiento de comendador de la Legión de Honor francesa en 2013- parecen complacerlo al tiempo que divertirlo. “Mire esto”, me dijo el mes pasado mientras sostenía el volumen de Mondadori con su ornamentada encuadernación, grueso como una Biblia, que incluye títulos como El lamento de Portnoy y Zuckerman desencadenado. “¿Quién lee libros así?”
     Como es sabido, en 2012, al acercarse a los 80 años, Roth anunció que había dejado de escribir. (En realidad lo había hecho en 2010). En los años transcurridos desde entonces, ha dedicado parte del tiempo a dejar las cosas claras. Por ejemplo, escribió una larga y apasionada carta a Wikipedia rebatiendo la ridícula opinión de la enciclopedia de internet de que no había sido un testigo fiable de su propia vida. (Wikipedia acabó dando marcha atrás y reescribió su entrada).
     Roth también mantiene contacto frecuente con Blake Bailey, al que nombró su biógrafo oficial y que ya ha acumulado 1.900 páginas de notas para un libro que se prevé que sea la mitad de extenso. 
     Además, ha supervisado la publicación de Why Write? (¿Por qué escribir?), el último volumen de la edición de su obra en la Library of America. El libro, una especie de barrido final, un pulimento del legado, incluye una sección de ensayos literarios de las décadas de 1960 y 1970, el texto completo de El oficio -su colección de conversaciones y entrevistas con otros escritores, muchos de ellos europeos, de 2001-, y una sección de ensayos y conferencias de despedida, algunos de los cuales se publican por primera vez. No por casualidad, termina con una frase de dos palabras: “Aquí estoy”, entre tapas duras, claro está.
     Sin embargo, la mayor parte del tiempo, Roth lleva la tranquila vida de un jubilado del Upper West Side. (Su casa de Connecticut, en la que solía recluirse para los largos periodos de escritura, solo la usa en verano). Ve a amigos, va a conciertos, revisa su correo electrónico y ve viejas películas en Film Struck. No hace mucho recibió la visita de David Simon, creador de The Wire, que está realizando una miniserie en seis capítulos de La conjura contra América, tras la cual declaró que estaba seguro de que su novela estaba en buenas manos. Roth goza de buena salud, aunque ha tenido que someterse a varias operaciones debido a un recurrente problema de espalda, y parece feliz y satisfecho. Tiene una actitud pensativa, pero, aun así, cuando quiere es muy divertido.

     ¿QUÉ PIENSA DE LOS DÍAS QUE VIVIMOS?
     He entrevistado a Roth en diversas ocasiones a lo largo de los años, y el mes pasado le pregunté si podíamos volver a hablar. Como muchos de sus lectores, me preguntaba qué pensaba el autor de Pastoral americanaMe casé con un comunista y La conjura contra América del extraño periodo que vivimos actualmente. También tenía curiosidad por saber cómo pasaba el tiempo. ¿Se dedicaba a hacer sudokus? ¿Veía la televisión durante el día? Roth estuvo de acuerdo en que lo entrevistase, pero solo si lo podíamos hacer por correo electrónico. Necesitaba darse tiempo, me explicó, y meditar lo que quería decir.

     Dentro de unos meses cumplirá 85 años. ¿Se siente anciano? ¿Qué se siente al envejecer?
     Sí, dentro de unos meses dejaré la vejez para entrar en la vejez profunda y adentrarme cada día un poco más en el temible Valle de las Sombras. Me asombra encontrarme todavía aquí al final de cada día. Cuando me acuesto por la noche, sonrío y pienso: “He vivido un día más”. Y vuelve a ser asombroso despertarme ocho horas después y ver que ha llegado la mañana del día siguiente y sigo estando aquí. “He sobrevivido otra noche”, y la idea vuelve a hacerme sonreír. Me acuesto sonriendo y me levanto sonriendo. Estoy muy contento de seguir vivo. Es más, cuando sucede, como ha sucedido, semana tras semana y mes tras mes desde que empecé a beneficiarme de la Seguridad Social, produce la ilusión de que nunca se va a acabar, aunque, por supuesto, sé que puede acabar en un instante. Es algo así como jugar todos los días a un juego, un juego de alto riesgo, en el que, por ahora y contra todo pronóstico, voy ganando. Veremos cuánto me dura la suerte.

     Ahora que se ha retirado como novelista, ¿alguna vez echa de menos la escritura o piensa en abandonar su retiro?
     No, no lo pienso. La razón es que las condiciones que motivaron que dejase de escribir ficción hace siete años no han cambiado. Como digo en Why Write?, en 2010 tenía “la fuerte sospecha de que había dado lo mejor de mi trabajo, y que cualquier otra cosa sería inferior. Por entonces ya no estaba en posesión de la vitalidad mental, la energía verbal o la forma física para montar y sostener un gran ataque creativo de cualquier duración sobre una estructura compleja tan exigente como una novela. Todo talento tiene sus condiciones; su naturaleza, su finalidad, su fuerza; también su plazo, su ejercicio, su tiempo de vida…No todo el mundo puede ser productivo para siempre.

