"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

domingo, 5 de diciembre de 2021

GUSTAVO ROLDÁN Hasta donde cae el sol y se apaga en el río


EL VUELO DEL SAPO 

–Lo que más me gusta es volar –dijo el sapo. 
Los pájaros dejaron de cantar. 
Las mariposas plegaron las alas y se quedaron pegadas a las flores. 
El yacaré abrió la boca como para tragar toda el agua del río. 
El coatí se quedó con una pata en el aire, a medio dar un paso. El piojo, la pulga y el bicho colorado, arriba de la cabeza del ñandú, se miraron sin decir nada. Pero abriendo muy grandes los ojos. 
El yaguareté, que estaba a punto de rugir con el rugido negro, ese que hace que deje de llover, se lo tragó y apenas fue un suspiro. El sapo dio dos saltos para el lado del río, mirando hacia donde iba bajando el sol, y dijo: 
–Y ahora mismo me voy a dar el gusto. 
–¿Está por volar? –preguntó el piojo. 
–Los gustos hay que dárselos en vida, amigo piojo. Y hacía mucho que no tenía tantas ganas de volar. 
Un pichón de pájaro carpintero se asomó desde un hueco del jacarandá: 
–Don sapo, ¿es lindo volar? Yo estoy esperando que me crezcan las plumas y tengo unas ganas que no doy más. ¿Usted me podría enseñar? 
–Va a ser un gusto para mí. Y mejor si lo hacemos juntos con tu papá, que es el mejor volador. 
–Sí, mi papá vuela muy lindo. Me gusta verlo volar. Y picotear los troncos. Cuando sea grande quiero volar como él, y como usted, don sapo. 
El piojo miraba y comenzaba a entender. 
El yacaré seguía con la boca abierta. 
El tordo y la calandria se miraron y decidieron que era hora de intervenir. 
–Don sapo –dijo el tordo–, ¿se acuerda de cuando jugamos a quién vuela más alto? 
–Ustedes me ganaron –dijo la calandria– porque me distraje cantando una hermosa canción, pero otro día podemos jugar de nuevo. 
–Cuando quiera –dijo el sapo–, jugando todos estamos contentos, y no importa quién gane. Lo importante es volar. 
–Yo también –se oyó una voz que venía llegando–, yo también quiero volar con ustedes. 
–Amigo tatú –saludó el sapo–, qué buena idea. 
–Pero no se olvide de que no me gusta volar de noche. Usted sabe que no veo bien en la oscuridad. 
–Le prometo que jamás volaremos de noche –dijo el sapo. 
La pata del coatí ya parecía tocar un tambor del ruido que hacía subiendo y bajando. 
El yacaré cerró los ojos pero siguió con la boca abierta. 
Los ojos de la pulga y el bicho colorado eran como una cueva de soledad. Cada vez entendían menos. 
El sapo sonrió aliviado. 
El tordo y la calandria le habían dado los mejores argumentos de la historia, y ahora el tatú le traía la solución final, ya que el sol se acercaba a la punta del río. 
–¿Se acuerda, amigo sapo –siguió el tatú–, cuando volábamos para provocarlo al puma y después escapar? 
–¿Así fue? Yo había pensado que el puma era el que escapaba. 
–No exageremos, van a pensar que somos unos mentirosos. 
–¡Y qué otra cosa se puede pensar! –dijo la lechuza, que había estado escuchando todo. 
–Gracias –dijo el sapo en voz baja, como para que lo escucharan solamente sus patas. Eso era lo que estaba esperando. Alguien con quien discutir y hacer pasar el tiempo.
–En todo el monte chaqueño no hay mentirosos más grandes –siguió la lechuza–. Y ustedes, bichos ignorantes, no les sigan el juego a estos dos. 
–¿Cuándo dije una mentira? –preguntó el sapo. 
–¿Quiere que hable? ¿Quiere que le diga? 
–Hable nomás –dijo el sapo, contento porque la lechuza lo estaba ayudando a salir del aprieto. 
–Mintió cuando dijo que los sapos hicieron el arco iris. Mintió cuando dijo que hicieron los mares y las montañas. Cuando dijo que la tierra era plana. Cuando dijo que los puntos cardinales eran siete. Cuando dijo que era domador de tigres. ¿Quiere más? ¿No le alcanza con esto? 
El sapo escuchaba atentamente y pensaba para qué lado convendría llevar la discusión. 
–Me sorprende su buena memoria, doña lechuza. Ni yo me acordaba de esas historias. 
–Y yo me acuerdo de otra historia, don sapo, esa de cuando usted inventó el lazo atando un montón de víboras –dijo el piojo. 
–Otra mentira más grande todavía –rezongó la lechuza–, miren si un sapo va a vencer a un montón de víboras. 
Los ojitos del piojo brillaron de picardía. 
–Pero yo lo vi. Era una tarde en que el sol quemaba la tierra y las lagartijas caminaban en puntas de pie. Yo vi todo desde la cabeza del ñandú, ahí arriba, de donde se ve más lejos. 
–Piojito, sos tan mentiroso como el sapo y nadie te va a creer. Es mejor que se vayan de este monte ya mismo. Y que no vuelvan nunca más. 
–Ahora que me acuerdo, yo sé un poema que aprendí dando la vuelta al mundo –dijo el bicho colorado–. Dice así: 

