"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

sábado, 8 de diciembre de 2018

CLAUDIA PIÑEIRO Basura para las gallinas














TALLER CLAUDIA PIÑEIRO
(Burzaco, 10 de abril de 1960)
BASURA PARA LAS GALLINAS

Ella se dispone a atar la bolsa de plástico negro. Tira de las puntas para hacer el nudo. Pero las tiras resultan cortas, llenó demasiado la bolsa, ya ni sabe cuánto ni qué metió dentro para llenarla, todo lo que encontró dando vueltas por la casa.

Levanta la bolsa en el aire desde sus bordes y la mueve arriba y abajo con golpes cortos y secos para que el peso de la basura comprima el contenido y libere más espacio para el nudo. La ata dos veces, dos nudos. Comprueba que el lazo haya quedado firme tirando del plástico hacia los costados. El nudo se aprieta pero no se deshace.

Deja la bolsa a un lado y se lava las manos. Abre la canilla, deja correr el agua mientras carga sus manos con detergente. Cuando era chica, en su casa, no había detergente, cuando había usaban jabón blanco, ella ahora tiene, se trae del detergente que compran por bidones en el trabajo. Llena una botella vacía de gaseosa y la mete en su mochila. Tampoco había bolsas de plástico cuando era chica, su abuela metía en un balde todos los restos que podían servir para abonar la tierra o para alimentar las gallinas, y lo que no lo quemaba detrás del alambre, sobre el camino de tierra. Al balde iban las cáscaras de papas, los centros de las manzanas, la lechuga podrida, los tomates pasados de maduros, las cáscaras de huevo, la yerba lavada, las tripas de los pollos, su corazón, la grasa. Desde que vive en la ciudad, en cambio, usa bolsas de plástico, bolsas del mercado o bolsas compradas especialmente para cargar basura como la que acaba de atar. En una misma bolsa mete todos los restos sin clasificar, porque donde vive no hay gallinas, ni tierra que abonar.

Cierra la canilla y se seca las manos con un repasador limpio. Mira el reloj despertador que dejó esa tarde sobre la heladera, es hora de sacar la bolsa a la calle para que se la lleve el camión de la basura. Camina por el pasillo angosto que comparten todos los vecinos. Colgando de la mano izquierda lleva la bolsa agarrada con fuerza por el nudo; debe dejar la bolsa en la vereda apenas unos minutos antes de que pase el basurero. En  la mano derecha lleva el manojo de llaves que le pesa casi tanto como la bolsa. El llavero de metal es un cubo con el logo de la empresa de limpieza para la que trabaja, de la argolla plateada cuelgan las llaves del edificio y de cada una de las cinco oficinas que limpia, las llaves de un trabajo anterior a donde ya no va,  las dos llaves de la puerta hacia la que camina ahora con la bolsa de la basura golpeando contra su pierna mientras avanza,  la  llave de la puerta de su casa planta baja al fondo, la del sótano donde guarda la bicicleta con la que va a trabajar su marido cuando tiene trabajo, y la de la puerta del cuarto de su hija, la que acaba de agregar al llavero después de encerrarla.

Cuando llega a la puerta de calle manotea el picaporte pero no se abre, deja la bolsa en el piso, pasa las llaves una a una girando sobre la argolla hasta que da con la correcta. Mete la llave y abre la puerta. Primero una y después la otra; la segunda llave la agregaron después de que entraron ladrones en el departamento “H”. Traba la puerta con un pie mientras carga otra vez la bolsa. En ese corto tramo hasta el árbol donde la dejará para los basureros, la lleva abrazada contra su pecho. Al abrazarla se da cuenta de que la aguja de tejer perforó el plástico y saca su punta hacia ella, como si la señalara. La mira pero no la toca. Gira la bolsa para que la aguja de metal no le apunte.

