"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

jueves, 11 de junio de 2015

DANIEL MOYANO El perro y el tiempo









TALLER DANIEL MOYANO  (Buenos Aires, 1930 - España, 1992)

EL PERRO Y EL TIEMPO

     Yo no puedo alimentar también a ese perro –dijo su tío después de mirar a Gregorio y al perro, sentados al borde de la galería. Gregorio no contestó y siguió acariciándole la cabeza. Era largo, negro, de nariz partida y orejas caídas. Cuando lo azuzaban o se interesaba por algo levantaba sólo la mitad de la oreja, la parte donde los cartílagos eran más duros, y este rasgo era lo que más le gustaba al niño.      
Hubiera esperado una discusión, un examen previo, algo que le permitiera exponer sus razones para tener al perro, pero su tío parecía haber calculado de antemano esa posibilidad, y por tanto su resolución, tan rápida, era simplemente algo que había que recordar, y tener en cuenta, sin posibilidad de modificaciones.
Además, sus palabras formaban parte de algunas de las leyes que regían la economía de la familia, compuesta por varios hijos propios y Gregorio.
Hacía dos días que lo tenía, y había logrado ocultarlo uno. Las palabras del tío no admitían otra interpretación, pero sabían que su tío luego olvidaría el asunto. Y eso parecía demostrar que la desobediencia era una posibilidad. Las palabras habían sido duras y quebraron todos sus presentimientos acerca de la posesión del animal, que había comenzado a cambiar tan dulcemente el ritmo de su vida. Eran ricos los choclos comidos por la noche, y después era hermoso acariciar al perro hasta dormirse mirando a través de la ventana el cielo estrellado y el aire serenísimo, como si a través de esa tranquilidad cayese silenciosamente la escarcha que al día siguiente aparecía en los baldes, en la tina, en los charcos de la calle. Y ahora esas dos cosas debían modificarse, separarse, a causa del tío, porque su tío significaba choclos, la posibilidad de comerlos al calor naciente de la cama, y el perro, y el calor y la presencia del perro, que debía ir todo unido a aquella sensación, habían sido negados por su tío con esas palabras tan rápidas y decididas. Y lo peor de todo era que él consideraba justa esa decisión. Podía recordar palabras suyas, dichas muchas veces cuando discutían con la tía sobre el sueldo, la luz, el alquiler, el carbón: “Son muchas bocas y yo no puedo más, esto me está volviendo loco; y todavía uno más”. Sabía que su tío trabajaba todo el día y que el sueldo no alcanzaba, pero hasta allí solamente llegaba el entendimiento. Su tía, que solía llorar a solas, velaba para que aquello que él no alcanzaba a entender pudiese ser explicado de algún modo: racionaba estrictamente los alimentos, había decidido que nadie comiese fuera de las horas establecidas, vigilaba para que el carbón no se consumiera inútilmente. Y puede decirse que él entendía a medias al ver a su tía por las noches, cuando el tío se acostaba, echar agua con la pava sobre las brasas.
Cuatro cuadras hacia el sur, donde el pueblo terminaba, vendían choclos a buen precio en un ranchito que en el verano apenas se distinguía a causa del maizal. Cuando su tía lo descubrió fue un día de gran alegría para todos. Ella y los chicos fueron a comprar. Él llevaba la bolsa y después entre todos ayudaron a juntar. Le gustó el ruido de los choclos al ser arrancados de las plantas y el jugo dulce que caía de los extremos. Su tía conversó un rato con la vieja que se los vendió. Una mujer más vieja que parecía dormitar junto a una pared, cerca del brasero de lata, le dio un mate a su tía y ella lo tomó con alegría. Hablaron de varias cosas, pagaron y salieron con la bolsa llena. Los chicos saltaban sobre la tierra removida y su tía no los retó ni les dijo nada. Estaba cayendo el sol y había sido realmente un día hermoso. “Los comeremos asados”, dijo su tía cuando llegaron a la casa invadida por un silencio que era oscuridad a la vez y olor a polvo en los rincones. Ellos trajeron leña del fondo y su tía encendió el fuego. Pelaron los choclos y después los oyeron crepitar sobre las brasas. La tía los repartía a medida que se asaban. Una mitad para cada uno, para que puedan ir comiendo de dos en dos. Todos tenían urgencias, pero algunos prefirieron esperar los últimos, que por decisión de la tía serían los más grandes. “El que espera, come lo mejor”, estableció. Unos exigieron ser los primeros, otros aceptaron la espera.
El comer choclos por la noche se convirtió en una costumbre. Cada uno recibía el suyo y se iba a la cama. De tal manera pues, hubiera sido muy lindo llevarse el choclo casi humeante a la cama, y acostarse junto al perro, que dormía con dos niños más en una cama grande que había sido de los tíos, pero sucedía que cuando Gregorio recurría en su memoria al calor del perro, ya no había choclos y había aparecido la escarcha. De modo que la disociación de estos dos elementos gratos en su memoria no se debía solamente a las palabras de su tío sino a los misterios del tiempo.
Todo aquello había sucedido hacía mucho tiempo, y ahora el perro, llamado Flecha por decisión unánime, lograba permanecer, nadie sabe cómo, pese a que su tío dijera algunas veces, discutiendo con su tía: “Yo no puedo más, estoy viejo ya, no puedo pasarme la vida alimentando chicos”.
Una de las vicisitudes duras para Gregorio fue cuando su tío ordenó que llevaran el perro al circo, donde compraban animales viejos e inútiles para alimentar a las fieras. Gregorio había llorado y su tía le dijo, después de alguna vacilación, que podía desobedecer y quedarse otra vez con el perro, siempre que lo escondiese en el cuarto vacío del fondo durante el poco tiempo que el tío permanecía en la casa. Aquella vez, mientras comían, Flecha salió del cuarto por una abertura en la puerta donde faltaba un vidrio. Su tío lo vio y no dijo nada, aunque lo creyera ya en el circo. El perro alzó las patas y las apoyó en la mesa, frente al tío, y siguió atentamente los movimientos de las manos de éste llevando los alimentos a la boca. Pero el tío no dijo nada, ni entonces ni después, mientras el perro movía la cola, pero con la cara como vuelta hacia un costado, como si lo mirase con el rabillo del ojo. Después llevó un bocado de pan a la boca y siguió mirando el plato. Acabada la comida, su tío se levantó y dijo: “Hagan lo que quieran; yo ya no puedo decir nada”. La tía inició la sonrisa general que la frase produjo. Las manos de los chicos buscaron restos de comida para darle, pero la tía dijo entonces: “Un momento; le vamos a dar lo que corresponda”. Alzó de la mesa dos o tres cáscaras de zapallo, que Flecha comió con avidez. En eso pasó el tío, que envejecía y caminaba como arrastrándose, y dijo sin mirar a nadie pero dirigiéndose sin duda a Gregorio: “Pero vos le vas a dar de comer, en adelante, de la parte tuya”. Él no respondió porque estaba sintiendo que ahora Flecha era una propiedad suya, de la que no podrían despojarlo jamás.
