"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

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miércoles, 29 de mayo de 2024

2024 TALLER PRESENCIAL EN LA PLATA Inicia en junio


Días viernes a las 18 horas / 


EL TORNADO 
de Aurora Venturini 

     Ha comenzado el invierno y yo estoy gris, abandonada y sin lágrimas en esta casa de árboles y espejos; debe haber un sitio para llevar el alma, vacío, en mi interior de nosferatus.
     Algunos difuntos ambulan y antes me he chocado con ellos por la calle. Hoy me chocan a mí porque voy desapareciendo.
     Milton, mi perro, reposa en paz enterrado al pie de la acacia. Hasta hace un año, me acompañaba él, y los gatos -Heacly y Caty- también lo hacían, y el enanito de cerámica del jardín que me regaló la alemana del almacén, que yo escondía tras una maceta por considerarlo de pésimo gusto. Compañeros. 
     Sólo quedó el gnomo desteñido por la lluvia del cielo y el llanto del sauce en que se apoya.
     Relataré la fuga de los miches porque Milton murió de viejo entre mis brazos.
     Esa tarde vino mi prima Helena con sus tres niños que recibieron el primer contacto con la muerte de los animales que cierran los ojos sin ayuda del manoseo en el momento de penetrar el misterio.
     Cuando Milton era cachorrito corríamos por la foret pisando el trebolar; yo soplaba panaderos de peluche y trepaba a las higueras.
     He amado más a mis perros y a mis gatos que al universo ególatra, pedigüeño, vanidoso, humillado, humillante de los humanos. 

Dylan

     La rara historia de los miches, Heacly y Caty, escapa a cualquier conclusión lógica.
     Nunca se separaron estos félidos; a veces desaparecían por muchas horas y yo los llamaba con la voz de Cumbres borrascosas de las hermanas Brontë: ¡Heacly… Caty…! Son voces temerosas de otras ausencias. Estaban castrados, sus filos serían platónicos. Aclaro que yo no los hice esterilizar; en esas condiciones llegaron desde el aire, copos de lanilla blanca, acariciante y a la vez díscola, venían a comer sus pitanzas con delicadeza de labios de satén que un borbotón de saliva humedecía.
     Como del aura, soplo del aire, ellos aparecían brotados de las nubes o del respiro arisco de la fronda  enhebradora de hilazón neblinosa. Bajo la lluvia nunca salían al parque o al campo.
     Transfigurábanse en estatuillas de cerámica sin apartar los ojos amarillos de los vidrios que dejaban mirar la torrentera y cuando el trueno desbocaba la armonía pluvial, temblaban, cremas de azúcar tenue en copas de postre. 
     Y desdoraban su elegancia egipcia escondiéndose debajo del ropero como animales viles del baldío, ¿memoria de borrascas de antiguas cumbres les devolvían historias de muerte y resurrección, de transmigraciones?
     Enero, escorpión fogoso, enarbolaba su cola; apareados los escorpiones producen rumor de cremallera; los he visto y odiado porque son lo más pérfido entre los insectos. Los fabricó Satán.
     Fue en aquel enero cuando sopló de pronto un viento cínico, malsano, escorpiano, pero no refrescó.
     No se apareaba el ventarrón con el colosal corazón del verano bonaerense. Viento solterón. Asexuado. Cada cual por su lado vejarían la misma víctima: la zona rural de City Bell.
     Y en la profunda llanura vi alzarse el hongo de viento y tierra como bomba atómica que levantó dos vaquillas del campo de pastoreo.
     Fila de arbolitos pasaron delante de mí andando, locos escapaban, arrancados y lanzados pero enhiestos. Arbolitos caminantes.
     Luego el trueno, era el tornado alzando chapas y lajas, tejas, puertas y ventanas, otros animales, llantos, gritos, mugidos, muerte.
 

   No podía atrancar la puerta y mientras sollozaba de terror y de impotencia con espanto pude apreciar que Heacly y Caty, luego de mirarme con ojos negros, oscurecido a tal punto el precioso topacio natural, pegaditos como almas gemelas en pena, se iban abrazados, Dios me asista, al llamado de algo que vibraba en el monstruoso hongo que los elevó, que los disolvió o amparó, copitos de albo miedo rumbo a unos páramos de lo que nadie supo ni sabrá explicarme por qué. Verifiqué la existencia de misterios más tremendos que los de Eleusis a la luz de la evidencia, y me sentí tan poquita cosa que viajé a la costa, me estiré en la arena cuan larga soy, comí salchichas con mostaza, bebí Coca, escuché a Litto Nebbia y acepté que todo eso también me superaba, porque quería curarme del poder enfermizo de atestiguar lo grave, brumoso y temible.
     Una vez vi un ángel.
     Carecía de brazos y sus pies eran enormes garras. 
     Ojalá, lector, que nunca veas un ángel. 
     Mi ángel me lastimó y me vació el alma. 


/ #TallerLiterarioCityBellLaPlata / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

AURORA VENTURINI x JOSÉ MARÍA PALLAOROAURORA VENTURINI x JOSÉ MARÍA PALLAORO

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miércoles, 24 de abril de 2024

LILIANA HEKER El proceso creativo

"Amo a los gatos"



LILIANA HEKER A LOS 81 AÑOS / 
Acerca de su última novela Noticias sobre el iceberg / 

     Periodista: Los años 60, la liberación sexual, el compromiso político, el boom de la literatura latinoamericana, ¿marcaron la vida de Greta, la protagonista de su novela?

     Haber sido adolescente en los ’60, comenta Greta, fue muy singular, pasaban tantas cosas que una se sentía protagonista de la Historia.

     Igual que Greta usted es escritora y vivió los 60, ¿qué hay de autobiográfico en “Noticias sobre el iceberg”?

     Me interesó tomar un personaje que de alguna manera se parece a mí, pero le ocurren cosas diferentes. Mi vida está muy marcada por veintiséis años en una revista literaria, algo fundamental en mí y en mi creación. Algo que a Greta no le pasa. Tiene una vida distinta de la mía. Publicó sólo dos novelas, con una a los veintidós años tuvo elogios, y con la siguiente fama y prestigio. Después pasó a silencio, a no dar entrevistas, a renunciar a la vida pública.

     Eso lleva a Marcos, un estudiante de periodismo, y a Albertina una chica intrigada por la vida secreta de Greta, a entrevistarla.

     Y ella acepta. La entrevista -que no se cuenta porque me pareció un plomazo una novela que fuera una entrevista- la lleva a remover su historia, ir al encuentro de todo lo que estuvo tapando durante mucho tiempo. Hay preguntas que contesta en parte, otras que piensa, pero no responde, y cosas que no se dicen nunca.

     Ese encuentro generacional, separado por medio siglo, ¿le permitió momentos disparatados, humorísticos, nostálgicos?

     La novela está recorrida por el humor; hay cosas duras y conmovedoras, pero no hay nostalgias. Greta no las tiene porque vivió hasta el carozo su época, tan intensamente que no siente nostalgias, y no quisiera volver a vivir lo que ya vivió.

     ¿Su novela revisa y homenajea una teoría de Hemingway?

     A todos los que escribimos cuentos nos ha fascinado la teoría del iceberg que planteó Hemingway, que es absolutamente cierta. De un buen cuento emerge un treinta por ciento, pero su consistencia la toma del setenta por ciento que está sumergido. Greta descubre algo nuevo que le dice el iceberg, de ahí el título “Noticias sobre el iceberg”. El iceberg puede otras cosas, no es solo lo sumergido. Eso lo supe, se me apareció en El Calafate, cuando estaba escribiendo la novela. Para Greta fue una revelación. Y a mí me dio el final de su historia.

     ¿Contar la vida secreta de una colega imaginaria le dio libertades o restricciones?

