"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

jueves, 15 de septiembre de 2016

ALDANA RÍOS VARGAS Tres haikus









ALDANA RÍOS VARGAS
(14 años, integrante Taller Mundo despierto)
TRES HAIKUS





Yo sólo pido,
en mi último decir,
por fin descansar.


Sed de palabras,
y un bloqueo mental
quiebra la magia.


Sigo dormida
Despiértame ahora
que sí se puede.




Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. - 

DALMIRO SÁENZ La prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia





TALLER DALMIRO SÁENZ
(Buenos Aires, 13 de junio de 1926 – 11 de septiembre de 2016)
MARÍA LA RUBIA

     Esa que está ahí, la que se ríe en este momento, y apoya la palma de la mano sobre su cadera como si acariciara el anca de un animal querido; ésa que mira a los hombres desde el extremo del salón grande, sabiendo que en cualquier momento alguno de ellos le hará una seña con la cabeza y que juntos se introducirán en uno de los cuartos del prostíbulo; ésa que asienta sus cuarenta y tres años de vida sobre sus zapatos violeta que apenas sobresalen de los bordes del vestido largo, pero que al moverse se abrirá bastante dejando ver no solo la pulsera plateada del tobillo, sino mucho más arriba, hasta casi la mitad de sus muslos redondos; esa mujer es María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
     La conocen todos, prácticamente todos los obreros de Y.P.F. que traen el frío de muchos inviernos en sus articulaciones duras; los que hacen los pozos, los hombres de las torres, los tractoristas, los mecánicos, los que manejan los camiones de los equipos de exploración, los que en un momento dado frotarán sus manos en el manojo de estopa y desgrasarán con prolijidad la superficie curtida y el nacimiento de sus antebrazos hasta el mismo límite que le impone la manga del overol o de la camiseta blanca, y que luego tirarán la estopa, como un símbolo de trabajo terminado, y encauzarán sus pensamientos hacia sus proyectos de fin de semana, en donde seguramente estará incluida la casi obligatoria visita al prostíbulo. La conocen los peones de las estancias vecinas, los de las frentes blancas por muchos soles que no atravesaron el grosor de las gorras o de los sombreros con barbijo, los que bajan al pueblo muy de tanto en tanto, con sus botas lustradas y su saco de cuero, y que se paran en las esquinas o caminan despacio con recelosa prudencia, como si llevaran de la mano el bozal y el cabresto y se acercaran a un caballo arisco en el corral de la estancia. La conocen los empleados de la calle San Martín, los que se inclinan sobre el mostrador de la Anónima, o de Argensud, o de Selecta, o de Picón, y anotan las boletas de las mercaderías vendidas y que conocen al cincuenta por ciento de los clientes por sus apellidos y aun por sus nombres, y que al final de ese día, en el rapidísimo desbande de las siete de la tarde, dirigirán sus pasos hacia las paredes y el techo bajo el cual estarán sus padres o sus hermanos o la mujer que lleva su apellido y que tal vez pregunte: "¿Salís esta noche?", y a quien ellos contestarán: "No sé, puede ser que vaya un rato al café", sabiendo perfectamente que no lo harán, porque ya desde hacía unas horas atrás las caderas de la chica de la caja o las piernas de alguna cuenta en las medias que tal vez él mismo había vendido habrían encauzado sus pensamientos hacia la “casa grande" de la calle Belgrano. La conocen todos, prácticamente todos, incluso yo que soy su hijo.
     Anoche lo supe, bastante después de la pelea, cuando yo y él nos levantamos del suelo. Supe que mi madre es una prostituta, que es distinta a las madres o a las hermanas o las hijas de ustedes, porque ella se acuesta con él hombre que paga los cuarenta pesos que estipula la casa y no con aquel que lo dará cierta seguridad de recibir esos cuarenta o una cantidad equivalente para el resto de sus días.
     Siempre me había intrigado la negativa de ella. Me acuerdo de una vez que, un poco borracho había cruzado yo el salón y tomándola de un brazo le dije:
     –Vení.