            De los bichos que vuelan 
            Me gusta el sapo 
            porque es alto y bajito 
            gordito y flaco 

–¡Qué hermoso poema! –dijo el pichón de pájaro carpintero–. Cuando sea grande yo quiero hacer poemas tan hermosos como ése. 
–Doña Lechuza –dijo la pulga–, estas acusaciones son muy graves y tenemos que darles una solución. 
–Hay que decidir si el sapo es un mentiroso o un buen contador de cuentos –propuso el yacaré. 
–Eso es muy fácil –opinó el coatí–, los que crean que el sapo es mentiroso digan sí. Los que crean que no es mentiroso digan no. Y listo. 
–Y si se decide que es un mentiroso se tiene que ir de este monte –dijo la lechuza. 
–Claro –opinó la pulga–. Si es un mentiroso se tiene que ir. 
–Aquí no queremos mentirosos –dijo el yacaré. 
–Yo mismo me encargaré de echar al que diga mentiras. O lo trago de un solo bocado –dijo el yaguareté. 
–Eso sí que no –protestó el yacaré–. Tragarlo de un solo bocado es trabajo mío. 
–Dejen que le clave los colmillos –dijo el puma, que recién llegaba–. Odio a los mentirosos. 
–Bueno –dijo la lechuza–, los que opinen que el sapo es un mentiroso, ya mismo digan "sí". En el monte se hizo un silencio como para oír el suspiro de una mariposa. 
Después se oyó un SÍ, fuerte, claro, terminante y arrasador. Un SÍ como para hacer temblar a todos los árboles del monte. 
Pero uno solo. 
La lechuza giro la cabeza para aquí y para allá. Pero el SÍ terminante y arrasador seguía siendo uno solo. El de ella. Y entonces oyó un NO del yacaré, del piojo, de la pulga, del puma, de todos los pájaros, del yaguareté y de mil animales más. 
El NO se oyó como un rugido, como una música, como un viento, como el perfume de las flores y el temblor de las alas de las mariposas. 
Era un NO salvaje que hacía mover las hojas de los árboles y formaba olas enloquecidas en el río. 
La cabeza de la lechuza seguía girando para un lado y para el otro. Había creído que esta vez iba a ganarle al sapo, y de golpe todos sus planes se escapaban como un palito por el río. Pero rápidamente se dio cuenta de que todavía tenía una oportunidad. Y no había que desperdiciarla. Ahora sí que lo tenía agarrado: el sapo había dicho que iba a volar. 
Mientras tanto, todos los animales festejaban el triunfo del sapo a los gritos. Tanto gritaron que apenas se oyó el chasquido que hizo el sol cuando se zambulló en la punta del río. Pero el tatú, que estaba atento, dijo: 
–¡Qué mala suerte! ¡Qué mala suerte! Se nos hizo de noche y ahora no podremos volar. 
–Yo tampoco quiero volar de noche –dijo el tordo–. A los tordos no nos gusta volar en la oscuridad. 
–Los cardenales tampoco volamos de noche –dijo el cardenal. 
–De noche solamente vuelan las lechuzas y los murciélagos –dijeron los pájaros. 
–Será otro día, don sapo –cantó la calandria–. Lo siento mucho, pero no fue culpa nuestra. Esa lechuza nos hizo perder tiempo con sus tonteras. ¿Usted no se ofende? 
El sapo miró a la lechuza, que seguía girando la cabeza para un lado y para el otro, sin saber qué decir. Después miró a la calandria, y dijo: 
–Siempre hay bichos que atraen la mala suerte. Pero no importa, ya que no podemos volar, ¿qué les parece si les cuento la historia de cuando viajé hasta donde cae el sol y se apaga en el río? 