     Una enorme libertad. Me permitió contar sus conflictos, que no son iguales a los míos. Lo que más me fascinó fue contar las novelas que Greta escribió, “Hilda Wangel”, “La memoria de Uma Harán” y la detenida “Vera y el optimismo”, que no existen, En mi libro “La trastienda de la escritura” conté el proceso creador de varios de mis cuentos y de mis novelas. Algo que hice mucho en los talleres que dicté. Fue un desafío estimulante contar el proceso de obras ajenas que no existen.

     Prascovia es un personaje importante en la novela. ¿Los gatos son fetiches y amuletos del escritor?

     Amo a los gatos. Y mi gata Prascovia es una importante protagonista en “Noticias sobre el iceberg”, en donde hay otro gato, Illich, que también fue un gato mío. Hoy en mi casa, junto a Prascovia, está Brando, que no aparece en esta novela. Para mí, y para muchos escritores, el gato tiene que ver con el proceso creativo. La compañía del gato es algo muy importante para alguien que escribe, por supuesto, si ama a los gatos.

     En la novela se habla del proceso de creación literaria, ¿eso surgió del trabajo en sus talleres, donde surgieron destacados autores?

     Hoy grandes escritores, grandes colegas y grandes amigos. Greta hace referencias concretas a “Solness, el constructor” de Ibsen y a “Confesiones del estafador Félix Krull” de Thomas Mann. Escritores que fueron fundamentales para mí en la adolescencia. Me ayudaron, junto con Jean-Paul Sartre, a conformar mi visión del mundo. En los talleres no hablé de esos libros. Sugerí autores que muestran modos de escritura, de dialogar, de cómo el gesto de un personaje puede alumbrar lo que le está pasando. Autores que enseñan recursos, como Salinger.

     ¿Por qué hay hoy más literatura escrita por mujeres que por hombres?

      Es algo que fue cambiando, no es que hubo un cambio violento en los últimos años. Lo notaba cada vez más en los talleres. El primer taller que di fue en el teatro IFT en la época de la dictadura. Siete varones y una sola mujer. Y fue la única escritora de ese grupo, Silvia Schujer. Poco a poco en los talleres se fue igualando el número. Ya no importaba si el texto era de una mujer o un hombre sino la calidad. Eso cada vez más empezó a tener peso. Desapareció el subgrupo “literatura femenina”. Hoy hay autores notables, ya no importa el género sino la literatura, valen por los libros que escriben.

     Ha sido elegida como personalidad relevante de nuestra cultura, para dar el discurso inaugural de la Feria del Libro en un momento complejo para el libro y la cultura…

     Un momento muy particular… y, por supuesto, voy a aludir de manera muy clara al ataque que se está haciendo a toda la cultura.

     ¿Que está escribiendo ahora?

     Después de esta vorágine, tengo dos proyectos: un libro de cuentos y uno de textos narrativos de otra índole.




Entrevista de Máximo Soto para Ámbito / Liliana Heker (Buenos Aires, 9 de febrero de 1943) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

lunes, 24 de julio de 2023

El arrabal del universo




JUAN JOSÉ SAER 
(Serodino, provincia de Santa Fe, 28 de junio de 1937 - París, Francia, 11 de junio de 2005) / 
AL ABRIGO 

     Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón -muerte, olvido, fuga precipitada, embargo- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido -un diario, o lo que fuese-, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata desimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido. Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.


Los autores y textos seleccionados forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 
#TallerLiterarioLaPlataCityBellPresencialVirtual / 
Foto: jmp / Archivo de La talita dorada / 

martes, 13 de junio de 2023

TALLER VIRTUAL


Taller de los jueves a las 15 horas / 1 de junio de 2023


JOSÉ MARÍA PALLAORO 
UNO HACE LOS DÍAS MÁS BELLOS

     Uno hace los días más bellos. Uno, si quiere, los hace. A pesar de la tristeza. A pesar del frío que recorre, siempre, el cuerpo. A pesar de la distancia, la que no nos hace ver. Hoy me siento bien. Es cierto, crecen, nutro mis cosas, de a poco, con esfuerzo y deseos. Pienso. Pienso bastante. Dos meses desde que dejé de soñar. Duermo, cuando puedo, en blanco. Al despertar, la sombra de vos se proyecta en el piso, se extiende a la pared, y si estiro el cuello está en el techo. En esa orilla, arriba estás vos, retorna la sed. En ese balanceo el despertar de nuestras miradas, y los besos y las caricias sin saciarse nunca de las aguas que, a veces, calman la sed por un instante. ¿Qué haríamos sin sed? ¿Vos y yo, qué haríamos sin jugos que nos calmen y nos despierten? El blanco del sueño, sombras de cuerpos abrazados, fundidos, en todos sus sentidos. En un día más bello, y entero en la sombra de los dos. 

Los autores y textos seleccionados forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 
#JoséMaríaPallaoro / 
#TallerLiterarioLaPlataCityBellPresencialVirtual / 
Fotos: Sabrina Avellaneda / Archivo de La talita dorada / 