Cuando llega al árbol apoya la bolsa otra vez en el piso, junto a otras bolsas que otros dejaron antes. Con el pie presiona la aguja para que se meta otra vez dentro de la bolsa de donde no tuvo que salir. La aguja entra hasta que se topa con algo y entonces ella ya no aprieta más, para que no salga por el otro lado y termine siendo peor. Se queda mirando el orificio que perforó la aguja esperando ver salir por él un líquido viscoso, pero el líquido no sale. Si saliera y alguien le preguntara, ella diría que es de cualquiera de las otras cosas que tiró dentro para llenar la bolsa. Pero del agujero no sale nada.

Juega con las llaves mientras espera al camión de la basura. Gira las llaves una a una por la argolla. Es de noche aunque todavía no terminó la tarde, el frío de julio le corta la cara. Se frota los brazos para darse calor. Agita el llavero como si fuera un sonajero. Ya está, ya se termina, quisiera entrar otra vez a su casa a ver cómo está su hija pero no puede dejar la bolsa ahí sola. Teme que alguien husmee en su bolsa de basura buscando algo que pudiera servirle. O un perro, atraído por el olor. Ella sabe que los animales pueden oler cosas que nosotros no olemos; allá donde vivía con su abuela había animales, perros, un burro, gallinas, una vez tuvieron hasta un chancho.

Tiene frío pero no puede irse y dejar que un perro ataque con voracidad la bolsa que acaba de sacar para los basureros. En casa de su abuela había tres perros. Su abuela también usó una aguja, pero no la bolsa de plástico sino uno de los dos baldes. Lo que largó su hermana fue al balde de las gallinas. Ella vio a su abuela sacárselo a su hermana, por eso sabe cómo hacer: clavar la aguja, esperar, los gritos, los dolores de vientre, la sangre, y después juntar lo que salió en el balde y tirarlo a las gallinas. Ella aprendió viendo a su abuela. Y así lo hizo hoy, igual que como se acordaba.

Sólo que esta vez resultará mejor, porque ella ahora sabe qué tiene que hacer si su hija grita de dolor y no deja de largar sangre, sabe dónde llevarla, a ella no se le va a morir. En la ciudad es distinto, hay  hospitales o salidas médicas cerca. Su abuela no sabía qué hacer, no había lugar al que llevarla.

Donde ellos vivían no había nada, ni siquiera vecinos. No había manojos con llaves que abren y cierran tantas puertas. No había gente que revolvía en lo que dejaban los otros. Ni bolsas de plástico. No había nada. Pero había gallinas, que se comían la basura.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-


lunes, 3 de diciembre de 2018

JOSÉ MARÍA PALLAORO Luis Pazos, poeta del vacío












TALLER JOSÉ MARÍA PALLAORO





LUIS PAZOS, POETA DEL VACÍO[1]



El cazador metafísico. Poesía reunida I forma parte de una trilogía. Es el primer volumen editado, y está compuesto por cuatro libros escritos entre 1971 y 2006: El Cazador Metafísico, El Desierto, El arquitecto de la nada y Samurai. Luis Pazos nació en La Plata en 1940. Participó de la actividad artística en grupos fundamentales de la ciudad: Grupo Diagonal Cero, Grupo de los 13 y Escombros, con este último desde el año 1988 hasta la actualidad.

Salvo lo antes apuntado, desconozco en profundidad los diferentes oficios por los que atravesó Luis Pazos en su vida. Conozco, sí, su oficio de poeta desde hace muchos años. Poemas recogidos en diversas antologías grupales; incluso algunos de sus versos están incluidos en Naranjos de fascinante música, poesía contemporánea de amor en La Plata, antología que hemos armado junto al poeta Néstor Mux en el año 2003 y que editamos bajo el sello Libros de la talita dorada.

Pazos, es decir, su poesía, su poética, me acompaña desde mi adolescencia, desde su inicial El cazador metafísico (de 1971, libro premiado, entre otros, por Alberto Girri y Carlos Mostronardi), editado en 1972, y que leí hacia fines de esa década. El cazador metafísico, como bien nos indica su autor, tiene como protagonista al hombre contemporáneo, hombre lanzado a un supuesto bosque en busca de lo inalcanzable: la verdad.