     Cuando mira atrás, ¿qué recuerda de sus más de cincuenta años de escritor?
     Euforia y lamentos. Frustración y libertad. Inspiración e incertidumbre. Abundancia y vacío. Salir disparado hacia delante y quedarte enredado por el camino. Día tras día, el repertorio de dualidades oscilantes que soporta todo talento, y también una tremenda soledad. Y el silencio. Cincuenta años en una habitación silenciosa como el fondo de un estanque, produciendo a duras penas -cuando todo iba bien- mi ración mínima diaria de escritura aprovechable.

     En Why Write? reedita su famoso ensayo "Escribir narrativa norteamericana", que sostiene que la realidad estadounidense es tan disparatada que casi supera la imaginación del escritor. Lo dijo en 1960. ¿Qué piensa ahora? ¿Alguna vez imaginó un Estados Unidos como el que vivimos hoy?
     Nadie que yo conozca imaginó un Estados Unidos como el que vivimos actualmente. Nadie (excepto tal vez el mordaz H.L. Mencken, que hizo la famosa descripción de la democracia estadounidense como "la veneración de los chacales por parte de los subnormales") podía haber imaginado que la catástrofe que se abatiría sobre Estados Unidos en el siglo XXI, el más degradante de los desastres, no llegaría, digamos, con la aterradora apariencia de un Gran Hermano orwelliano, sino en forma del siniestramente ridículo personaje de la commedia dell'arte del bufón presumido. ¡Qué ingenuo fui en 1960 al pensar que era un estadounidense que vivía una época absurda! ¡Qué curioso! Pero, ¿qué podía saber yo en 1960 de 1963, o de 1968, o de 1974, o de 2001, o de 2016?

     En estos momentos, su novela de 2004 La conjura contra América parece escalofriantemente profética. Cuando se publicó, hubo quien vio en ella un comentario sobre el Gobierno de Bush. Sin embargo, en aquella época no contenía ni de lejos tantas semejanzas como parece contener ahora.
     Por muy profética que La conjura contra América le pueda parecer, no cabe duda de que hay una enorme diferencia entre las circunstancias políticas que inventé en ella para los Estados Unidos de 1940 y la calamidad política que hoy en día nos produce tanta consternación. Es la diferencia entre la talla del presidente Lindbergh y la del presidente Trump. Puede que Charles Lindbergh, tanto en la vida real como en mi novela, fuese un verdadero racista, un antisemita y un supremacista blanco que simpatizaba con el fascismo, pero también era -debido a la extraordinaria hazaña de su vuelo transatlántico en solitario a los 25 años- un auténtico héroe estadounidense 13 años antes de que yo decidiese que ganase la presidencia. Históricamente, Lindbergh fue el valiente joven piloto que en 1927 cruzó el Atlántico volando, sin escalas, desde Long Island hasta París. En comparación, Trump es un fraude a gran escala, la fatídica suma de sus deficiencias, carente de todo excepto de la ideología hueca del megalómano.

     ESCRIBÍ MUCHO SOBRE LA TENTACIÓN SEXUAL DE LOS HOMBRES
     Uno de sus temas recurrentes ha sido el deseo sexual masculino y sus múltiples manifestaciones. ¿Qué piensa del momento que estamos viviendo, en el que tantas mujeres dan un paso al frente y acusan a tantos hombres con una importante imagen pública de acoso y abuso sexual?
     Como usted ha dicho, no soy un novelista ajeno a la furia erótica. Los hombres envueltos por la tentación sexual constituyen uno de los aspectos de la vida masculina sobre el que he escrito en algunos de mis libros. Hombres que responden a la insistente llamada del placer sexual, acosados por vergonzosos deseos y por la imperturbabilidad de la lujuria obsesiva, seducidos incluso por el atractivo del tabú. Durante décadas he imaginado un grupito de hombres inquietos poseídos por esas fuerzas tan abrasadoras con las que tienen que vérselas y negociar. He intentado no hacer concesiones al representar a esos hombres, cada uno con su manera de ser y de comportarse, excitados, estimulados, hambrientos en manos del fervor carnal y enfrentados a las múltiples disyuntivas psicológicas y éticas que plantean las exigencias del deseo. En los relatos de por qué, cómo y cuándo los hombres inflamados hacen lo que hacen no he rehuido los hechos, aun cuando no estuviesen en armonía con la imagen que una campaña de relaciones públicas masculina -en caso de que tal cosa existiese- probablemente preferiría. No me he adentrado solamente en la mente del hombre, sino también en la realidad de esos deseos incontrolables cuya obstinada presión puede amenazar la propia racionalidad con su persistencia, deseos a veces tan intensos que se pueden vivir incluso como una forma de locura. En consecuencia, ninguna de las conductas sobre las que he leído en la prensa últimamente, por extrema que fuera, me ha sorprendido.