lunes, 10 de abril de 2023

LUISA VALENZUELA Acá hay muchas como yo




LA LLAVE 

     Una muere mil muertes. Yo, sin ir más lejos, muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada. Confieso que me salvé gracias a esa virtud, como aprendí a llamarla aunque todos la llamaban feo vicio, y gracias a cierta capacidad deductiva que me permite ver a través de las trampas y hasta transmitir lo visto, lo comprendido.
     Ay, todo era tan difícil en aquel entonces. Dicen que sólo Dios pudo salvarme, mejor dicho mis hermanos -mandados por Dios seguramente-, que me liberaron del ogro.
     Me lo dijeron desde un principio. Ni un mérito propio supieron reconocerme, más bien todo lo contrario.
     Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente.
     Tan buena no serás si ahora te estás presentando en la Argentina, ese arrabal del mundo, me dicen los resentidos (argentinos, ellos).
     Aun así, aun aquí, la vida me la gano honradamente aprovechando mis condiciones innatas. Me lo debo repetir a menudo, porque suelen desvalorizarme tanto que acabo perdiéndome confianza, yo, que tan bien supe sacar fuerzas de la flaqueza.
     De esto sobre todo hablo en mis seminarios: cómo desatender las voces que vienen desde fuera y la condenan a una. Hay que ser fuerte para lograrlo, pero si lo logré yo que era una muchachita inocente, una niña de su casa, mimada, agraciada, cuidada, cepillada, siempre vestida con largas faldas de puntilla clara, lo pueden lograr muchas. Y más en estos tiempos que producen seres tan aguerridos.
     Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino. Pero al menos ahora se podría decir que arrastro multitudes. Me siento necesaria. Y eso que, como dije al principio, una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente.
     Pero hay que reconocer que empecé con suerte, a pesar de aquello que llegó a ser llamado mi defecto por culpa de un tal Perrault -que en paz descanse- el primero en narrarme.
     Ahora me narro sola.
     Pero en aquel entonces yo era apenas una dulce muchachita, dulcísima, ni tiempo tuve de dejar atrás el codo de la infancia cuando ya me tenían casada con el hombre grandote y poderoso. Dicen que yo lo elegí a mi señor y él era tan rudo, con su barba de color tan extraño... Quizás hasta logró enternecerme: nadie parecía quererlo.
     Cierto es que él no hacía esfuerzos para que lo quisieran. Quizá por eso mismo me enterneció un poco.
     No trato este delicado tema en mis seminarios. Al amor no lo entiendo demasiado por haberlo rozado apenas con la yema de un dedo. En cambio de lo otro entiendo mucho. Se puede decir que soy una verdadera experta, y quizá por eso mismo el amor se me escapa y los hombres me huyen, a los largo de siglos me huyen los hombres porque he hecho de pecado virtud y eso no lo perdonan.
     Son ellos quienes nos señalan el pecado. Es cosa de mujeres, dicen (pero tampoco quiero meterme por estos vericuetos, hay sobre el tema tanta especialista, hoy día).
     Digamos que sólo intento darles vuelta la taba, como se dice por estas latitudes; o más bien invertir el punto de vista.
     Desde siempre, repito, se me ha acusado de un defecto que si bien pareció llevarme en un principio al borde de la muerte acabó salvándome, a la larga. Un "defecto" que aprendí -con gran esfuerzo y bastante dolor y sacrificio- a defender a costa de mi vida.
     De esto sí hablo en mis grupos de reflexión y seminarios, y también en los talleres de fin de semana.
     Prefiero los talleres. Los conduzco con sencillez y método. A saber:
     El viernes a última hora, durante el primer encuentro, narro simplemente mi historia. Describo las diversas versiones que se han ido gestando a lo largo de siglos y aclaro por supuesto que la primera es la cierta: me casé muy muy joven, me tendieron lo que algunos podrían considerar la trampa, caí en la trampa si se la ve de ese punto de vista, me salvé, sí, quizá para salvarlas un poquitito a todas.
     Hacia el fin de la noche, según la inspiración, lo agrando más y más al ogro de mi ex marido y le pinto la barba de tonos aterradores. No creo exagerar, de todos modos. Ni siquiera cuando describo su vastísima fortuna.
     No fue su fortuna la que me ayudó a llegar hasta acá, me ayudó este mismo talento que tantos me critican. La fortuna de mi marido, que naturalmente heredé, la repartí entre mis familiares más cercanos y entre los pobres. Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo de concientización, como se dice ahora.
     El viernes por lo tanto sólo empleo material introductorio, pero las dejo a todas motivadas para los trabajos que las esperan durante el fin de semana.
     El sábado por la mañana, después de unos ejercicios de respiración y relajamiento que fui incorporando a mi técnica cuando dictaba cursos en California, paso a leerles la moraleja que hacia fines del 1600 el tal Perrault escribió de mi historia:
     “A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro”.
     ¡La sagrada curiosidad, un efímero placer! Repito indignada, y mi indignación permanece intacta a lo largo de siglos. Un efímero placer, esa curiosidad que me salvó para siempre al impulsar en aquel entonces -cuando mi señor se fue de viaje dejándome el enorme manojo de llaves y la rotunda interdicción de usar la más pequeña- a develar el misterio del cuarto cerrado.
     ¿Y nadie se pregunta qué habría sido de mí, en un castillo donde había una pieza llena de mujeres degolladas y colgadas de ganchos en las paredes, conviviendo con el hombre que había sido el esposo de dichas mujeres y las había matado seguramente de propia mano?
     Algunas mujeres de los seminarios todavía no entienden. Que cuántas piezas tenía en total el castillo, preguntan, y yo les contesto como si no supiera hacia dónde apuntan y ellas me dicen qué puede hacernos una pieza cerrada ante tantas y tantas abiertas y llenas de tesoros y yo las dejo nomás hablar porque sé que la respuesta se las darán ellas mismas antes de concluir el seminario.
     Las hay que insisten. Ellas en principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.
     ¿Comodidades? pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?
     Todas ellas fueron víctimas de su propia curiosidad, me dicen los manuales y muchas veces también me lo señala la gente que participa en los talleres.
     ¿Y la primera? les pregunto tratando de conservar la calma. ¿Curiosidad de qué tendría la primera, y qué habrá visto?
     En mis épocas de joven castellana prisionera -sin saberlo- del ogro, la suerte, mejor llamada mi curiosidad, me ayudó a romper el círculo. De otro forma tengan por seguro que habría ido a integrar el círculo. La sola existencia de ese cuarto secreto hacía invivible la vida en el castillo.
     Se genera mucha discusión a esta altura. Porque yo presento las opciones, y entre todas escarbamos en las opciones, y curioseamos, y nos entregamos a actividades bellamente femeninas: desgarramos velos y destapamos ollas y hacemos trizas al mal llamado manto de olvido, el muy piadoso según dice la gente.
      Antes de terminar el trabajo del sábado retomo el tema de la llave, y así como mi ex esposo me entregó cierto remoto día un gran manojo de grandes llaves, yo les entrego a las participantes un gran manojo de grandes llaves imaginarias y dejo que se las lleven a sus casas y duerman con las llaves y sueñen con las llaves, y que entre las grandes llaves permitidas encuentren la llavecita prohibida, la de oro, y descubran qué habitación prohibida cierra esa llavecita, y descubran sobre todo si con la llave en la mano le dan la espalda a la habitación prohibida o la encaran de frente.
     El domingo transcurre generalmente en un clima cargado de espera. Las mujeres del grupo me cuentan sus historias, el momento de la llavecita prohibida se demora, aparecen primero las puertas abiertas con las llaves permitidas, las ajenas. Hasta que alguna por fin se anima y así una por una empiezan a mostrar su llavecita de oro: está siempre manchada de sangre.
     Hasta yo a veces me asusto. A menudo afloran muertos inesperados en estas exploraciones, pero lo que nunca falta es el miedo. Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas las que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mis talleres han hecho también lo imposible por lavarla, tratando de ocultar su trasgresión. ¡No usar esta llave! Es la orden terminante que yo retransmito el sábado no sin antes haber azuzado a las mujeres. No usar esta llave... aunque ellas saben que sí, que conviene usarla. Pero nunca están dispuestas a pagar el precio. Y tratan a su vez de limpiar su llavecita de oro, o de perderla, niegan el haberla usado o tratan de ocultármela por miedo a las represalias.
     Todas siempre igual en todas partes. Menos esta mujer, hoy en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave. La mujer la muestra con un orgullo no exento de tristeza, y no puedo contener el aplauso y una lágrima.
     Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza.
     Yo la aplaudo y río, aliviada por fin: la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe de estar retorciéndose en su tumba.



En Cuentos completos y uno más, Alfaguara, Ministerio de Educación Presidencia de la Nación, 2010 / De Simetrías, 1993 / Fotos: jmp / 
Luisa Valenzuela (Buenos Aires, Argentina, 26 de noviembre de 1938) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.-