“Dios es lo que no se refleja” (poema “El cazador metafísico”), así se inicia el libro. Está Dios. Los dioses. Que se ocultan, como todo cazador; salvo aquel cazador metafísico, que se encuentra visible en lo invisible. “Nuevamente/ todo nos pertenece” (poema “El oráculo”). Es esta reedición fiel a la original, salvo por la inclusión de un poema inédito (“El búho”) que concluye diciendo: “…toda vida es sagrada/ y toda carne debe vivir.”

Diecisiete años después de su primer libro de poemas, Luis Pazos publica en 1988 El desierto. Y El desierto es una continuación de su primer libro. Los títulos de los poemas dan el tono a ese espacio-lugar que todo hombre debe atravesar hasta quedarse quieto para siempre. Varios de ellos nos acercan a: La sospecha, El Mesías, La condición humana, La presa, La búsqueda, El castigo, El disfraz, El pozo, La materia de lo real, El horizonte, El bosque, El sobreviviente, El huérfano, La herida, La oscuridad, El dueño, El deber, La última cena, El precio, El orante, La ley, El legado y El desierto.

En todo atravesar de los desiertos, algunas veces, hay un sobreviviente que logra llegar con gran desdicha, aunque más no sea mintiéndose. Al detenerse, y antes de continuar hacia las ruinas humeantes, escribe en la arena este libro.

El arquitecto de la nada (2000, inédito hasta esta edición) es un libro que se perdió. Vuelve como fragmento que logró rescatar la memoria y su desamparo. Hay un inicio: “Todo lo demolió./ Hasta los cimientos/ y aún más”. (Poema I). El arquitecto de la nada trasunta en sus XX poemas canciones desesperadas, y desdichas, lágrimas y abismos y pesadillas. Hay un destruir y un construir. Hay un enterrar y desenterrar herramientas. Hay una nada que es la casa de todos: el vacío. “Construyó en el borde/ del abismo/ porque amaba el vacío”. (Poema XVIII). Como morada final “…un desierto/ sin nombre// la casa/ de su padre”. (Poema XX).

En 2006 escribe, a pedido de su hija Camila, el libro Samurai (también inédito). Ahora, Pazos nos narra (poetiza) en 75 poemas sin título el insomnio de un guerrero. Lo más sórdido de la condición humana se espeja en matanzas, orgías, sangre, odio, cobardías, es decir, humanos que se devoran así mismos. Ser samurai es no ser hombre porque ser hombre es ser débil. El desasosiego de la razón sensible engendra samuráis. Y el samurai escribe. Escribe y calma la sed en el acero de su espada. Godard en una de sus películas hace decir a uno de los protagonistas, cito de memoria: “Quiero ser inmortal, y luego morir”. El samurai se dice hecho de eternidad, y en su testamento escrito en el filo de su espada, nos dice la última línea del libro: “Les dejo el sol”. Está en nosotros descubrir si para alumbrarnos o anochecernos.

Luis Pazos es un poeta del vacío. Un vacío que se completa con la sustancia de la poesía. Y eso es lo que importa: el contenido de este hermoso y doloroso libro que nos dice que todo viaje es necesario, aún atravesando espesas nieblas y oscuridades. Pero está el arte y su sol, muchas veces de fugaces rayos, que nos transmite la necesaria claridad (como pedía Edgar Bayley) casi todos los días.