     Ella me había mirado un poco a los ojos y creo que vi el "No" antes de que lo pronunciara aunque no sé si llegó a decirlo, porque el sonido de mi trompada fue lo único que se oyó y su mano subió hasta la cara tapando el hilo de sangre que le corría por la ceja. Su mirada marrón y su silencio, y luego mi voz gritándole:
     –Puta de mierda, ¿por qué carajo no querés acostarte conmigo?
     Ella se fue del cuarto como hace muchos años se había ido de mi vida, seguramente sin llorar, pero con la misma decisión y firmeza con que le había dicho que no a la partera del pueblo cuando ésta le insistía: "Mirá, querida, que es muy sencillo; lo papás cuando podés; no es más que un pinchazo y dejar que entre el aire, ¿qué vas a hacer vos con una criatura? ¿Cuántos años tenés?"

     "Dieciocho años" tendría que haber contestado; pero no lo hizo, sino que se fue conmigo en sus entrañas, a ver al hombre que fue mi padre y al que no encontró porque hacía días que se había ido para el lado del Senguer con una tropa de capones camino hacia Chile. Ella no lo supo hasta mucho más tarde, pocos días antes del parto, cuando llegó el huaso Silveira tambaleándose desde la inseguridad de sus botas de taco alto y apretando su dolor entre las costillas golpeadas y repitiendo constante: "Harto abusivos estuvieron, harto abusivos", y al preguntarle por mi padre había contestado cómo había muerto, a pocos metros del carabinero, con la bala que había entrado por su pecho y salido por la espalda y la mano sobre el cabo del cuchillo que no había tenido ni tiempo de sacar.
     Todo eso lo supe por mi abuela, con la que me crié. Lo supe ayer, cuando volvía del prostíbulo, después de tambalear mi asco por las calles oscuras y de vomitar dos veces en la puerta de casa y de hincarme a los pies de la cama y de preguntar llorando: "¿Es mi madre, no es cierto que es mi madre?"
     Ella me lo había dicho ignorando todavía lo que había pasado. Me contó de ese día en que se enteró por el huaso Silveira de la muerte de su hijo, y cuando días más tarde llegó aquella chica de dieciocho años, con su pollera tirante y los dolores del parto inminente, yo nací a la noche en la cocina y mi llanto resonó en la miseria de esa casa en donde mi madre nunca más entraría, porque desapareció al día siguiente, y no volvió más que una vez, con el pelo ya teñido y el sobre con la quincena, y hablaron mi abuela y ella en la puerta de calle.
     No entró, porque el cuerpo de mi abuela obstruía la puerta; pero estoy seguro de que había mirado hacia el interior de la casa, tratando de ver el cajón que me servía de cuna, con esa misma mirada que años después, en el salón grande del prostíbulo, se cruzaba constantemente con la mía; esa misma mirada que la primera vez había dicho que no a mis todavía tímidos dieciocho años y que yo acaté dócilmente, sin saber por qué, y me fui a acostar con otra mujer; pero pensando todo el tiempo en esos ojos marrones, que yo en esa época no había notado eran idénticos a los míos.
     Los años pasaron y mis dieciocho años fueron diecinueve y después, veinte y veintiuno y veintidós; en esos años la vida es lo único que importa en nuestra vida, yo lo sé, porque ayer vomité lo que quedaba de mi vida y hoy me doy cuenta de que, sin la vida, ni siquiera la muerte puede solucionar la ausencia de la vida.
     Varias veces me había pasado lo mismo. Yo entraba al salón grande y nos veíamos a través de la gente. Yo me miraba a mí mismo en la ternura de sus ojos y veía, contento, mi atractiva juventud reflejada en la admiración de su mirada. No sabía de los hombres y hombres que, extendidos sobre ella, habían pagado mi ropa y mi comida y los libros del colegio. Creía ver en sus ojos admiración de mujer y pensaba que era táctica las negativas suaves o las salidas del cuarto cuando yo insistía demasiado.