En El vuelo del sapo, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología Unidad de Programas Especiales Campaña Nacional de Lectura, colección: “Las Abuelas nos cuentan”, República Argentina, 2007 / Ilustraciones: Mónica Pironio / 
Gustavo Roldán (Roque Sáenz Peña, provincia de Chaco, 16 de agosto de 1935 - Buenos Aires, 3 de abril de 2012) / Fotos: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

EUGENIO MANDRINI No somos muchos y estamos locos




AQUELLO 

    Estoy entre los que buscamos Aquello.
No somos muchos. Apenas unas almas ávidas
andando por los infiernos de esta tierra
que sin embargo va perdiendo la luz.

Estoy entre los que buscamos Aquello
que suele aparecer tras el torbellino de las visiones
o en los destellos de ciertos libros
de cólera y espuma: un lugar secreto imaginado
donde el tiempo aún no gastó sus primeros días.

Estoy entre los que buscamos Aquello.
No somos muchos y estamos locos (dicen)
porque sólo a los muertos les está dado entrar
a la dimensión de los grandes sueños,
tercamente locos (dicen) por querer saciar la sed
en la lengua de la verdad dado que ella es piedra muda.

Estoy entre los que buscamos Aquello.
A veces alguno lo augura y canta,
canta un himno todavía no escrito que habla
de hacer azul la sombra, olvido el llanto, sin trémolo
la jaula, inaudible la palabra vana,
hasta que una gota de penumbra apaga
el júbilo y los ojos.

Estoy entre los que buscamos Aquello,
que para algunos es la atracción del abismo,
para otros el único lugar bajo el sol
que ya no arde como entonces, y
para los que miran con un ojo ciego
y el otro desmesurado, la belleza que huye
y que no tiene fin.

Estoy entre los que buscamos Aquello.


En Conejos en la nieve, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2009
Eugenio Mandrini (Buenos Aires, 16 de diciembre de 1936 – 30 de noviembre de 2021) / Foto: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. - 