domingo, 5 de diciembre de 2021

GUSTAVO ROLDÁN Hasta donde cae el sol y se apaga en el río


EL VUELO DEL SAPO 

–Lo que más me gusta es volar –dijo el sapo. 
Los pájaros dejaron de cantar. 
Las mariposas plegaron las alas y se quedaron pegadas a las flores. 
El yacaré abrió la boca como para tragar toda el agua del río. 
El coatí se quedó con una pata en el aire, a medio dar un paso. El piojo, la pulga y el bicho colorado, arriba de la cabeza del ñandú, se miraron sin decir nada. Pero abriendo muy grandes los ojos. 
El yaguareté, que estaba a punto de rugir con el rugido negro, ese que hace que deje de llover, se lo tragó y apenas fue un suspiro. El sapo dio dos saltos para el lado del río, mirando hacia donde iba bajando el sol, y dijo: 
–Y ahora mismo me voy a dar el gusto. 
–¿Está por volar? –preguntó el piojo. 
–Los gustos hay que dárselos en vida, amigo piojo. Y hacía mucho que no tenía tantas ganas de volar. 
Un pichón de pájaro carpintero se asomó desde un hueco del jacarandá: 
–Don sapo, ¿es lindo volar? Yo estoy esperando que me crezcan las plumas y tengo unas ganas que no doy más. ¿Usted me podría enseñar? 
–Va a ser un gusto para mí. Y mejor si lo hacemos juntos con tu papá, que es el mejor volador. 
–Sí, mi papá vuela muy lindo. Me gusta verlo volar. Y picotear los troncos. Cuando sea grande quiero volar como él, y como usted, don sapo. 
El piojo miraba y comenzaba a entender. 
El yacaré seguía con la boca abierta. 
El tordo y la calandria se miraron y decidieron que era hora de intervenir. 
–Don sapo –dijo el tordo–, ¿se acuerda de cuando jugamos a quién vuela más alto? 
–Ustedes me ganaron –dijo la calandria– porque me distraje cantando una hermosa canción, pero otro día podemos jugar de nuevo. 
–Cuando quiera –dijo el sapo–, jugando todos estamos contentos, y no importa quién gane. Lo importante es volar. 
–Yo también –se oyó una voz que venía llegando–, yo también quiero volar con ustedes. 
–Amigo tatú –saludó el sapo–, qué buena idea. 
–Pero no se olvide de que no me gusta volar de noche. Usted sabe que no veo bien en la oscuridad. 
–Le prometo que jamás volaremos de noche –dijo el sapo. 
La pata del coatí ya parecía tocar un tambor del ruido que hacía subiendo y bajando. 
El yacaré cerró los ojos pero siguió con la boca abierta. 
Los ojos de la pulga y el bicho colorado eran como una cueva de soledad. Cada vez entendían menos. 
El sapo sonrió aliviado. 
El tordo y la calandria le habían dado los mejores argumentos de la historia, y ahora el tatú le traía la solución final, ya que el sol se acercaba a la punta del río. 
–¿Se acuerda, amigo sapo –siguió el tatú–, cuando volábamos para provocarlo al puma y después escapar? 
–¿Así fue? Yo había pensado que el puma era el que escapaba. 
–No exageremos, van a pensar que somos unos mentirosos. 
–¡Y qué otra cosa se puede pensar! –dijo la lechuza, que había estado escuchando todo. 
–Gracias –dijo el sapo en voz baja, como para que lo escucharan solamente sus patas. Eso era lo que estaba esperando. Alguien con quien discutir y hacer pasar el tiempo.
–En todo el monte chaqueño no hay mentirosos más grandes –siguió la lechuza–. Y ustedes, bichos ignorantes, no les sigan el juego a estos dos. 
–¿Cuándo dije una mentira? –preguntó el sapo. 
–¿Quiere que hable? ¿Quiere que le diga? 
–Hable nomás –dijo el sapo, contento porque la lechuza lo estaba ayudando a salir del aprieto. 
–Mintió cuando dijo que los sapos hicieron el arco iris. Mintió cuando dijo que hicieron los mares y las montañas. Cuando dijo que la tierra era plana. Cuando dijo que los puntos cardinales eran siete. Cuando dijo que era domador de tigres. ¿Quiere más? ¿No le alcanza con esto? 
El sapo escuchaba atentamente y pensaba para qué lado convendría llevar la discusión. 
–Me sorprende su buena memoria, doña lechuza. Ni yo me acordaba de esas historias. 
–Y yo me acuerdo de otra historia, don sapo, esa de cuando usted inventó el lazo atando un montón de víboras –dijo el piojo. 
–Otra mentira más grande todavía –rezongó la lechuza–, miren si un sapo va a vencer a un montón de víboras. 
Los ojitos del piojo brillaron de picardía. 
–Pero yo lo vi. Era una tarde en que el sol quemaba la tierra y las lagartijas caminaban en puntas de pie. Yo vi todo desde la cabeza del ñandú, ahí arriba, de donde se ve más lejos. 
–Piojito, sos tan mentiroso como el sapo y nadie te va a creer. Es mejor que se vayan de este monte ya mismo. Y que no vuelvan nunca más. 
–Ahora que me acuerdo, yo sé un poema que aprendí dando la vuelta al mundo –dijo el bicho colorado–. Dice así: 

            De los bichos que vuelan 
            Me gusta el sapo 
            porque es alto y bajito 
            gordito y flaco 

–¡Qué hermoso poema! –dijo el pichón de pájaro carpintero–. Cuando sea grande yo quiero hacer poemas tan hermosos como ése. 
–Doña Lechuza –dijo la pulga–, estas acusaciones son muy graves y tenemos que darles una solución. 
–Hay que decidir si el sapo es un mentiroso o un buen contador de cuentos –propuso el yacaré. 
–Eso es muy fácil –opinó el coatí–, los que crean que el sapo es mentiroso digan sí. Los que crean que no es mentiroso digan no. Y listo. 
–Y si se decide que es un mentiroso se tiene que ir de este monte –dijo la lechuza. 
–Claro –opinó la pulga–. Si es un mentiroso se tiene que ir. 
–Aquí no queremos mentirosos –dijo el yacaré. 
–Yo mismo me encargaré de echar al que diga mentiras. O lo trago de un solo bocado –dijo el yaguareté. 
–Eso sí que no –protestó el yacaré–. Tragarlo de un solo bocado es trabajo mío. 
–Dejen que le clave los colmillos –dijo el puma, que recién llegaba–. Odio a los mentirosos. 
–Bueno –dijo la lechuza–, los que opinen que el sapo es un mentiroso, ya mismo digan "sí". En el monte se hizo un silencio como para oír el suspiro de una mariposa. 
Después se oyó un SÍ, fuerte, claro, terminante y arrasador. Un SÍ como para hacer temblar a todos los árboles del monte. 
Pero uno solo. 
La lechuza giro la cabeza para aquí y para allá. Pero el SÍ terminante y arrasador seguía siendo uno solo. El de ella. Y entonces oyó un NO del yacaré, del piojo, de la pulga, del puma, de todos los pájaros, del yaguareté y de mil animales más. 
El NO se oyó como un rugido, como una música, como un viento, como el perfume de las flores y el temblor de las alas de las mariposas. 
Era un NO salvaje que hacía mover las hojas de los árboles y formaba olas enloquecidas en el río. 
La cabeza de la lechuza seguía girando para un lado y para el otro. Había creído que esta vez iba a ganarle al sapo, y de golpe todos sus planes se escapaban como un palito por el río. Pero rápidamente se dio cuenta de que todavía tenía una oportunidad. Y no había que desperdiciarla. Ahora sí que lo tenía agarrado: el sapo había dicho que iba a volar. 
Mientras tanto, todos los animales festejaban el triunfo del sapo a los gritos. Tanto gritaron que apenas se oyó el chasquido que hizo el sol cuando se zambulló en la punta del río. Pero el tatú, que estaba atento, dijo: 
–¡Qué mala suerte! ¡Qué mala suerte! Se nos hizo de noche y ahora no podremos volar. 
–Yo tampoco quiero volar de noche –dijo el tordo–. A los tordos no nos gusta volar en la oscuridad. 
–Los cardenales tampoco volamos de noche –dijo el cardenal. 
–De noche solamente vuelan las lechuzas y los murciélagos –dijeron los pájaros. 
–Será otro día, don sapo –cantó la calandria–. Lo siento mucho, pero no fue culpa nuestra. Esa lechuza nos hizo perder tiempo con sus tonteras. ¿Usted no se ofende? 
El sapo miró a la lechuza, que seguía girando la cabeza para un lado y para el otro, sin saber qué decir. Después miró a la calandria, y dijo: 
–Siempre hay bichos que atraen la mala suerte. Pero no importa, ya que no podemos volar, ¿qué les parece si les cuento la historia de cuando viajé hasta donde cae el sol y se apaga en el río? 