     Todos mis amigos se habían acostado alguna vez con María la Rubia, y yo conocía: sus encantos a través de muchísimas descripciones; conocía la forma en que apoyaba sus labios con esa pesada indiferencia de las prostitutas; conocía sus abrazos cálidos y sin apuro y la mata de su pelo desparramado sobre la almohada; conocía el lento y estudiado desprender de botones y el súbito aparecer de sus pechos grandes, la conocía desnuda con sus zapatos violeta con la pulsera plateada en su tobillo derecho y ese cuerpo mercenario, dócil y blanco, y su sonrisa demorada en su vida sin recuerdos.
     Fue la otra noche cuando supe que ella era mi madre. Las cosas sucedieron una detrás de otra, como si la dosis de dolor de toda una vida se hubiera acumulado en menos de una hora. Yo entré, y la vi contra la pared; crucé el salón y me paré frente a ella; nos miramos los dos a los ojos por un rato y sin desviar la vista le dije:
     –Vamos.
     –No.
     –¿Por qué?
     –Porque no –me dijo y trató de sonreír, aun después del golpe–. No me pegués –me dijo desde el suelo, y se levantó despacio, con los ojos tristes.
     La iba a volver a golpear cuando la voz me detuvo; resonó serena detrás de mis espaldas:
     –No lo vuelva a hacer –había dicho, y mi puño listo para el segundo golpe se abrió lentamente mientras bajaba el brazo. Me di vuelta de un salto, con las piernas abiertas y el arma en la mano.
     Después las mujeres gritando y los hombres quietos y los dos girando con nuestras armas listas. Las hojas se tocaron unos instantes en nerviosos tanteos, mientras nuestros pies se movían sobre las baldosas del piso.
     Imagínense el cuadro: un hombre joven con la camisa abierta, con un cuchillo grande en su mano firme, y un policía con el sable corto desviando la puñalada y tirando hachazos. Imagínense la pelea larga y pareja, y la primera sangre de una de las muñecas salpicando las paredes en cada movimiento. Imagínense a los dos en el salón iluminado, el pecho del policía jadeando en su chaquetilla, mientras el sable experto arremetía en feroces molinetes de muerte, y el hombre joven con la camisa abierta, con la furia de su mirar bajo la frente sudada, y una prostituta, con todo el dolor de su almas mirando a su hijo bailotear entre la muerte, sabiendo que, aun en el caso de ganar la pelea, todo se sacrificio de mujer esclava se prolongaría en la cárcel en la vida de su hijo.
     Imagínense el cuadro de dolor y de furia, y el hombre joven resbalando sobre el piso mojado y el policía sobre él, sosteniendo con su izquierda la muñeca contra el suelo y la punta de su sable sobre la garganta agitada.
     Y después el grito de ella, fuerte y desesperado: "¡No, por favor, no!", y las manos sobre los hombros, y el policía dócil parándose despacio, envainando el sable, y el hombre joven en el suelo, respirando cansado.
     Imagínense todo. Un hombre que no había muerto, secándose el sudor con la manga de su camisa, y el policía en un cuarto, desprendiéndose la chaquetilla y hundiéndose en los brazos de María la Rubia, la prostituta más cotizada de Comodoro Rivadavia.
     Fue esa noche cuando supe que ella era mi madre. Fue una frase corta: "No ves que es el hijo", que yo oí al salir. Me interné en la noche por la calle Belgrano, vomité dos veces en la puerta de mi casa y entré tambaleándome en la cocina abrigada. Mi abuela me miró sentada en la cama.
     –¿Es mi madre? –le pregunté– ¿no es cierto que es mi madre?
     Ella me contó todo y yo vomité de nuevo, esta vez encima de mi chaquetilla policial.