Aquel año los choclos subieron de precio y su tía tuvo que excluirlos. Pero hacia el invierno, la posesión de Flecha significó disponer de algo que uno quería y que estaba fuera de las limitaciones impuestas por los cálculos y demás cosas incomprensibles. El perro, estirado, era en verdad más largo que Gregorio. Uno de los chicos que dormían con Gregorio fue obligado a dormir hacia los pies de la cama. Gregorio y el otro compartían la cabecera con el perro en el medio. Pero algunas veces Flecha amanecía acurrucado en la parte de los pies, y en esos casos el beneficiado con su calor, según lo que habían convenido, tenía que alimentar al perro durante todo ese día con parte de su ración.
Con el perro y la idea de los choclos la existencia era casi perfecta. Pero de eso también hacía mucho tiempo y las cosas habían cambiado.
Flecha había engordado y formaba parte de la familia. Y hacia entonces sucedió lo peor. A él no le gustó la idea, pero había partido de su tío y, lógicamente, nadie podía cambiar sus propósitos. Fue un domingo, el tío llegó al mediodía, y nadie hasta entonces se había dado cuenta de que había salido por la mañana muy temprano. Traía una jaula grande. Dentro de ella había cinco gallinas. Todos se alegraron y rieron como aquella vez que trajeron la bolsa de choclos. Su tío abrió la jaula, y después de mostrársela a todos a hurtadillas, dejó que las gallinas saltaran y corrieran libremente por el patio. “Cierren la puerta de calle”, gritó su tía, y después le dijo al tío que no debió dejarlas correr libremente sin antes cortarles las alas. Nadie se acordó del perro, salvo Gregorio, y emplearon la siesta en construir, en el fondo, un gallinero. Su tío mismo dirigió las tareas. Cuando terminaron, su tía se puso a cebar mate y en un momento dado alguien dijo: “¿y Flecha?” Gregorio sintió la mirada de su tío, que en ese momento estaba con el mate en la mano, por chupar la bombilla; pero dejó de hacerlo para mirarlo. “No le hará nada a las gallinas”, dijo él. Y su tía le dijo entonces que si le hacía algo, ella no vacilaría en elegir entre el perro y las gallinas. Después olvidaron a Flecha, y su tía dijo que en poco tiempo las gallinas pondrían, y entonces iban a poder comer huevos antes de acostarse, y que los huevos irían en sustitución de los choclos. Pero a Gregorio no le pareció una idea muy agradable, porque el perro, desde ahora, se desmerecía ante todos.
Y después pudo contar con tristeza que él también lo había visto. Lo vio cuando llevaba el huevo en la boca. Una lástima que su tía alcanzara a verlo también y gritara de esa manera. Flecha soltó el huevo, que se rompió. La fisonomía de su tía cambió totalmente, y también sus palabras y su manera de decir las cosas. “Es un perro huevero; yo sabía que era un perro huevero”. Su tío no dijo nada, pero su mirada fue una confirmación de lo que opinaba la tía. Debían deshacerse del perro. Gregorio también comprendió que aquello era una cosa ineludible y que toda resistencia era inútil esta vez. Todo se hizo rápidamente. Él no supo nunca en qué momento su tía se puso en contacto con un viejo que tenía muchos perros y que vivía más allá del rancho de la vieja de los choclos. A la hora prevista y desconocida por él, el viejo llamó a la puerta. Venía solo. Su rostro era venerable. Los ojos limpísimos. Él mismo tuvo que ayudar para tomar al perro y atarle una cuerda al cuello. El viejo, que miraba desde la puerta de calle, no pronunció ni una sola palabra, ni antes ni después. Los chicos miraban en silencio. Su tío no estaba. Cuando le dio el último abrazo, hacía rato que estaba llorando, pero parecía que lo advertía ahora. Después, él y varios de sus primos se pararon en medio de la calle. El viejo tiraba de la cuerda y el perro marchaba resistiéndose. De vez en cuando se daba vuelta y levantaba la mitad de las orejas, hasta donde los cartílagos eran duros. Al rato se veía que volvía la cabeza, pero las orejas ya no se distinguían. El viejo no se dio vuelta en ningún momento. Cuando dobló, allá lejos, sólo quedaba uno de sus primos junto a él; los otros habían entrado. Cuando él también entró, vio que estaban recortando figuritas de un diario viejo, con una tijera, en la galería.
Hacia el invierno Gregorio estuvo enfermo varios días, y una noche la tía le llevó a la cama un huevo pasado por agua y se lo dio en cucharitas. Él sintió entonces que el perro pertenecía al orden de las cosas incomprensibles.
Después volvieron el sol fuerte y los días claros, y Flecha era apenas una cosa en la memoria. Y pasó mucho tiempo y esa cosa en la memoria persistía, porque estaba unida a muchas otras, indisolubles. Y sobre todo ese día, que había vuelto a ver al viejo. El hermano de su tío, que había venido en un camioncito desde el pueblo vecino y que reía estrepitosamente ante cualquier cosa que le contasen, les dijo de pronto que subieran a dar una vuelta por allí. Gregorio se sentó en una de las barandas de la carrocería, y a medida que el vehículo andaba por el campo reseco sentía el aire en las mejillas. “Derecho por acá y después doblamos en la curva del camino”, le había dicho al hermano de su tío. Estaba seguro de que nadie pensaba en el perro, que por ese camino vivía el viejo que se lo había llevado. Pero uno de sus primos, en cuclillas, le dijo de pronto que a lo mejor podían ver a Flecha. “Cierto”, dijo él, como si no hubiera estado pensando en eso. Habían recorrido un buen trecho después de la curva, y pasado por el rancho de la vieja de los choclos, y estaban lejos, en lugares adonde jamás habían llegado. El hermano de su tío sacó la cabeza por la ventanilla y el viento le levantó el ala de su sombrero. Le habló a él, pero no pudo entender nada porque el viento era fuerte. Sabía que le preguntaba adónde quedaba el lugar que le había dicho.
Y anduvieron como media hora, y el lugar que él suponía no apareció. El camioncito paró y el hermano de su tío sacó otra vez la cabeza. “Nunca vi ninguna casa por aquí; más allá no hay nada”, dijo.
Después volvieron y él intentó explicarse el hecho. En un momento creyó que este misterio pertenecía al orden del tiempo, esa cosa improbable y lejana. Sin embargo, desde que su tío dijo que no podía alimentar también a ese perro hasta que el hermano sacó la cabeza por la ventanilla, para explicar algo inaudible a causa del viento, apenas había habido algunas modificaciones en las hojas de los árboles, en los pajonales circundantes. Por fuera, el mundo había avanzado muy poco. A él, en cambio, le parecía haber retrocedido.
La inexistencia súbita de la casa del viejo no tenía explicaciones. Quedaba la posibilidad de imaginar las cosas, y sólo dos le parecieron congruentes: o el viejo, en alguna parte, había protegido al perro, junto con los otros; o todos habían ido a parar al circo.
Flecha entró entonces en el orden de las cosas que no comprendía, y allí permanecería, con otros tantos misterios, por lo menos hasta que él creciera. Pero crecer, lo sabía, pertenecía al tiempo. Y el tiempo siempre había sido para él una cosa improbable y lejana.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 8 de junio de 2015