En El vuelo del sapo, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología Unidad de Programas Especiales Campaña Nacional de Lectura, colección: “Las Abuelas nos cuentan”, República Argentina, 2007 / Ilustraciones: Mónica Pironio / 
Gustavo Roldán (Roque Sáenz Peña, provincia de Chaco, 16 de agosto de 1935 - Buenos Aires, 3 de abril de 2012) / Fotos: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

martes, 16 de noviembre de 2021

AURORA VENTURINI Mala época es la infancia



AURORA VENTURINI 
JOVITA, LA OSA

    Mala época es la infancia. De no ser por Jovita no lo mentaría.
    “Esta chica es negra como los hijos de los gitanos”, decía refiriéndose a mí la gente de la casa.
    Peinaba entonces dos trencitas delgadas que ataba con tiritas en las puntas, vestía de cualquier manera con una pollera roja, una blusa amarilla; me veo en verano, en introspección, aunque veo a veces los pedazos de hielo que rompía con el pie descalzo en el zanjón helado.
    “Miren, a la gitana negra le molestan los zapatos”.
    Oía a la gente de la casa decir entre otras cosas: “Es flaca como las cañas porque no come, rabia solamente como los hijos de los gitanos”.
    Cuando llegaban tíos de la ciudad me ocultaba bajo la cama. Especialmente cuando tía Cutícula venía con sus uñas terribles y dedicaba horas al sol en el patio arreglándose la cutícula de los dedos, los bordes o márgenes del ungulado animal raro que era. Seguía el vaivén de la limita, del alicate y el baño de acetona. Cutícula me odió particularmente.
    “Boba, ¿qué me mirás?”
    Le grito: “¡Gallina, gallina vieja del gallinero!...”.
    La gente de la casa surgía de los despeñaderos o subían desde los abismos, las garras prontas, pero yo huía ocupando mi sitio bajo el lecho de madera.
    “Salí de ahí, salvaje”.
    A mi vez yo hacía garritas y asomaba dientes de lobizona, dos hileras perfectas, cerradura de marfil peligrosa.
    Las mujeres de la casa esgrimían escobas y cepillos y los introducían en el escondrijo para obligarme a emerger a la superficie del mundo. Cuando los adminículos domésticos no asolaban mi persona, las mujeres apreciaban horrendos deterioros de escoba sin paja y cepillo enclenque. Iban a disculparse con     Cutícula que estilizaba su último dedote.
    Al azotar la canícula, ellos sesteaban y yo me dirigía al gallinero donde las aves del corral me aguardaban –puedo conversar con los animales y aún conservo ese poder–. Vivía en el gallinero la verdadera Cutícula, anciana gallina, cuyas uñas idénticas a las de mi tía valieron a ésta el mote; pero     Cutícula emplumada atesoró un corazoncito bueno como el aire matutino cuando las uvas transparentan licor.
    “Mi vida peligra; cortarán mi cuello, cocinarán mi carne en puchero y beberán caldo ámbar y gordo... ¿qué es morir? ¿Duele morir de un tajo en la garganta?”
    “No, contesté, tal vez sea peor morir a largo plazo.”
    “Niña, vos sufrís, desahogate conmigo.”
    Cutícula emplumada descendía de nobles gallináceas peninsulares de Hispania y yo lloré enseguida porque la ternura me sensibiliza.
    Me horrorizaba pensar en la carne de mi gallinita generosa nutriendo a la jamona vieja y eso espantaba más que la muerte en sí, más temprano o más tarde todos nos moriremos; qué horror la imagen imaginada de la asquerosa vieja mordiendo el muslo del animalito y bebiendo carne de oro con arroz y con queso.
    “Hagan huelga de hambre como Hansel y Gretel, y cuando la bruja ordene que le muestren el dedito carnoso palpará un hueso y pospondrá el festín”.
    No aceptaron.
    No almorzaba con la gente de la casa, pues me avergonzaron en ocasiones cuando me huía la naranja del cuchillo y el tenedor, cuando no podía comer el pavo con cubiertos, diciendo: “Miren la boba, es una salvaje inútil”.
    Con uvas, higos, manzanas y granadas satisfacía mis hambrunas, y a orillas del laguito bebía espejando mi estampa morena y fina. Las ranas verdes cantaron: “Nena morena y aguileña, puro ojos, ¿por qué tenés sucias las rodillas?”.
    “Porque me gusta caminar en cuatro patas y no me lavo a propósito para enojarlos”.
    “Te vas a morir, negra, si no comés... Mejor así no molestará, negra de los gitanos.”
    Una mañana escuché los lamentos, luego el silencio rojioscuro de coágulo, denso terciopelo carmesí: vi la cacerola ardiente, las queridas patitas de mi Cutícula tiradas en el piso de la cocina y una mariposa que se fue por el ventiluz, su alma errante.
    Devoró la maldita vieja los dos muslitos agarrándolos con sus dedotes, pintó bigotones grasos en el labio superior la muy boba; engulló la vil bruja, tragó interminables rías de caldo por su garguero, cubierto de golilla para ocultar arrugas. Sepulté las plumas y las patitas y coloqué una corona de flor de ángel en la tumba del poquito que salvé de mi amiga devorada por el dragón.
    Desde debajo de la cama oí los carromatos que avanzaban por la calle de tierra, sobre el polvo ocre del suburbio; cantos de ruedas y voces. ¡Los gitanos...! y divisé a Jovita aunque aún no sabía su nombre. Nadie en el contorno. Yo espié. Alegué a la puerta y la gitana de cuerpo territorial me llamó:     “Vente con nosotros, churumbela, tú eres de los nuestros”.
    Salté al carro de la gitana tetona donde viajaban chicas como yo, flacas y con trencitas, y chicos de rodillas sucias.
    “¿Adónde van?”
    “Ahí nomás acampamos.”
    “Qué pena...”
    La gente de la casa no tardará en encontrarme. Desembalaron en los terrenos atando lazos y sogas, desplegando carpas y tendieron colchones de sedosas plumas de pájaros viajeros, pájaros zíngaros de los aires libres; los hombres conversaron con los caballos y con los perros poniendo boca en oreja “turulú-lu-lú”, y los caballos andaban sin brida, también hablaron con los perros y con Jovita.
    En familia almorcé envolturas de hojas de parra, higos chumbos de chumberas españolas, vianda al espiedo ensartada en varilla ardiente, sin quemarme, sin que nadie dijera que era una boda inútil.
    A la noche dormí sumergida en el agujero de colchoneta, tocando los pies de otra chica negra con trencitas.
    Los grillos salmodiaban y el perfume mareante del verano veló el silvestre sueño; emergía al alba.
    Jovita, la osa, aún dormitaba cubriéndose los ojos con las manos, cuyas uñas recordaron la de mi buena Cutícula.
    Al descubrir mi presencia, se sentó pancita arriba, una pancita amarilla de dulce peluchín o plumón en el cuero de la señorona y empezamos a charlar.
    “Todavía tenés sueño, nena”.
    Me acerqué tocando el fieltro, el terciopelo, la luz cálida.
    Dormí hasta el mediodía en el colchón del vientre de Jovita, osa cancionera, que moduló mi arrorró. Al despertar, había dos soles rojos que me auscultaban y eran los ojillos amorosos de Jovita. 








En Cuentos secretos, Tusquets Editores, Buenos Aires, noviembre de 2021 (primera edición 2015) / 
Aurora Venturini (La Plata, 20 de diciembre de 1921 – 18 de noviembre de 2015) / Fotos: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. - 

martes, 9 de noviembre de 2021

MARCO DENEVI La literatura



TALLER MARCO DENEVI 
(Sáenz Peña, Buenos Aires, 12 de mayo de 1922 – Buenos Aires, 12 de diciembre de 1998) 
LA LITERATURA

En la corte de Alcinoo, rey de los feacios, un aedo de nombre Demódoco canta las hazañas de los griegos de Troya.
Los jóvenes escuchan. Cuando Demódoco termina su relato, comentan en voz alta:
-Los versos, bien medidos.
-Las metáforas, brillantes y vigorosas.
-El lenguaje, adecuado a las situaciones.
-Esto, en cuanto a la forma. Analicemos ahora el fondo.
-Sobresaliente, a mi juicio, el retrato de Agamenón.
-Gracioso el episodio de Tersites.
-Inverosímil, en cambio, el ardid del caballo de madera.
-La muerte de Patroclo me hizo llorar.
-La sobrepasa en patetismo la de Héctor.
-Pues, ¿y la lamentación final de Príamo?
Entre los oyentes hay un extranjero que permanece silencioso. Nadie sabe quién es. Es Ulises.
Y Ulises piensa: "¿Qué es lo que ha cantado Demódoco? ¿A qué Troya se ha referido, a qué griegos? No he reconocido a nadie. Aquellos sudores, aquellas lágrimas, aquellos olores, aquellas voces, aquel fuego, aquel dolor, aquel miedo, ¿dónde están? Ha balbuceado una estúpida parodia. Ahora sabrán estos jóvenes lo que fue Troya".
Ulises comienza a hablar. Pero en seguida el auditorio lo interrumpe de mal talante:
-Cállate, extranjero. Y cesa de falfullar ese galimatías. Tu guerra de Troya se parece más a una riña de gallos que a una contienda entre héroes. Luego del divino canto de Demódoco, ¿pretendes tú emularlo con semejante ristra de disparates?