En: “No”, Editorial Goyanarte, 1962.


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. - 

jueves, 25 de agosto de 2016

TALLER LITERARIO EN CITY BELL sigue abierta inscripción







TALLER LITERARIO EN CITY BELL sigue abierta inscripción

Sigue abierta la inscripción al taller literario. No es necesaria experiencia previa (ni con talleres, ni con la escritura). El taller es un espacio para compartir lecturas de diversos autores, y en el caso de escribir, leer nuestro propio material. Los grupos se arman en base a la disponibilidad del tallerista, día y hora a convenir. Lectura. Escritura creativa. Narrativa breve, cuento, relato. Poesía. Para adultos y adolescentes. Armado, corrección, edición y publicación de libros. Pueden ser grupales o individuales. 

Es necesaria entrevista previa (para despejar dudas).

(Por mail: jmpallaoro@gmail.com). 

domingo, 17 de julio de 2016

ABELARDO CASTILLO Ignoro si, como quería Mallarmé












TALLER ABELARDO CASTILLO
(Buenos Aires, 1935)

    Ignoro si, como quería Mallarmé, el mundo ha sido hecho para llegar al libro, pero estoy seguro de la inversa: los libros han sido, son y serán escritos para llegar al mundo. Los emperadores, algún califa, ciertos monjes de la Edad Media, los teólogos de la Inquisición, y la policía, han olvidado, por turno, aquello que los latinos llamaron "el destino del libro", su paralela historia con el hombre, quien, como se sabe desde Prometeo, tiene entrañas de inmortal— y, por turno, han pasado a esa turbia posteridad que también, implacablemente, registran los libros: a sus capítulos largos de execración. 

    Esto lo escribíamos, en otro sitio, hace un año, cuando el fantasma del Senador Mac Carthy (Mac Burro, dijo Guillén) se nos apareció de golpe, disfrazado de Sargento Chirico y, sin más trámite que el usual trabucazo en las costillas, prohibió Gaceta Literaria, El Grillo de Papel, Fichero, Cuadernos de Cultura, Cuatro Patas, clausuró no sé cuántas editoriales y saqueó (entre otras cosas) bibliotecas. Aquella vez, hubo una Mesa Redonda en la SADE, alguien propuso un Comité de Defensa de la Cultura, y, a la salida nomás, en una cantina de San Telmo, ideamos el nombre de esta revista. No sabemos, pues, si festejar la Efemérides o llorarla, porque hasta hoy nadie se atrevió a formar aquella Junta, siguen en silencio las mejores publicaciones literarias del país y, todavía, hay en las imprentas interdictas, ciertos caballeros de azul, con gorra, fumando en la puerta. Hemos visto muchas arbitrariedades en este tiempo. La poderosa castidad de un fiscal originó pleitos, juicios, censuras: soportamos, incluso, la intolerable payasada de ir presos. Hace unos meses fue cerrada Impresora del Oeste; el otro día, la revista Che y, con ella, algo de lo poco (o quizá todo) lo que en este país nos quedaba para leer sin arriesgarnos a morir fulminados por la súbita imbecilidad, la vergüenza, la risa o sencillamente el asco. Por fortuna hay gente empecinada publicar revistas. Hoy en la Cultura, Eco Contemporáneo, Palabra, Una Hoja, Síntesis, Airón, son algunas de las que quiero recordar ahora. La cercanía afectiva, o ideológica, no impide sin embargo que uno, al leerlas, se sienta escéptico: en general (salvando las dos primeras) dan la idea de ser publicaciones estudiantiles, atropelladas, neblinosamente escritas cuando no —como sucede con Una Hoja, con Entrega— mal escritas. 0 de misteriosa ideología, como sucede con Eco Contemporáneo. Se dirá, en el primer caso, que importa menos escribir "bien" que tener algo que decir. Y de eso, justamente, se trata, porque es bastante inextricable que, quien piensa bien, pueda escribir mal. En el segundo caso se objetará (tal vez) que no es imperioso, para dar una opinión honesta o escribir un magnífico cuento, tener "ideología", sea misteriosa o explícita. Es cierto, pero, si no bastara indagar el luminoso origen de la palabra ("idea") podríamos alegar que no hablábamos de Dogma, de Ortodoxia, sino de coherencia intelectual. Y siempre nos pareció bastante menos hirsuto tenerla que carecer de ella. Por otra parte, al traer a la memoria el humillante panorama de la cultura argentina, la sistemática violencia que el Estado ejerce sobre las ideas, sobre la creación artística, sin olvidarnos (de paso) que estamos trabajando en un sistema donde la televisión, la radio, el periodismo están imaginados para un nivel de inteligencia tipo norteamericano medio —entiéndase, aproximadamente, al nivel de un chimpancé adulto—, al recordar esto, digo, lo menos que puede pedírsele al hombre que dirige una revista, a quienes la hacen, es claridad de juicio y —toda vez que se expresan por medio de la ficción, o el poema— una razonable dosis de belleza. Lo demás, son chiquilinadas de adolescentes jugando a ser importantes. El riesgo que se corre entre nosotros, es que, cualquier día al millón y medio de literatos, poetas, filósofos y teóricos que protuberan en Buenos Aires se les antoje darse el gustazo de publicar su revista propia: inigualable espanto, si se piensa —por ejemplo— que trabajando todos de acuerdo podríamos editar un diario enorme, como La Nación —o, seamos francos, hacer una revolución, no, precisamente, literaria.
    Estas dos necesidades, la de una buena literatura (redundancia que en cualquier otro idioma del mundo sería un disparate sintáctico, pero que, en argentino, es una imposición histórica), ésa, y la urgencia de claridad intelectual son, a mi entender, lo único que puede justificar el trabajo, penoso, impago, temible, de escribir. Intelectual y Literatura —lo sé— son dos palabras que se han vuelto despreciables; pero de esto tienen la culpa, justamente, quienes ignoran qué es un escritor y qué es un hombre inteligente. No se trata de reivindicar vocablos, sino de rescatar, para nosotros, la idea que ellos representan. Porque somos nosotros: Hoy en la Cultura, Airón, El Escarabajo de Oro, Una Hoja, Síntesis, Eco Contemporáneo, Palabra: los que escribimos y caminamos por los quioscos, y andamos enloquecidos levantando pagarés o gambeteándole a la censura, padeciendo lo que creamos, amándolo; los que quizá nacimos para otra cosa, para inventar novelas grandes, o cuentos inmortales, o poemas irrepetibles, o dramas para siempre, pero de pronto estamos sacando una revista, peleándonos a palabra limpia con la vida, ganándosela a ellos por derecho de juventud y de pasión; somos —acaso— los únicos que podemos inventar el limpio significado de las bellas palabras; los únicos que tenemos motivos legítimos para hacerlo. No hay más que una literatura, la grande, no hay, para el escritor, más que una justificación: escribirla. Lo demás, es tipografía.