[1] Publicado en suplemento Ideas, diario Diagonales, La Plata, domingo 2 de octubre de 2011. Acerca de El cazador metafísico. Poesía reunida I, Libros de la talita dorada, 2011.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

ANTONIO SKÁRMETA El cielo está llorando












TALLER ANTONIO SKÁRMETA
(Antofagasta, Chile, 7 de noviembre de 1940)
Un capítulo de EL CARTERO DE NERUDA




Crecido entre pescadores, nunca sospechó el joven Mario Jiménez que en el correo de aquel día habría un anzuelo con que atraparía al poeta. No bien le había entregado el bulto, el poeta había discernido con precisión meridiana una carta que procedió a rasgar ante sus, propios ojos. Esta conducta inédita, incompatible con la serenidad y discreción del vate, alentó en el cartero el inicio de un interrogatorio, y por qué no decirlo, de una amistad.
-¿Por qué abre esa carta antes que las otras?
-Porque es de Suecia.
-¿Y qué tiene de especial Suecia, aparte de las suecas?
Aunque Pablo Neruda poseía un par de párpados inconmovibles, parpadeó.
-El Premio Nobel de Literatura, mijo.
-Se lo van a dar.
-Si me lo dan, no lo voy a rechazar.
-¿Y cuánta plata es?
El poeta, que ya había llegado al meollo de la misiva, dijo sin énfasis:
-Ciento cincuenta mil doscientos cincuenta dólares.
Mario pensó la siguiente broma: “Y cincuenta centavos”, mas su instinto reprimió su contumaz impertinencia, y en cambio preguntó de la manera más pulida:
-¿Y?
-¿Hmm?
-¿Le dan el Premio Nobel?
-Puede ser, pero este año hay candidatos con más chance.
-¿Por qué?
-Porque han escrito grandes obras.
-¿Y las otras cartas?
-Las leeré después -suspiró el vate.
-¡Ah!
Mario, que presentía el fin del diálogo, se dejó consumir por una ausencia semejante a la de su predilecto y único cliente, pero tan radical, que obligó al poeta a preguntarle:
-¿Qué te quedaste pensando?
-En lo que dirán las otras cartas. ¿Serán de amor?
El robusto vate tosió.
-¡Hombre, yo estoy casado! ¡Que no te oiga Matilde!
-Perdón, don Pablo.
Neruda arremetió con su bolsillo y extrajo un billete del rubro “más que regular”. El cartero dijo “gracias”, no tan acongojado por la suma como por la inminente despedida. Esa misma tristeza pareció inmovilizarlo hasta un grado alarmante. El poeta, que se disponía a entrar, no pudo menos que interesarse por una inercia tan pronunciada.
-¿Qué te pasa?
-¿Don Pablo?
-Te quedas ahí parado como un poste.
Mario torció el cuello y buscó los ojos del poeta desde abajo:
-¿Clavado como una lanza?
-No, quieto como torre de ajedrez.
-¿Más tranquilo que gato de porcelana?
Neruda soltó la manilla del portón, y se acarició la barbilla.
-Mario Jiménez, aparte de Odas elementales tengo libros mucho mejores. Es indigno que me sometas a todo tipo de comparaciones y metáforas.
-¿Don Pablo?
-¡Metáforas, hombre!
-¿Qué son esas cosas?
El poeta puso una mano sobre el hombro del muchacho.
-Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir una cosa comparándola con otra.
-Deme un ejemplo.
Neruda miró su reloj y suspiró.
-Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando. ¿Qué es lo que quieres decir?
-¡Qué fácil! Que está lloviendo, pu’.
-Bueno, eso es una metáfora.
-Y ¿por qué, si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado?
-Porque los nombres no tienen nada que ver con la simplicidad o complicidad de las cosas. Según tu teoría, una cosa chica que vuela no debiera tener un nombre tan largo como mariposa. Piensa que elefante tiene la misma cantidad de letras que mariposa y es mucho más grande y no vuela –concluyó Neruda exhausto. Con un resto de ánimo, le indicó a Mario el rumbo hacia la caleta. Pero el cartero tuvo la prestancia de decir:
-¡P’tas que me gustaría ser poeta!
-¡Hombre! En Chile todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. Por lo menos caminas mucho y no engordas. En Chile todos los poetas somos guatones.