(Omar Denice: Apostillas a los clásicos. Madrid, 1945.)


En Falsificaciones, Corregidor, Buenos Aires, tercera edición 1977 (primera de 1966) / Foto: jmp
Marco Denevi (Sáenz Peña, Buenos Aires, 12 de mayo de 1922 – Buenos Aires, 12 de diciembre de 1998) 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 20 de septiembre de 2021

ABELARDO CASTILLO Erika de los pájaros




TALLER ABELARDO CASTILLO 
(Buenos Aires, 1935 - 2017) 
ERIKA DE LOS PÁJAROS

Me matarán; ellos no perdonan. Ya se habrán dado cuenta de que los traicioné, no sé a qué llamo traición, es cierto, porque todo empieza ahora, ahora y aquí mismo y se reduce a esto, al recuerdo de una carrera sangrienta bajo la luna, y a saber que ellos, los que no conozco, vendrán y me matarán. A tiros. Como a un perro.
Él escapó –yo escapé– durante la noche. Durante toda la noche corrió desesperadamente entre las piedras, largos pedregales sin color, y breñas. Los pies estaban hechos pedazos. Corrió durante la noche con los pies sangrantes y llegó al amanecer. Erika, porque ella entonces se llamaba Erika, lo había mirado con sus ojos hermosos y cansados. Ella tenía ahora los ojos cansados y se llamaba Erika. Siempre su mismo rostro de niña, el rostro que tanto amo, pero todo era distinto: más viejo. Terriblemente fatigado y viejo. Ella dijo:
–No te atreviste.
Pero no era un reproche: ella también sabía de antemano que yo, que él no se atrevería. Y él cayó a los pies de Erika, se abrazó al amado cuerpo de muchacha buena, a su maldito cuerpo, y había llorado.
–No pude, Erika: no soy capaz. Soy cobarde. Ella acarició sus cabellos finos, demasiado finos, como los de una mujer y dijo:
–Niño, mi pequeño niño.
Y su voz no tenía expresión, o sí. Creo que era triste, llena de una tristeza profunda e inexpresiva, como la tristeza.
–Debemos escapar, Erika: ellos vendrán, ya deben de estar en camino, vendrán con sus largos rifles y me matarán a mí, a los dos, pero también a mí, y yo no podré recordarte. A tiros. Sé que ha de ser a tiros, como a los perros, ¡perra! Debemos irnos, perra, amor mío, mujer única. Te amo.
Pero él no podía dar un paso; sus pies eran dos guiñapos dolorosos y sanguinolentos, sobre todo, dolorosos. De pronto ya no estaba junto a ella, sino en el camastro; tirado sobre el camastro y sin poder moverse, Erika, Erika.
–¡Erika!