martes, 16 de noviembre de 2021

AURORA VENTURINI Mala época es la infancia



AURORA VENTURINI 
JOVITA, LA OSA

    Mala época es la infancia. De no ser por Jovita no lo mentaría.
    “Esta chica es negra como los hijos de los gitanos”, decía refiriéndose a mí la gente de la casa.
    Peinaba entonces dos trencitas delgadas que ataba con tiritas en las puntas, vestía de cualquier manera con una pollera roja, una blusa amarilla; me veo en verano, en introspección, aunque veo a veces los pedazos de hielo que rompía con el pie descalzo en el zanjón helado.
    “Miren, a la gitana negra le molestan los zapatos”.
    Oía a la gente de la casa decir entre otras cosas: “Es flaca como las cañas porque no come, rabia solamente como los hijos de los gitanos”.
    Cuando llegaban tíos de la ciudad me ocultaba bajo la cama. Especialmente cuando tía Cutícula venía con sus uñas terribles y dedicaba horas al sol en el patio arreglándose la cutícula de los dedos, los bordes o márgenes del ungulado animal raro que era. Seguía el vaivén de la limita, del alicate y el baño de acetona. Cutícula me odió particularmente.
    “Boba, ¿qué me mirás?”
    Le grito: “¡Gallina, gallina vieja del gallinero!...”.
    La gente de la casa surgía de los despeñaderos o subían desde los abismos, las garras prontas, pero yo huía ocupando mi sitio bajo el lecho de madera.
    “Salí de ahí, salvaje”.
    A mi vez yo hacía garritas y asomaba dientes de lobizona, dos hileras perfectas, cerradura de marfil peligrosa.
    Las mujeres de la casa esgrimían escobas y cepillos y los introducían en el escondrijo para obligarme a emerger a la superficie del mundo. Cuando los adminículos domésticos no asolaban mi persona, las mujeres apreciaban horrendos deterioros de escoba sin paja y cepillo enclenque. Iban a disculparse con     Cutícula que estilizaba su último dedote.
    Al azotar la canícula, ellos sesteaban y yo me dirigía al gallinero donde las aves del corral me aguardaban –puedo conversar con los animales y aún conservo ese poder–. Vivía en el gallinero la verdadera Cutícula, anciana gallina, cuyas uñas idénticas a las de mi tía valieron a ésta el mote; pero     Cutícula emplumada atesoró un corazoncito bueno como el aire matutino cuando las uvas transparentan licor.
    “Mi vida peligra; cortarán mi cuello, cocinarán mi carne en puchero y beberán caldo ámbar y gordo... ¿qué es morir? ¿Duele morir de un tajo en la garganta?”
    “No, contesté, tal vez sea peor morir a largo plazo.”
    “Niña, vos sufrís, desahogate conmigo.”
    Cutícula emplumada descendía de nobles gallináceas peninsulares de Hispania y yo lloré enseguida porque la ternura me sensibiliza.
    Me horrorizaba pensar en la carne de mi gallinita generosa nutriendo a la jamona vieja y eso espantaba más que la muerte en sí, más temprano o más tarde todos nos moriremos; qué horror la imagen imaginada de la asquerosa vieja mordiendo el muslo del animalito y bebiendo carne de oro con arroz y con queso.
    “Hagan huelga de hambre como Hansel y Gretel, y cuando la bruja ordene que le muestren el dedito carnoso palpará un hueso y pospondrá el festín”.
    No aceptaron.
    No almorzaba con la gente de la casa, pues me avergonzaron en ocasiones cuando me huía la naranja del cuchillo y el tenedor, cuando no podía comer el pavo con cubiertos, diciendo: “Miren la boba, es una salvaje inútil”.
    Con uvas, higos, manzanas y granadas satisfacía mis hambrunas, y a orillas del laguito bebía espejando mi estampa morena y fina. Las ranas verdes cantaron: “Nena morena y aguileña, puro ojos, ¿por qué tenés sucias las rodillas?”.
    “Porque me gusta caminar en cuatro patas y no me lavo a propósito para enojarlos”.
    “Te vas a morir, negra, si no comés... Mejor así no molestará, negra de los gitanos.”
    Una mañana escuché los lamentos, luego el silencio rojioscuro de coágulo, denso terciopelo carmesí: vi la cacerola ardiente, las queridas patitas de mi Cutícula tiradas en el piso de la cocina y una mariposa que se fue por el ventiluz, su alma errante.
    Devoró la maldita vieja los dos muslitos agarrándolos con sus dedotes, pintó bigotones grasos en el labio superior la muy boba; engulló la vil bruja, tragó interminables rías de caldo por su garguero, cubierto de golilla para ocultar arrugas. Sepulté las plumas y las patitas y coloqué una corona de flor de ángel en la tumba del poquito que salvé de mi amiga devorada por el dragón.
    Desde debajo de la cama oí los carromatos que avanzaban por la calle de tierra, sobre el polvo ocre del suburbio; cantos de ruedas y voces. ¡Los gitanos...! y divisé a Jovita aunque aún no sabía su nombre. Nadie en el contorno. Yo espié. Alegué a la puerta y la gitana de cuerpo territorial me llamó:     “Vente con nosotros, churumbela, tú eres de los nuestros”.
    Salté al carro de la gitana tetona donde viajaban chicas como yo, flacas y con trencitas, y chicos de rodillas sucias.
    “¿Adónde van?”
    “Ahí nomás acampamos.”
    “Qué pena...”
    La gente de la casa no tardará en encontrarme. Desembalaron en los terrenos atando lazos y sogas, desplegando carpas y tendieron colchones de sedosas plumas de pájaros viajeros, pájaros zíngaros de los aires libres; los hombres conversaron con los caballos y con los perros poniendo boca en oreja “turulú-lu-lú”, y los caballos andaban sin brida, también hablaron con los perros y con Jovita.
    En familia almorcé envolturas de hojas de parra, higos chumbos de chumberas españolas, vianda al espiedo ensartada en varilla ardiente, sin quemarme, sin que nadie dijera que era una boda inútil.
    A la noche dormí sumergida en el agujero de colchoneta, tocando los pies de otra chica negra con trencitas.
    Los grillos salmodiaban y el perfume mareante del verano veló el silvestre sueño; emergía al alba.
    Jovita, la osa, aún dormitaba cubriéndose los ojos con las manos, cuyas uñas recordaron la de mi buena Cutícula.
    Al descubrir mi presencia, se sentó pancita arriba, una pancita amarilla de dulce peluchín o plumón en el cuero de la señorona y empezamos a charlar.
    “Todavía tenés sueño, nena”.
    Me acerqué tocando el fieltro, el terciopelo, la luz cálida.
    Dormí hasta el mediodía en el colchón del vientre de Jovita, osa cancionera, que moduló mi arrorró. Al despertar, había dos soles rojos que me auscultaban y eran los ojillos amorosos de Jovita. 