HORACIO QUIROGA La gallina degollada







TALLER HORACIO QUIROGA (1879-1937)
LA GALLINA DEGOLLADA

   Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
   El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
   Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
   El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
   Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
   Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
   Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
   El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
   Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
   Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
   Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
   Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
   Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
   Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
   No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
   Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
   Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
   Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
   Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
   Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
   Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
   Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer.
A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
   Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
   Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

   Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
   Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
   Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
   A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
   El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella.      Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
   Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
   Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
   Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
   Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
   De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
   Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
   Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
   Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
   Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.


Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917.


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

viernes, 29 de mayo de 2015

JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ El inocente















TALLER Juan José Hernández (1931 - 2007).
En EL INOCENTE (1965)

A José Bianco

     Estábamos acostumbrados a que se dijera de Rudecindo que era una desgracia para su madre, que hubiera sido preferible que naciese muerto, y otras frases por el estilo que empezaban con un piadoso "Dios nos libre y guarde" o "Que Dios no me castigue, pero..." y que terminaban con un suspiro de resignación.
     Cuando hablaba de su hijo doña Teresa ponía los ojos en blanco:
     —¡Qué habré hecho para merecer esta cruz! —se lamentaba. Mis tías, al oírla, se esforzaban por disimular una expresión de tristeza adecuada a las circunstancias:
     —Una madre es siempre una madre —le decían luego, sentenciosamente.
     Doña Teresa se ganaba la vida cosiendo vestidos para las mujeres del barrio. Nunca le faltaba trabajo. "Puesta a pedalear en la Singer, Teresa es un portento. En menos de una hora se despacha un batón de entrecasa", decían de ella con admiración. Pero había otros motivos por los cuales la madre de Rudecindo era tan solicitada. Gracias a su profesión, estaba al tanto de la intimidad de muchos hogares, y de una manera velada descubría la avaricia, la dejadez o la infidelidad conyugal de una vecina sospechosa.
     Por lo general doña Teresa llegaba a mi casa después de mediodía, con la valija donde guardaba el centímetro, las tijeras, el alfiletero, la tiza y el papel para los moldes. Detrás de ella, enredado en los pliegues de su falda, caminaba Rudecindo. Al entrar, doña Teresa se disculpaba por traer a su hijo. "No puedo dejarlo solo. Es un peligro. Todo se lo lleva a la boca", explicaba. En efecto, era corriente verla abandonar la máquina donde cosía, sentada bajo el parral del segundo patio, para precipitarse sobre Rudecindo y arrebatarle la hoja de helecho, la piedrita del cantero o la hormiga que estaba a punto de tragar.
     Por más que las personas mayores y en especial tío Esteban nos habían advertido hasta el cansancio que era de niños maleducados mirar con insistencia y que lo correcto es adoptar un aire indiferente, terminábamos por olvidar estas recomendaciones y acercarnos fascinados al rincón del patio donde Rudecindo, con los ojos entornados y las piernas cruzadas, parecía dormitar en una actitud idéntica a la del Buda de porcelana que había en la vitrina de la sala. De vez en cuando se mojaba los labios con la punta de la lengua, una lengua carnosa, curiosamente vivaz en su cara redonda, inexpresiva.
     Tío Esteban, hermano de mi difunta madre, vivía con nosotros y nos odiaba a Julia y a mí porque hacíamos ruido a la hora de la siesta mientras él descansaba. A veces, furioso, abría la ventana de su cuarto y nos arrojaba un zapato que esquivábamos hábilmente mientras corríamos a refugiarnos en el cuarto de mi abuela. De tío Esteban habíamos oído decir que era un extravagante, un solterón y un ocioso; de mi abuela, que estaba loca; de Julia y de mí, que no éramos primos sino hermanos.