Ella, en otro sitio, dice:
–El necesita un caballo, tiene lastimados los pies, lastimados y debe irse.
El muchacho la miró, el muchacho que tiene otro pelo distinto del mío, un pelo ondulado y fuerte, de muchacho, la miró y dijo:
–No podrás pagármelo –y sonreía, y estoy seguro de que pensaba por qué es tan blanco el cuerpo de ella, de Erika. Erika va a decir algo monstruoso. Lo dice:
–Bien sabes que puedo –dice, y ni siquiera ella se asombra del tono silbante, íntimo, de reptil silbante, que tomó de pronto su voz de diablo.
El muchacho era muy joven, apenas tendría dieciséis años, joven y fuerte y bestial, pero de pronto perdió todo su aplomo: su rostro, bello rostro moreno es moreno y el mío pálido, el del hombre que está tirado en el camastro y odia, es pálido, no como el rostro moreno del muchacho bestial que ahora se sonroja estúpidamente y parece más niño y más hermoso. Se acercó a Erika, a su vestido de verano y aire, y dijo:
–Si quisieras. Robaré un caballo, no importa si luego el patrón me mata a palos.
Erika sonrió triunfante, pero no debió sonreír, estúpida, no ve que los rasgos del muchacho se endurecen. Erika, debes sonreír triunfante, aunque los rasgos de él se endurezcan, yo te amo, son¬ríe, sonríe así, pero los rifles son tan largos. Y yo no podré recordarte luego, y este dolor y el miedo. Acércatele, antes de que sea tarde, acércatele o todo está perdido. Ella sonríe sin darse cuenta de lo que va a decir el muchacho: yo lo sé, el hombre tirado en el camastro lo sabe y, por eso, el muchacho lo dice:
–Y por qué no se lo pides al otro, al Patrón. Me quieres engañar, como siempre, luego me despreciarás como siempre. El Patrón, él te da cosas, yo te he visto abrazada con él, y ahora quieres caballo para salvar al pequeño.
Erika golpeaba impaciente el suelo con su pie, y el pequeño, el hombre de los pies deshechos, sabe lo que piensa, piensa al Patrón no más, nunca más, a esa bestia lujuriosa y puerca.
Mentiras. Ella sabe que el Patrón nunca volverá a darle nada, perra mentirosa, ni collares ni monedas amarillas, nada, nunca te dará más nada. Dijo:
–No le pido porque no, porque no quiero. El muchacho la miró, miró su vestido de aire y de verano, liviana Erika de los pájaros, y el muchacho dijo:
–Te lo llevaré a la cabaña aunque me mate a palos. Ella dijo:
–Pronto. Tiene que ser pronto.
Juntos mientras el muchacho viene, mientras ellos vienen también por las piedras, con los largos rifles y la muerte.
–¿Cómo te sientes ahora? –pregunta Erika.
–Debemos irnos –dice él–: ahora mismo.
–Después. Pronto traerán un caballo y nos iremos. Él dice:
–Erika, sabes, tengo la cabeza llena de fuego y fuego. Erika muchacha de las guirnaldas, amor, sabes, esto no es más que un sueño. ¡Ríete!, porque esto es solamente un sueño, despertaré, despertarás mañana, y los dos estaremos en la aldea, en la aldea donde hay casas de paja y amarillo tibio, muchacha mía, pequeña de andar entre las flores cantando, mañana, oye, despertarás y yo despertaré en la aldea.
–No grites –dice Erika.
Él grita, me duele la garganta de gritar, él grita y camina por el cuarto con piso de madera, duelen los pies deshechos. Grita:
–Un sueño, Erika. Una pesadilla, nada más que sombras que dan miedo, pero mañana seremos niños, casi niños, y yo volveré a encontrarte junto al estanque, en el claro donde las hojas de los ceibos son verdes y hay flores rojas, muy rojas, y entre el follaje se ve el agua azul. Erika, sabes, hubo un tiempo en el que aún no tenías catorce años y yo te amaba, catorce años cuando nos que¬damos dormidos, entre las guirnaldas y los pájaros.
Ella lo mira con sus ojos selváticos, es bella, bella como una estampa viejísima y ajada pero bella, igual a sí misma, hermosa como sólo ella puede serlo y luego dice:
–Catorce años, sí, cuando nos quedamos dormidos, amor, y yo te amaba.
–Yo iba, Erika, lo recuerdas, iba por las noches al borde del agua, y te encontraba allí, y sabía canciones. Tú no las sabías, yo sí, y te enseñaba entonces todas las cosas, y por eso mañana despertaremos en la aldea.
–Despertaremos, sí, despertaremos hace mucho.
–Ahora entiendes, verdad que entiendes, no hubo huida sobre las piedras grises, ni habrá hombres con la muerte en los rifles, buscándome por tu culpa, perra, cuerpo de diablo. Erika pequeña de los pájaros, amor, Erika, porque mañana despertaremos y seremos niños. Yo te traeré aquel libro, sabes, el libro mío, el nuestro de las estampas.
–Te ríes, me haces sonreír. Estás hermoso.
Él ríe, ambos ríen largamente. De pronto los ojos de él, mis ojos arden y él tiene miedo, siente odio mientras ella recupera una expresión casi olvidada de sentirse indefensa, y él grita:
–¡El libro! Dónde está, quiero mi libro, el libro mío de imágenes, ¡ahora mismo! No, no, ahora o después pero no tengas esa mirada de cansancio, y triste, esa mirada no, sonríe, ya no quiero el libro, yo lo buscaré, quietecita, quieta como un animalito, como la perra que eres, que serás siempre, muchacha de los ceibos, amor. Te amo.
Pero ella ha buscado en un rincón y trae el libro. Es un libro azul, yo lo recuerdo ahora, encuadernado con piel azul y perfumada. Es bello como un libro. Él ríe a carcajadas, pero acaso no ríe, porque dice:
–Nuestro libro, Erika, nuestro hermoso libro. Se han sentado en el suelo y lo hojean, como quienes acarician un libro de imágenes y ella dice:
–Mira. Mira ésta.
–Ésta, sí. Todas, tuyas y mías. Ruido de cascos.
Son ellos, pienso, ellos que vienen a matarme y me he puesto de pie, tiemblo, debemos huir y se lo digo:
–¡Es necesario huir!
Sé que ella dirá lo que dirá, que tendrá otra vez los ojos tristes y dirá:
–Mi pequeño miserable, amor.
Pero quien llega es el muchacho moreno, llega con su caballo, mi caballo de huir. No. Tal vez hay tiempo todavía, no. Pero ella tiene ahora la mirada grave y vieja y secular y maternal que él teme. Erika dirá, lo dice:
–Debo pagarle.
Él solo en el cuarto contiguo. Ya no le arde la cabeza y todo está muy claro: no despertarán mañana. Dios mío. Necesito decir Dios mío, preguntar, Dios, por qué todo, por qué yo aquí, solo. Capillas hubo. Santos de palo tallados por manos de leñadores, antes, mucho antes de esto. Esto que no sé qué es, dónde es, ni sé cómo, en qué sitio.
    Ella y el muchacho hablando. Puedo saber de qué hablan, pero no quiero, porque antes hubo despedidas al crepúsculo que no fueron así pero pudieron serlo: la muchacha, ella, que ahora se llama Erika, corría hacia el lago. Corre hacia el agua y sube a una embarcación pequeña, y tan chata, que, mientras se aleja, parece la muchacha flotar sobre el agua azul. Él la ve desde la boca del cántaro, pues el follaje siempre es así, como la boca de un cántaro verde y con flores rojas, y desde allí, se ve el lago con muchacha. Ella rema con un remo largo y fino como un remo de junco, y el agua es tan azul que da miedo.
¡La puerta! ¡Ella ha abierto la puerta! Qué quiere, por qué abre la puerta cuando yo pienso en Erika de los crepúsculos, perra Erika de ahora, amor de siempre, no abras, no.
        Ella abrió la puerta y entró en este cuarto.
–Escúchame –ha dicho su voz triste de Erika, y ha entrado con sus ojos tristes y antiguos de Erika y su cansancio–. Escúchame, no temas nada, amor pequeño, muchacho del libro azul y las canciones. No es la primera vez. No. No es la primera vez que lo hago.
Él no piensa cuando dice lo único que no debió decir. Pero ya la puerta se cerraba nuevamente. Y dijo:
–Ya lo sé –y se da cuenta de que es cierto–. Ya lo sabía.
Y ahora la espiaré. Yo voy a espiarte ahora, puerca, yo de rodillas ante la puerta, yo, mientras una Erika sin cara desprende hábilmente ropas de muchacho que tiene miedo, pero no sólo tiene miedo sino que la desea, hipócrita, y se siente, ha de sentirse superior, eso, mejor que la mujerzuela de los sapos, ramera de lagartos, único amor mío que se le entrega. El, el hombre arrodillado detrás de la puerta, puede entrar como el viento y hacerlo marchar a bofetadas, puede entrar como sólo una vez, esta vez, y únicamente él puede entrar y matar. Y el hombre de rodillas ante la puerta sabe, yo he comprendido, sé que él podría utilizar su noche irrevocable –ésta–, pavorosa pero suya, como sólo una vez en la vida, en el sueño, dónde, a todos está dado utilizarla, a mí, para justificarse o fulminar el universo con un gesto, o –como a él, ahora– para ponerse de pie y ser, de pronto, parecido al viento, hijo del viento, igual al estallido de un astro y a una tempestad tumbando, descuajando. Y entrar entonces. Matarlo a bofetadas. Pero qué más da; ella solamente paga. Sin embargo él intuye, yo conozco lo que ocurrirá, nadie puede evitarlo desde que llegó corriendo con los pies deshechos de correr entre las piedras, sabe que ella, de pronto, tendrá un rostro extraño, un rostro feliz que no será el cansado rostro de Erika, puerca, te entregas de verdad, no pagas, víbora de pantano, me engañas, amor, no ves que me engañas a mí, que te amo, a mí, grandísima perra, que me quedo solo amándote como en el tiempo de las aldeas y el crepúsculo.
Es necesario esconder la cara entre las manos.


Erika y él, nuevamente solos. El muchacho se ha ido. Erika, sin moverse del camastro, espera que él llegue a su lado, él, que tiene los pies hechos pedazos. Qué triste estás, muchacha.
Ella dice:
–Tu caballo está afuera. Puedes irte.
Él la mira, pero ella no lo mira. El caballo está afuera, el caballo que dejó el muchacho moreno. Por la ventana de la cabaña se ve el desierto de las piedras, no se ve la aldea. El, arrastrando los pies, sus guiñapos, llega y se sienta al borde del camastro.
–No –dice ella–. Afuera hay un caballo. Debes irte. Qué triste estás, muchacha, amor.
–Erika –dice él–. Erika de los pájaros.
–No. Afuera hay un caballo.
Él tiende una mano hacia la mujer, hacia su frente, y dice:
–Debo matarte, Erika.
Ella asiente con los ojos cerrados.
–Debo matarte porque mañana no despertaremos en la aldea, y no podré enseñarte mis canciones, ni te irás por el agua. Ayúdame, Erika, porque debo matarte.
Erika tomando las manos del hombre las abrió sobre su garganta donde las manos se quedaron quietas, y ella dijo:
–Lo he dado todo, sabes.
–Todo, qué es todo. Ayúdame.
–Todas las cosas.
–Es necesario que te odie, Erika.
Lejos se pueden escuchar ladridos. Ladridos que vienen por las piedras. Ellos, los hombres de los largos rifles, vienen con sus perros ladradores. Vendrán, abrirán la puerta y nos matarán.
–Debes irte, amor. El caballo es veloz y ellos están fatiga¬dos, no podrán encontrarte.
–Voy a matarte ahora, Erika.
–Sí.
–Ayúdame.
Ella no lo mira, tiene los ojos cerrados. Ella dice:
–Voy a ayudarte, pequeño cobarde, sucio bicho de los albañales, sabandija de los rincones, también le he dado nuestro libro, tu hermoso libro azul de imágenes, el libro que me enseñabas a mirar junto al estanque de la aldea, todo, también tu bello libro de piel perfumada, todo, infame rata, pequeña rata temerosa de los sótanos, el muchacho moreno se llevó tus estampas y te amo.
–Gracias, Erika.
Y él apretó, y ella mientras tanto sonreía. Las manos de él se juntaron una con otra al apretar su garganta y ella sonreía. Ella, Erika de los pájaros.
Luego, él levantó el cuerpo de Erika. Y salió de la cabaña en dirección a las piedras, a los largos rifles, a los perros.