En Cuentos secretos, Tusquets Editores, Buenos Aires, noviembre de 2021 (primera edición 2015) / 
Aurora Venturini (La Plata, 20 de diciembre de 1921 – 18 de noviembre de 2015) / Fotos: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. - 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

FRANZ KAFKA Érase un buitre



EL BUITRE

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía su obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
–Estoy indefenso –le dije–, vino y empezó a picotearme, yo le quise espantar y hasta pensé retorcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.
–No se deje atormentar –dijo el señor–, un tiro y el buitre se acabó.
–¿Le parece? –pregunté–, ¿quiere encargarse usted del asunto?
–Encantado –dijo el señor–; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿puede usted esperar media hora más?
–No sé –le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí–: por favor, pruebe de todos modos.
–Bueno –dijo el señor–, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.


En El buitre, Ediciones Librería La Ciudad, Buenos Aires, 1979. Traducción: JLB. 
Franz Kafka  (Praga –hoy República Checa-, Imperio austrohúngaro, 3 de julio de 1883 - Kierling, Austria, 3 de junio de 1924). Escribe en alemán. / Foto: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

martes, 9 de noviembre de 2021

MARCO DENEVI La literatura



TALLER MARCO DENEVI 
(Sáenz Peña, Buenos Aires, 12 de mayo de 1922 – Buenos Aires, 12 de diciembre de 1998) 
LA LITERATURA

En la corte de Alcinoo, rey de los feacios, un aedo de nombre Demódoco canta las hazañas de los griegos de Troya.
Los jóvenes escuchan. Cuando Demódoco termina su relato, comentan en voz alta:
-Los versos, bien medidos.
-Las metáforas, brillantes y vigorosas.
-El lenguaje, adecuado a las situaciones.
-Esto, en cuanto a la forma. Analicemos ahora el fondo.
-Sobresaliente, a mi juicio, el retrato de Agamenón.
-Gracioso el episodio de Tersites.
-Inverosímil, en cambio, el ardid del caballo de madera.
-La muerte de Patroclo me hizo llorar.
-La sobrepasa en patetismo la de Héctor.
-Pues, ¿y la lamentación final de Príamo?
Entre los oyentes hay un extranjero que permanece silencioso. Nadie sabe quién es. Es Ulises.
Y Ulises piensa: "¿Qué es lo que ha cantado Demódoco? ¿A qué Troya se ha referido, a qué griegos? No he reconocido a nadie. Aquellos sudores, aquellas lágrimas, aquellos olores, aquellas voces, aquel fuego, aquel dolor, aquel miedo, ¿dónde están? Ha balbuceado una estúpida parodia. Ahora sabrán estos jóvenes lo que fue Troya".
Ulises comienza a hablar. Pero en seguida el auditorio lo interrumpe de mal talante:
-Cállate, extranjero. Y cesa de falfullar ese galimatías. Tu guerra de Troya se parece más a una riña de gallos que a una contienda entre héroes. Luego del divino canto de Demódoco, ¿pretendes tú emularlo con semejante ristra de disparates?

(Omar Denice: Apostillas a los clásicos. Madrid, 1945.)


En Falsificaciones, Corregidor, Buenos Aires, tercera edición 1977 (primera de 1966) / Foto: jmp
Marco Denevi (Sáenz Peña, Buenos Aires, 12 de mayo de 1922 – Buenos Aires, 12 de diciembre de 1998) 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