     Tío Esteban ocupaba parte de su tiempo en peinarse; ordenaba cuidadosamente frente al espejo sus escasos mechones de su pelo hasta formar con ellos una especie de casco uniforme y retinto, tarea inútil porque el pelo, al secarse, se entreabría y dejaba al descubierto su calvicie. Además de cuidarse el pelo, tío Esteban tenía otra pasión: un gato que se llamaba Roberto, aborrecido por las mujeres de la casa desde el día que atrapó de un zarpazo a un colibrí; al advertirlo, corrimos hacia el gato para salvar al pajarito. Pero ya era tarde: Roberto se relamía, con los ojos más brillantes que de costumbre, como alimentados por aquella trémula llama verde que acababa de devorar. Una semana después del episodio, Roberto desapareció. Al principio nadie se preocupó por ello; quizá anduviera por los techos, como otras veces, y en cualquier momento apareciera de nuevo en la cocina, con el rabo caído y una oreja lastimada, maullando frente a la botella de leche. Pero no fue así. Poco tiempo después Julia y yo lo descubrimos muerto en la quinta del alemán. Ocultamos nuestro hallazgo. Nos habían prohibido subir a la pared del fondo que daba a la quinta, pero a menudo desafiábamos el peligro para robar naranjas. Nunca saltábamos la tapia; hacerlo hubiera sido correr la misma suerte del gato. Provistos de un palo de escoba en cuyo extremo habíamos dispuesto un alambre en forma de gancho, cortábamos de un violento tirón las naranjas de los árboles cercanos. Abajo, los perros guardianes de la quinta ladraban, echaban espuma por la boca, mostraban los dientes, gemían de furia e impotencia. El alemán, un ingeniero agrónomo que vivía en el centro de la ciudad, sólo les daba de comer una vez por semana para volverlos más feroces. En su quinta había un tipo de naranja de piel muy fina, extremadamente dulce, que a Julia y a mí nos desagradaba pero que hacía las delicias de la abuela, no sólo a causa de su sabor, sino también porque las características del fruto le permitían un curioso entretenimiento. Con sus manos pequeñas apretaba la naranja hasta volverla blanda como una pelota de goma; luego con un alfiler la pinchaba en un extremo y por allí comenzaba a sorber el jugo, con expresión de éxtasis, lentamente. Sobre la mesa de luz quedaban amontonadas las naranjas, exangües y arrugadas como las mejillas de mi abuela.
     Tío Esteban no se resignó fácilmente a la desaparición del gato. Revisó las habitaciones, abrió todos los roperos, temeroso de que Roberto estuviera encerrado en alguno. Desconsolado, trepó al techo. "Robertito, minino querido", repetía hasta el cansancio, y por las noches dejaba en el patio un plato de carne picada por si volvía el ingrato.
     Mis tías dijeron que la ingratitud es propia de los felinos, que los gatos tienen mal olor, que a los animales no se los debe llamar con nombres de cristianos, que tío Esteban, en vez de lamentarse por esas tonterías, debía ponerse a trabajar en algo útil, y que después de todo había en el mundo desgracias mayores, como el caso de doña Teresa, la costurera.
     ¿Motivó la desaparición del gato que tío Esteban comenzara a interesarse en Rudecindo y emprendiera con él una tarea no demasiado apropiada a su carácter irritable? Bastaba con que Julia o yo no supiéramos la tabla de multiplicar o cometiéramos el menor error de ortografía para que tío Esteban arrojara el cuaderno contra la pared y nos cubriera de insultos. A pesar de que no ignorábamos por las conversaciones de los demás que sus enojos eran pasajeros ("Amaneció con la luna", decían. "Es mejor no contradecirlo") temíamos sus estallidos de cólera, sobre todo Julia, que a veces lloraba cuando él, fuera de sí, exclamaba: "Cerebro de mosquito, como tu madre; no me extraña: de tal palo tal astilla" olvidando que se refería a su propia hermana.
     Como mi abuela, tío Esteban era muy religioso; rezaba el rosario por las tardes, se persignaba al pasar por una iglesia, y en las procesiones de Semana Santa marchaba detrás del Cristo y de la Virgen de los Dolores. Las mujeres de la casa se burlaban en secreto de tío Esteban y lo llamaban santurrón y anticuado cuando él criticaba la desvergüenza de una parienta que, a su juicio, iba a misa "escotada y pintarrajeada como una perdida".
     Su decisión de enseñar a leer y a escribir a Rudecindo fue considerada un disparate: "Qué ganas de perder el tiempo. Una piedra aprendería con más facilidad". Sin embargo, él persistió en su propósito. Tres veces por semana, al atardecer, doña Teresa aparecía con su hijo. "No quisieron admitirlo en ninguna escuela, don Esteban", le decía, "pero ya verá que el chico es inteligente".
     Tío Esteban sentaba a Rudecindo en una silla frente a la mesa del vestíbulo, y ponía fuera de su alcance el lápiz y la goma de borrar, sobre todo esta última que Rudecindo miraba con ojos de codicia, entreabriendo la boca. Nosotros observábamos la escena desde el corredor, y a menudo sofocábamos la risa cuando tío Esteban, empeñado en que Rudecindo copiara una letra del abecedario, inclinaba la cabeza sobre el cuaderno, movimiento que hacía despegar un largo mechón de pelo que su alumno atrapaba, también con la intención de llevárselo a la boca. Meses después, tío Esteban mostró a la familia el resultado de su esfuerzo: una hoja cubierta de garabatos, en la que podía leerse con buena voluntad "papá" y "mamá". Ya por entonces tío Esteban nos permitía, después de sus lecciones, jugar al escondite o a la mancha con su alumno, llevarlo a la heladería y a la plaza. A Julia y a mí nos divertía pasear con Rudecindo; la gente se asomaba a los balcones para verlo; después, en la plaza, los chicos interrumpían sus juegos y nos rodeaban, absortos. Julia prodigaba a Rudecindo las mismas delicadezas que a su muñeca preferida: lo sentaba cuidadosamente sobre el césped, le peinaba el flequillo, le arreglaba el cuello del traje marinero. Si bien