En Las otras puertas, primera edición diciembre de 1961; tercera edición G. Dávalos y D. C. Hernández, editores, marzo 1964 / Foto: jmp

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

miércoles, 23 de junio de 2021

JUAN FORN sobre MARCEL SCHWOB

TALLER JUAN FORN

Sobre MARCEL SCHWOB

EN CUALQUIER OTRO PAÍS DEL MUNDO

 

         En cualquier otro país del mundo está agotado, es una rareza o nunca se tradujo directamente. Acá, en cambio, no hay librería ni biblioteca que no tenga un ejemplar de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Yo me lo he topado en los estantes más insospechados: en casas de veraneo, con las páginas pegadas de humedad, en la sala de espera de un dentista, en escuelas, en bibliotecas de lectores grosos y de lectores cualunques, y en casi todas las librerías de saldo y puestos callejeros de libros que curioseé en mi vida. La culpa es de Borges, obvio. A tal punto nos lo naturalizó en nuestro ADN de lectores que a veces parece que los ejemplares de Vidas imaginarias que hay en tantas casas argentinas están ahí como si fueran un libro de Borges, no de Schwob. Algo similar pasa con el Bartleby de Melville: en nuestra biblioteca mental lo tenemos más cerca de Kafka que de Moby Dick, pero la diferencia es que Melville es para todos nosotros mucho más autor de Moby Dick que de Bartleby; en cambio, Schwob es Vidas imaginarias por encima de cualquier otro de los libros que escribió. Toda su obra está contenida ahí, tal como todo Borges está en esencia en Historia Universal de la Infamia: la picardía para hacer uso de la erudición, el asombro contenido por el lenguaje preciso, las perlas dejadas caer como al pasar, la idea hermosa de que todo está en los libros y que la literatura “se escribe leyendo”.

         Se han escrito infinidad de libros parecidos al de Schwob, antes y especialmente después de que él publicara Vidas imaginarias, pero gracias a Borges, acá en Argentina sabemos que ninguno se le acerca siquiera, y por eso lo tenemos en nuestras casas: porque tener ese libro es como tener en casa toda la literatura, todo lo que hace mágica la literatura. “El verdadero lector hace casi tanto como el autor, sólo que él construye entre líneas. Aquel que no sabe leer en el blanco de la página no será jamás un buen lector”, dijo Schwob. Por su biógrafo y sus amigos sabemos que Schwob no podía leer como leían los demás: “Desconfiaba de lo que entraba por la puerta, fuese el diario de la mañana o la herencia de los siglos. Veía que la literatura albergaba otra literatura y que, debajo de la historia oficial, había otra historia, igualmente fascinante, turbadora y enriquecedora”. Y, cuando escribía, conseguía que sus lectores hicieran lo mismo, que lo leyeran así. La literatura se escribe leyendo. Lo imaginario se aloja entre el libro y la lámpara. Para soñar no hay que cerrar los ojos, hay que leer.

         Todos sus amigos iban a visitarlo por eso. Jules Renard resume así lo que le pasaba también a Mallarmé, a Valéry, a Anatole France, a Colette, a Alfred Jarry, cuando caían a cualquier hora en aquel departamentito de la Rue de l’Université que parecía un armario incrustado entre dos pisos, con una mesa y una silla minúsculas desde donde él conversaba mientras sus visitas bajaban al piso los libros sobre la cama para tener dónde sentarse: “Ayer con Schwob hasta las dos de la mañana. Me pareció como si tomara entre sus dedos finos mi cerebro y lo diera vuelta, exponiéndomelo a la luz”. Su esposa, la actriz Marguerite Moreno, dijo: “Tenía una inteligencia como los ojos de los insectos, veía en diversos planos, geométricamente, era espeluznante a veces”. Lo espeluznante era que Schwob parpadeaba muy levemente pero todo el tiempo al hablar, “como labios que rezaran”: sus palabras parecían venir de sus ojos, no de su boca. Según lo retrataron sus amigos, tenía rostro de benedictino, dentadura perfecta, ascendencia semita, odio a los espejos y vergüenza de tener un cuerpo. Tenía, además, menos de veintisiete años cuando recibía estas visitas que decían después: “Leyendo a quienes él ama se puede ser un lector feliz”.

         Schwob venía de una familia de rabinos de Nantes. A los tres años aprendió solo alemán, escuchando a los soldados que ocuparon su casa durante la Guerra Franco-Prusiana. A los ocho escribía cartas a Poe y a Julio Verne. A los doce lo mandaron a estudiar a París. Se alojó en la Biblioteca Mazarino, que era un palacio, porque su tío, el orientalista Léon Cahun, era el bibliotecario. El tío Léon le enseñó la Antigüedad y también le enseñó a mirar la calle por las ventanas del palacio. Schwob se enamoró de los libros y de una prostituta adolescente y tuberculosa del Marais a quien le cosía muñecas, le hacía café, le convidaba cigarrillos y le conversaba con voz de niño, y cuando los médicos que llevaba a verla no pudieron salvarla, se encerró a quemar todas esas muñecas, y cuando salió había perdido todo el pelo y también había escrito un libro entero para la difunta, donde la bautizó Monelle y le inventó un puñado de hermanas para abarcar todas las facetas de su perverso encanto, y sentenció al final: “No abraces a los muertos. No lleves en ti el cementerio. Los muertos ahogan a los vivos”.

         Colette le presentó a la actriz Marguerite Moreno para rescatarlo. La Moreno hacía la Fedra de Racine en el escenario pero en privado recitaba Baudelaire como nadie. Schwob se enamoró de su voz, se casó con ella e incluso aceptó mudarse a una casa luminosa en la Ile de St-Louis, pero a los tres meses le empezaron “los dolores”. Así llamaba a la enfermedad misteriosa, supuestamente un cáncer de recto, que fue su calvario desde entonces. El matrimonio era blanco: la Moreno se iba de gira y Schwob cerraba todos los postigos y se ponía en brazos de la morfina pero ni así podía escribir, así que decidió partir a Samoa, a ver la tumba de Stevenson, que era su amigo y a quien había traducido al francés. La mitad del viaje lo hizo en camilla y nunca llegó hasta la colina donde estaba la tumba de su amigo, pero en cambio aprendió diligentemente el samoano y en dos días podía hablarlo. Lo llamaban Tulapala, que significa “habla con historias”, y el propio rey Mataafa lo inició en una tisana vegetal más efectiva que la morfina. “Si no tuviese que escribir el libro que tengo que escribir, viviría con ellos”, le escribió a la Moreno en una carta que no despachó sino que guardó en su bolsillo (“para que sepas, mi querida, si me pasa algo, que mi último pensamiento ha sido para ti”).

         El libro que quería escribir era sobre los coquillards y su rey, el poeta pillo François Villon. La teoría de Marcel era que no existía una línea que separase lo que está debajo de lo que está arriba: “A la gente de mundo le gusta recoger las formas y términos nuevos que crea la calle. La unificación de Europa como continente, la idea de cultura tal como la conocemos, la iniciaron esos vagabundos que iban de pueblo en pueblo contagiando lenguaje y estilo sin saberlo: clérigos, estudiantes, trovadores, bandidos, desertores, mendigos”. En sus últimos años, Schwob dio en la Sorbonne un seminario sobre el tema que no terminaba nunca y que tenía poquísimos pero fervorosos alumnos. Uno de ellos fue Pierre Champion, su único biógrafo hasta hoy, que en su libro de 1927 escribió que Schwob murió un domingo de febrero a los treinta y siete años, que nadie pudo cerrarle los párpados y por eso lo velaron así, y como sus ojos seguían abiertos al partir al cementerio, cubrieron con velos negros los faroles del coche que lo condujo hasta allá.

 

 

 

Marcel Schwob (Francia, 1867-1905), Vidas imaginarias

Juan Forn (Buenos Aires, 5 de noviembre de 1959 –

Mar de las Pampas, 20 de junio de 2021) / Fotos: jmp

 

  

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-