Neruda retomó la manilla de la puerta, y se disponía a entrar, cuando Mario mirando el vuelo de un pájaro invisible, dijo:
-Es que si fuera poeta podría decir lo que quiero.
-¿Y qué es lo que quieres decir?
-Bueno, ése es justamente el problema. Que como no soy poeta, no puedo decirlo.
El vate se apretó las cejas sobre el tabique de la nariz.
-¿Mario?
-¿Don Pablo?
-Voy a despedirme y a cerrar la puerta.
-Sí, don Pablo.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana.
Neruda detuvo la mirada sobre el resto de las cartas, y luego entreabrió el portón. El cartero estudiaba las nubes con los brazos cruzados sobre el pecho. Vino hasta su lado y le picoteó el hombro con un dedo. Sin deshacer su postura, el muchacho se lo quedó mirando.
-Volví a abrir, porque sospechaba que seguías aquí.
-Es que me quedé pensando.
Neruda apretó los dedos en el codo del cartero, y lo fue conduciendo con firmeza hacia el farol donde había estacionado la bicicleta.
-¿Y para pensar te quedas sentado? Si quieres ser poeta, comienza por pensar caminando. ¿O eres como John Wayne, que no podía caminar y mascar chiclets al mismo tiempo? Ahora te vas a la caleta por la playa y, mientras observas el movimiento del mar, puedes ir inventando metáforas.
-¡Deme un ejemplo!
-Mira este poema: “Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato. Dice que sí, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope. Dice que no, que no. No puede estarse quieto. Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla. Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece, y se golpea el pecho repitiendo su nombre”. -Hizo una pausa satisfecho-. ¿Qué te parece?
-Raro.
-“Raro.” ¡Qué crítico más severo que eres!
-No, don Pablo. Raro no lo es el poema. Raro es como yo me sentía cuando usted recitaba el poema.
-Querido Mario, a ver si te desenredas un poco, porque no puedo pasar toda la mañana disfrutando de tu charla.
-¿Cómo se lo explicara? Cuando usted decía el poema, las palabras iban de acá pa’llá.
-¡Como el mar, pues!
-Sí, pues, se movían igual que el mar.
-Eso es el ritmo.
-Y me sentí raro, porque con tanto movimiento me marié.
-Te mareaste.
-¡Claro! Yo iba como un barco temblando en sus palabras.
Los párpados del poeta se despegaron lentamente.
-“Como un barco temblando en mis palabras.”
-¡Claro!
-¿Sabes lo que has hecho, Mario?
-¿Qué?
-Una metáfora.
-Pero no vale, porque me salió de pura casualidad, no más.
-No hay imagen que no sea casual, hijo.
Mario se llevó la mano al corazón, y quiso controlar un aleteo desaforado que le había subido hasta la lengua y que pugnaba por estallar entre sus dientes. Detuvo la caminata, y con un dedo impertinente manipulado a centímetros de la nariz de su emérito cliente, dijo:
-Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias...
-… ahora ya puedes decir “etcétera”.
-... ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?
Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro.
-¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?
-No, hombre, no.
-Es que se le puso una cara tan rara.
-No, lo que sucede es que me quedé pensando.
Espantó de un manotazo un humo imaginario, se levantó los desfallecientes pantalones y, punzando con el índice el pecho del joven, dijo:
-Mira, Mario. Vamos a hacer un trato. Yo ahora me voy a la cocina, me preparo una omelette de aspirinas para meditar tu pregunta, y mañana te doy mi opinión.
-¿En serio, don Pablo?
-Sí, hombre, sí. Hasta mañana.
Volvió a su casa y, una vez junto al portón, se recostó en su madera y cruzó pacientemente los brazos.
-¿No se va a entrar? -le gritó Mario.
-Ah, no. Esta vez espero a que te vayas.
El cartero apartó la bicicleta del farol, hizo sonar jubiloso su campanilla, y, con una sonrisa tan amplia que abarcaba poeta y contorno, dijo:
-Hasta luego, don Pablo.
-Hasta luego, muchacho.