es cierto que Rudecindo no había adelantado mucho en sus estudios, el esfuerzo mental y la disciplina impuestos por mi tío desarrollaron en él cualidades que yacían aletargadas en su naturaleza. Algo, como una luz interior, empezó a despejar la informe superficie de su cara; los párpados se alzaron, las comisuras de su boca adquirieron movilidad; sus manos, de palmas carnosas y rosadas, una gran destreza. A veces, mientras las personas mayores dormían la siesta, Julia y yo tomábamos algunas revistas ilustradas e íbamos al patio donde doña Teresa trabajaba en la máquina de coser; Rudecindo, a su lado, llenaba de números dos la hoja de un cuaderno: "El dos es un patito", murmuraba en voz baja, recordando la lección de tío Esteban. Julia le pedía prestadas las tijeras a doña Teresa para recortar figuras de flores y pegarlas en un álbum. Un día, ante nuestra sorpresa, Rudecindo tomó la tijera y recortó a la perfección un crisantemo.
     Tío Esteban, que aprovechaba cualquier oportunidad para instruirnos, nos aseguró una vez que Rudecindo, de haber nacido entre los antiguos musulmanes, hubiera gozado de un prestigio comparable al de un santo. Lo cierto es que Julia y yo habíamos observado ya que Rudecindo ejercía ciertas influencias misteriosas sobre los pájaros y otros animales. Era frecuente que los gorriones se acercaran a él y se posaran en su cabeza; las palomas, al verlo, hinchaban el buche y daban vueltas a su alrededor, confiadas, rumorosas. Pero el episodio más sorprendente ocurrió una tarde cuando volvíamos de la plaza. Al pasar junto a la quinta del alemán, los perros guardianes que mataron el gato de mi tío nos reconocieron y empezaron a mostrar los dientes, amenazadores, detrás del alambre tejido. Rudecindo se zafó de nosotros y echó a correr en dirección al portón. En el acto los perros se calmaron: moviendo la cola, gemían cariñosamente, las orejas echadas hacia atrás; luego se revolcaron en el pasto, agitando en el aire sus patas encogidas y flojas, satisfechos y mimosos como si una mano invisible les rascara la barriga.
     Sin embargo, Rudecindo no cambió por completo; de vez en cuando tenía raptos durante los cuales recuperaba su aspecto oriental: entornaba los párpados, el labio inferior le caía sobre el mentón huidizo; burbujas de saliva adornaban nuevamente las comisuras de su boca.
Otro detalle que nos llamó la atención fue la simpatía que mi abuela demostró por Rudecindo no bien lo conoció, hasta el punto de regalarle uno de los caramelos de leche que guardaba debajo de la almohada. Hacía más de veinte años que mi abuela no se levantaba de la cama, y en los últimos tiempos hablaba y se conducía como una muchacha soltera. El médico explicó a la familia que mi abuela, al olvidar los años que siguieron a su casamiento, había recuperado la felicidad. Algunas malas lenguas dijeron que era una lástima que hubiese perdido la memoria porque la anciana, dos veces viuda y de una famosa belleza en su juventud, tendría sin duda muchas cosas interesantes para recordar.
     La perturbación de mi abuela la llevó a evitar el trato de las personas mayores y a enfurecerse cuando alguno de sus hijos, en un momento de descuido, la llamaba mamá. Su tema favorito eran los noviazgos y rivalidades amorosas de hombres y mujeres, la mayoría muertos, que había conocido a principios de siglo. En eso era distinta de doña Celina, una de las pocas amigas de su generación, que solía visitarla los domingos, a la salida de misa, y que no recordaba nada, absolutamente nada, salvo el nombre de la medicina contra la arterioesclerosis, o el de la pomada para aliviar el reumatismo. Al irse la visita, mi abuela sonreía con dulzura. Decía: "¡Qué pena! Con ese peinado tan sin gracia y esos dientes tan feos, Celinita nunca se casará".
     A Julia y a mí nos gustaba que mi abuela dijera que éramos novios. Yo pensaba casarme con Julia cuando terminara mis estudios. ¿Tío Esteban, acaso, no nos había explicado que el matrimonio entre hermanos, en las familias reales de Egipto, estaba permitido?
     Precisamente el año en que terminé sexto grado, durante las vacaciones, mi abuela cambió de actitud hacia Rudecindo. Estábamos en su dormitorio, hojeando viejos ejemplares, de Caras y Caretas, cuando me llamó y me dijo en voz baja, con la mirada fija en Rudecindo: "¿Quién es ese hombre? No lo conozco. Que se vaya inmediatamente de mi cuarto". Divertido por esta nueva rareza de mi abuela, al día siguiente le repetí a Julia sus palabras. "Tiene razón", me dijo. "A mí, de sólo verlo, me da escalofríos."
     Habían pasado dos veranos desde que tío Esteban tuvo la idea de educar a Rudecindo, sin obtener ningún éxito en su empresa, pero doña Teresa continuaba enviándolo por las tardes a casa. "Pobrecito, conmigo se aburre", explicaba. "Pero si molesta demasiado me lo mandan de vuelta con toda confianza." Mis tías dijeron que Rudecindo no molestaba, que era muy juicioso, y que nosotros deberíamos aprender de él, tan calladito, mirando durante horas la figura del almanaque del vestíbulo (una bañista en el extremo del trampolín) o aguardando pacientemente que asomara el cucú del reloj.
     La reacción de mi abuela hizo que yo reparara en el aspecto de Rudecindo. Contrariamente a Julia y a mí, que crecíamos hacia arriba y teníamos las piernas largas y flacas, el cuello frágil, la cara angosta, triangular ("Crecen como la mala hierba", decían de nosotros, "de un año a otro ninguna ropa les queda bien"), Rudecindo crecía a lo ancho, sin aumentar su estatura, hasta adquirir el aspecto de un enano musculoso. Sus mejillas se cubrieron de vello; el timbre de su voz era ronco y monótono; hacía pensar en el canto de los sapos, o de un repollo (si los repollos tuvieran voz).