En revista “El escarabajo de oro”, nº 5, febrero de 1962.




Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

martes, 12 de julio de 2016

FRANZ KAFKA No te enojes conmigo











FRANZ KAFKA
(1883-1924)
CARTAS A MILENA

          Me arrepiento mucho de ciertas cosas que he escrito en los últimos tiempos. No te enojes conmigo. Y, por favor, no te martirices con la idea de que no puedes liberarte sólo por tu culpa, exclusivamente por tu culpa. Más bien es culpa mía, algún día te hablaré de eso.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 13 de junio de 2016

MARGUERITE DURAS Se está solo en una casa









TALLER MARGUERITE DURAS
(Francia, 1914 – 1996)
EL ESCRIBIR

     Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y para escribir libros que me han permitido saber, a mí y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo? Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fue hecha por mí. Para mí. Y que sólo estoy sola en esa casa. Para escribir. Para escribir no como lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca. Allí escribí “El arrebato de Lol V. Stein” y “El vicecónsul”. Luego, después de éstos, otros. Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo. Quizá duró diez años, ya no lo sé, rara vez contaba el tiempo que pasaba escribiendo ni, simplemente, el tiempo. Contaba el tiempo que pasaba esperando a Robert Antelme y a Marie-Louise, su joven hermana. Después, ya no contaba nada.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

viernes, 10 de junio de 2016

ALEJANDRA PIZARNIK La poesía es el lugar donde todo sucede















TALLER ALEJANDRA PIZARNIK
(Buenos Aires, 1936 – 1972)
LA POESÍA ES EL LUGAR EN DONDE TODO SUCEDE

     La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Decir libertad y referir esta palabra al “mundoinmundo” en que vivimos o no vivimos es decir una mentira. No lo es cuando se las atribuye a la poesía: lugar donde todo es posible.
     (…)
     Nos vienen previniendo, desde tiempos inmemoriales, que la poesía es un misterio. No obstante la reconocemos: sabemos dónde está. Creo que la pregunta ‘¿Qué es para usted la poesía?” merece una u otra de estas dos respuestas: el silencio o un enorme libro que relate una aventura no poco terrible: la de alguien que parte a cuestionar el poema, la poesía, lo poético; a tocar (y abrazar) el cuerpo del poema; a verificar su poder encantatorio, exaltante, revolucionario, consolador. Algunos ya nos han contado este viaje maravilloso. En cuanto a mí, por ahora es un estudio.

París. Diciembre de 1962




Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-