     ME PASO EL DÍA LEYENDO HISTORIA
     Siempre ha sido conocido por trabajar jornadas larguísimas. Ahora que ya no escribe, ¿qué hace con tanto tiempo libre?
     Leo. Curiosamente o no, muy poca narrativa. Mientras trabajaba, me pasé la vida leyendo narrativa, enseñando narrativa, estudiando narrativa y escribiendo narrativa. Hasta hace siete años apenas pensaba en otra cosa. Desde entonces paso buena parte del día leyendo Historia, sobre todo historia de Estados Unidos, pero también de la Europa moderna. La lectura ha sustituido a la escritura, y es la parte más importante, el estímulo, de mi vida intelectual.

     ¿Qué ha leído últimamente?
     Parece que últimamente he cambiado de rumbo, y he leído una serie de libros heterogéneos. He leído tres libros de Ta-Nehisi Coates. De ellos, el más revelador desde un punto de vista literario es The Beautiful Struggle (La hermosa lucha), sus recuerdos del reto que supuso su padre en su infancia. Leyendo a Coates me enteré de la existencia del compendio de Nell Irvin Painter que lleva el provocador título de The History of White People (Historia de los blancos). Painter me devolvió a la historia estadounidense y leí Esclavitud y libertad en los Estados Unidos, de Edmund Morgan, un ensayo sumamente erudito sobre lo que el autor llama “el matrimonio entre la esclavitud y la libertad” tal como era en la antigua Virginia.
     Leer a Morgan me condujo por diversos vericuetos a leer los ensayos de Teju Cole, si bien no sin dar antes un considerable viraje con la lectura de El giro, de Stephen Greenblatt, que trata de las circunstancias del descubrimiento del subversivo manuscrito de Lucrecio De la naturaleza de las cosas en el siglo XV, lo cual me condujo a enfrentarme a la lectura de parte del largo poema del autor latino, escrito en algún momento del siglo I antes de Cristo, en la traducción en prosa de A.E. Stalllings. A partir de aquí seguí con la lectura de El espejo de un hombre, el libro de Greenblatt sobre cómo Shakespeare llegó a ser Shakespeare. Por qué camino llegué a leer y disfrutar de la biografía de Bruce Sprins- teen, Born to Run, solo lo puedo explicar diciendo que parte del placer de tener tanto tiempo a mi disposición para leer lo que cae en mis manos me reserva sorpresas inesperadas.

     DE UN LIBRO A OTRO
     Por correo electrónico me llegan a menudo copias de libros antes de su publicación, y así fue como descubrí Pogrom: Kishinev and the Tilt of History (Pogrom: Kishinev y el declive de la historia), de Steven Zipperstein. El autor describe pormenorizadamente los años de principios del siglo XX en los que la difícil situación de los judíos en Europa se volvió mortal en unas circunstancias que presagiaban cómo terminaría todo. Gracias a Pogrom descubrí The Jewish Century, un trabajo de historia interpretativa obra de Yuri Slezkine, que sostiene que “la era moderna es la era judía, y el siglo XX en particular, el siglo judío.
     He leído Impresiones personales, de Isaiah Berlin, sus ensayos biográficos sobre el elenco de personajes influyentes del siglo XX que conoció u observó. Contiene una breve aparición de Virginia Woolf con su aterradora genialidad, así como unas cuantas páginas especialmente absorbentes sobre el primer encuentro de Berlin con la magnífica poeta Anna Akhmatova una noche de 1945 en Leningrado, ferozmente bombardeada. Entonces ella había cumplido ya los 50 y estaba aislada, sola, despreciada y sufría la persecución del régimen soviético. Dice Berlin: “Tras la guerra, Leningrado no era para ella más que un vasto cementerio en el que yacían sus amigos… El relato de la inclemente tragedia de su vida iba mucho más allá de lo que cualquiera me hubiese descrito jamás con palabras habladas”. Conversaron hasta las tres o las cuatro de la madrugada. La escena es tan conmovedora como cualquier escena de Tolstoi.
     La semana pasada leí los libros de dos amigos. Uno es una inteligente biografía breve de James Joyce, de Edna O'Brien. El otro es Confessions of an Old Jewish Painter, la encantadoramente excéntrica autobiografía del gran artista R.B. Kitaj, uno de mis más queridos amigos, ya desaparecido. Muchos de mis buenos amigos han muerto. Algunos eran novelistas. Echo en falta sus libros en el correo electrónico. 


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-