     También Julia había cambiado, aunque en otro sentido. En vez de salir conmigo prefería pasear con sus amigas; cuchicheaban entre sí y de sus conversaciones me excluían como a un intruso. Cuando una vez le propuse robar naranjas, me contestó que una señorita no se trepa a las tapias, y que aquellos eran juegos para chicos de mi edad.
     —Sí —continuó Julia—, Rudecindo es un puerco. Siempre mirando el almanaque con la mano en el bolsillo del pantalón.
     Ruborizado, sin atreverme a levantar los ojos, balbuceé:
     —No entiendo lo que querés decir.
     Luego, en mi cuarto, lloré amargamente, culpable ante mí mismo, despreciado por Julia y por el mundo.
     Un buen día decidió abandonar su nuevo estilo de señorita recatada para que fuéramos a cortar naranjas de la quinta del alemán. Tuvo también la idea de llevar a Rudecindo con nosotros: "Con él no hay peligro de que los perros se alboroten y despierten a tío Esteban, que en castigo nos dejará el domingo sin ir al cine". ¿Acaso Rudecindo no ejercía sobre los animales un extraño poder, comparable al de Androcles, que acariciaba impunemente la rojiza melena de un león ante la decepcionada muchedumbre de espectadores romanos? Yo tenía mis dudas acerca de la eficacia de su poder porque, como decía mi tío, la fuente de la gracia se agota con los malos pensamientos, y no eran precisamente buenos aquellos que turbaban a Rudecindo delante del almanaque del vestíbulo.
     Esa tarde fuimos a buscarlo. Doña Teresa levantó a su hijo de la cama donde dormía la siesta.
"Ustedes son unos santos", nos dijo. "Miren que molestarse por él, y con este calor." Llevamos a Rudecindo hasta el portón de la quinta. Habíamos decidido que entretuviera a los perros mientras nosotros, desde la tapia del fondo de mi casa, cortábamos naranjas con la mayor tranquilidad. Ágil como un mono, Rudecindo trepó por el alambre tejido y de un salto cayó del otro lado del cerco. Avanzó entre los árboles, se sentó a esperar. Nos disponíamos a volver a casa cuando vimos a los perros que corrían presurosos en dirección a Rudecindo. Entonces nos detuvimos a contemplar la consabida escena, la conversión de las fieras en corderos, pero el milagro no ocurrió. Ante nuestras miradas atónitas, los perros despedazaron a Rudecindo a dentelladas. Luego lo arrastraron hacia el interior de la quinta.