sábado, 9 de octubre de 2021

SPENCER HOLST Hubo una vez un playboy millonario que se quemó la cara



OTRO IMPOSTOR 

Hubo una vez un playboy millonario que se quemó la cara en un accidente de automóvil. 
Después de lo cual se volvió un recluso, dejó de ver a todos sus amigos y vivió en su gran casa de piedra, en un vasto predio del que no salía nunca. 
Rumores extravagantes corrían sobre él, sobre el esplendor de su vida, sobre los vinos raros que bebía, y mujeres, allí había mujeres, se susurraba, y decían que tenía grandes colecciones de cosas como obras de arte y libros y tambores y dagas, y decían que mantenía peces vivos en su piscina secreta, en algún lugar bien guardado por los muros de su casa impenetrable. 
Su teatro estaba en el techo, y solía contratar elencos enteros de Broadway para que actuaran allí para él, y luminarias de la danza y el concierto iban a interpretar para él. 
Nunca hablaba con ninguna de las luminarias que iban a su casa, pero ellas solían verlo casualmente más allá de las candilejas, con una máscara negra cubriéndole la cara, lánguidamente arrellanado en su cómoda butaca, la única butaca del teatro, fumando un cigarro o, tal vez, con una bebida purpúrea. 
El millonario no hablaba con nadie. 
Su mensajero con el mundo era su mayordomo, que pagaba sus cuentas, preparaba sus diversiones y era entrevistado por la prensa, y que, de esta manera, a causa de su especial relación con el millonario, se hizo también famoso. 
Un día, un actor que se sentía muy deprimido porque no tenía trabajo, estaba sentado en la cafetería del Waldorf, leyendo un diario. 
Leyó un artículo sobre el millonario excéntrico y se dio cuenta —era casi de la misma altura y de la misma contextura que este millonario, tenía casi la misma edad— y se dio cuenta de que si él pudiese, de alguna manera, matar al millonario y ocupar su lugar, sería fácil personificar a ese hombre que no hablaba con nadie y usaba una máscara negra sobre su rostro. 
Sin embargo, tuvo miedo del mayordomo. 
De modo que estudió, en archivos de diarios y otras fuentes, los hábitos y las características del mayordomo y del millonario. 
En una noche oscura se deslizó dentro del predio y por suerte tropezó con el millonario, quien estaba observando el interior de un viejo pozo en la parte trasera de la casa. De modo que golpeó al millonario en la cabeza y lo mató.
Estaba oscuro junto al pozo. Apresuradamente se puso las ropas del millonario y la máscara negra en la cara, y arrojó el cuerpo del millonario al pozo y advirtió en ese momento que el cuerpo no produjo ningún sonido de agua. 
Así vestido, el impostor se encaminó hacia la casa y hacia una vida de comodidad y lujo. 
¡Y encontró que era jauja! 
Porque su mayordomo era: un perfecto mayordomo. 
Él nunca tenía que dar una orden. El mayordomo sabía exactamente lo que debía hacer. El mayordomo le traía su desayuno, le preparaba el baño, le procuraba mujeres, lo proveía de cigarrillos de hachisch, se ocupaba de la casa y le planeaba todas sus fabulosas diversiones. 
Su vida transcurría sin esfuerzos. 
Y después de un tiempo se dio cuenta: nadie descubriría jamás su identidad. El plan era perfecto. 
Y tenía razón. 
Nadie descubriría jamás su identidad. 
Pero la flaqueza de este hombre estaba en su vanidad. Fíjense, nunca se le ocurrió que algún otro pudiera tener la misma idea que él. Nunca se le ocurrió que el hombre al cual mató no hubiera sido el millonario, sino un impostor, como él mismo, y que en un par de meses aparecería otro impostor y lo mataría, y que en realidad durante los últimos años había habido varios impostores, cada uno con la misma flaqueza, la misma vanidad. 
No, no, nadie supo jamás nada de esto. Excepto el mayordomo, claro, pero nunca lo ha contado porque le gusta su trabajo. 





En El idioma de los gatos (Título original inglés: The language of cats, 1971. Primera edición castellana Ediciones de la Flor, 1972. Segunda edición, 1995. Traducción: Ernesto Schóo) / Fotos: jmp
Spencer Holst (EE.UU, 7 de julio de 1926 – 22 de noviembre de 2001) 

martes, 5 de octubre de 2021

TALLER PRESENCIAL EN CITY BELL Inicia en octubre


Bajo la sombra del sauce
TALLER PRESENCIAL EN CITY BELL 
Inicia en octubre



DÍAS MIÉRCOLES A LA MAÑANA 
LECTURA Y ESCRITURA CREATIVA 


DÍAS MIÉRCOLES A LA TARDE 
TALLER DE SOLO LECTURA 

Abierta la inscripción
Cupos limitados 

Todos los cuidados