En El cartero de Neruda (Ardiente presencia), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, primera edición junio de 1985; vigésimo cuarta edición mayo de 1998. Foto: Jmp
Antonio Skármeta  (Antofagasta, Chile, 7 de noviembre de 1940).

Los textos forman parte  de estudio en ejercicios de taller.-

viernes, 26 de octubre de 2018

MARIO BENEDETTI Voy a cerrar los ojos en voz baja














TALLER MARIO BENEDETTI
(Uruguay, 14 de septiembre de 1920 - 17 de mayo de 2009)
HASTA MAÑANA

Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.
En este instante el odio no trabaja 

para la muerte que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño

que a Dios invoco, pero no le pido
nada, con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido

por las malas y a veces por las buenas.
¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?

Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.

No me lo digan cuando me despierte.

(De Próximo prójimo, 1964-1965)


POEMA FRUSTRADO

Mi amigo
que es un poeta
convocó a los poetas.

Hay que escribir un poema
sobre la bomba atómica
es un horror
nos dijo
un horror horroroso
es el fin
es la nada,
es la muerte
nos dijo
no es que te mueras sólo
en tu cama
rodeado
del llanto y la familia
del techo y las paredes
no es que llegue una bala
perdida o encontrada
a cortarte el aliento
a meterse en tu sueño
no es que el cáncer te marque
te perfore
te borre
no es tu muerte
la tuya
la nada que ganaste

es el aire viciado
es la ruina de todo
lo que existe
de todo
nadie llorará a nadie
nadie tendrá sus lágrimas

y eso es lo más horrible
la muerte sin testigos
sin últimas palabras
y sin sobrevivientes
la muerte toda muerte
toda muerte
¿me entienden?
hay que escribir un poema
sobre la bomba atómica.

Quedamos en silencio
con las bocas abiertas
tragamos el terror
como saliva helada
luego nos fuimos todos
a cumplir la consigna.

Juro que lo he intentado
que lo estoy intentando
pero pienso en la bomba
y el lápiz se me cae
de la mano.

No puedo.

A mi amigo el poeta,
le diré que no puedo.

(De Noción de patria, 1962-1963)

En Noción de patria / Próximo prójimo
Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia (Paso de los Toros, 14 de septiembre de 1920 - Montevideo, 17 de mayo de 2009).



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

martes, 16 de octubre de 2018

JOSÉ MARÍA PALLAORO Lectura de poemas

Lectura de poemas
De Son dos los que danzan, serie "Interior con pájaros"

jueves, 20 de septiembre de 2018

TALLER DE LECTURA DE POESÍA Y NARRATIVA ARGENTINA La Plata y City Bell



TALLER DE LECTURA DE POESÍA Y NARRATIVA ARGENTINA

El taller es en Biblioteca San Martín, calle 22 Nº 986,
entre avenida 51 y avenida 53 de La Plata.

El mismo día (martes), pero a las 19:30 en avenida 51 casi 20, es decir,
en mi Taller La Plata, iniciamos junto al poeta Néstor Mux
Taller de Lectura de Poesía Argentina.

Los esperamos.



viernes, 7 de septiembre de 2018

ANA MARÍA SHUA Un hombre despierta junto a una mujer














TALLER ANA MARÍA SHUA
(Buenos Aires, 1951)
EL RESPETO DE LOS GÉNEROS




Un hombre despierta junto a una mujer a la que no reconoce. En una historia policial esta situación podría ser efecto del alcohol, de la droga o de un golpe en la cabeza. En un cuento de ciencia ficción el hombre comprendería eventualmente que se encuentra en un universo paralelo. En una novela existencialista el no reconocimiento podría deberse, simplemente, a una sensación de extrañamiento, de absurdo. En un texto experimental el misterio quedaría sin desentrañar y la situación sería resuelta por una pirueta del lenguaje. Los editores son cada vez más exigentes y el hombre sabe, con cierta desesperación, que si no logra ubicarse rápidamente en un género corre el riesgo de permanecer dolorosa, perpetuamente inédito.





Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. -