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

jueves, 21 de mayo de 2015

ABELARDO CASTILLO Un poema














TALLER Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935)
MIREN QUE ESTARSE AHÍ...

Seis bocacalles, noche, la neblina.
El lamparón de un bar contra el silencio.
Tan sola, a la intemperie, allá en la esquina
tiene frío la estatua de Florencio.

Tan así, la solapa levantada
con la noche que hace, y en la cabeza,
tan la mano en el pecho, descarnada,
qué sé yo, da una cosa, una tristeza...

Como dijo Carriego, qué ocurrencia
la de irse a las estrellas. Sabe, amigo,
no valía esa estatua su insistencia
de andar hilacha, a puro sueño... Digo

Miren que estarse ahí como un linyera,
a la intemperie, solo, qué cabeza
estarse ahí tan pobre, tan cualquiera,
da una cosa, caramba, una tristeza...



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

martes, 19 de mayo de 2015

ABELARDO CASTILLO La madre de Ernesto











TALLER Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935)
LA MADRE DE ERNESTO
En Las otras puertas, 1961


Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto, (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza -porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia- nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
      Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
      –¡No!
      –Sí. Una mujer.
      –¿De dónde la trajo?
      Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
      –¿Por dónde anda Ernesto?
      En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar emanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
      –¿Qué tiene que ver Ernesto?
      Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
     –¿Saben quién es la mujer que trajo el turco? 


     Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
      –Atorranta, ¿no?
      Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
      –Si no fuera la madre...
      No dijo más que eso.
      Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
      –Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
      Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
      –Pero es la madre.
      –La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
      –Y se los come.
      –Claro que se los come. ¿Y entonces?
      –Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
      Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
      –Se acuerdan cómo era.
      Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
      –Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
      Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
      –No digas porquerías, querés -me dijo Aníbal.
      Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
      –No se lo deben de haber prestado.
      –A lo mejor se echó atrás.
      Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
      –No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
      –¿Cómo será ahora?
      –Quién... ¿la tipa?
      Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
      –Esto es una asquerosidad, che.
      –Tenés miedo – dije yo.
      –Miedo no; otra cosa.
      Me encogí de hombros:
      –Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
      –No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
      Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
      Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos: Preguntó:
      –¿Y si nos echa?
      Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
      –Es Julio –dijimos a dúo.
      El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
      –Se la robé a mi viejo.
      Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
      –Fumaba, ¿te acordás?
      Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
      –¿Cuánto falta?
      –Diez minutos.
      Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
      Julio apretó el acelerador.
      –Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
      –¡Qué castigo ni castigo!
      Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
      –¿Y si nos hace echar?
      –¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
      A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
      –Llevalos arriba.
      La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
      –A ver si nos sacan una muela.
      Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
      –Como en misa – dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
      –¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
      Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
      Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio pregunto:
      –¿Quién pasa?
      Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados- delante de ella. Me encogí de hombros.
      –Qué sé yo. Cualquiera.
      Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
      –¿Bueno?
      Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
      –Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
      Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con que caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
      Cerrándose el deshabillé lo dijo.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.

viernes, 15 de mayo de 2015

JORGE LUIS BORGES, Dónde estará mi vida














TALLER JORGE LUIS BORGES 
(1899–1986)

LO PERDIDO
En El oro de los tigres, 1972



¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la ventu
rosa
o la de triste horror, esa otra
cosa
que pudo ser la espada o el es
cudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el nor
uego,
dónde el azar de no quedarme c
iego,
dónde el ancla y el mar, dónde el ol
vido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador con
fía
el iletrado y laborioso
día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compa
ñera
que me esperaba, y que tal vez me es
pera.






Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

sábado, 9 de mayo de 2015

JORGE LUIS BORGES, Serían las once de la noche, yo había entrado en el almacén, que ahora es un bar, en Bolívar y Venezuela






TALLER Jorge Luis Borges (1899–1986)

HISTORIA DE ROSENDO JUÁREZ
En El informe de Brodie, 1970


         Serían las once de la noche, yo había entrado en el almacén, que ahora es un bar, en Bolívar y Venezuela. Desde un rincón el hombre me chistó. Algo de autoritario habría en él, porque le hice caso en seguida. Estaba sentado ante una de las mesitas; sentí de un modo inexplicable que hacía mucho tiempo que no se había movido de ahí, ante su copita vacía. No era ni bajo ni alto; parecía un artesano decente, quizá un antiguo hombre de campo. El bigote ralo era gris. Aprensivo a la manera de los porteños, no se había quitado la chalina. Me invitó a que tomara algo con él. Me senté y charlamos. Todo esto sucedió hacia mil novecientos treinta y tantos.
          El hombre me dijo:
          —Usted no me conoce más que de mentas, pero usted me es conocido, señor. Soy Rosendo Juárez. El finado Paredes le habrá hablado de mí. El viejo tenía sus cosas; le gustaba mentir, no para engañar, sino para divertir a la gente. Ahora que no tenemos nada que hacer, le voy a contar lo que de veras ocurrió aquella noche. La noche que lo mataron al Corralero. Usted, señor, ha puesto el sucedido en una novela, que yo no estoy capacitado para apreciar, pero quiero que sepa la verdad sobre esos infundios.
          Hizo una pausa como para ir juntando los recuerdos y prosiguió:
          —A uno le suceden las cosas y uno las va entendiendo con los años. Lo que me pasó aquella noche venía de lejos. Yo me crié en el barrio del Maldonado, más allá de Floresta. Era un zanjón de mala muerte, que por suerte ya lo entubaron. Yo siempre he sido de opinión que nadie es quién para detener la marcha del progreso. En fin, cada uno nace donde puede. Nunca se me ocurrió averiguar el nombre del padre que me hizo. Clementina Juárez, mi madre, era una mujer muy decente que se ganaba el pan con la plancha. Para mí, era entrerriana u oriental; sea lo que sea, sabía hablar de sus allegados en Concepción del Uruguay. Me crié como los yuyos. Aprendí a vistear con los otros, con un palo tiznado. Todavía no nos había ganado el fútbol, que era cosa de los ingleses.
          En el almacén, una noche me empezó a buscar un mozo Garmendia. Yo me hice el sordo, pero el otro, que estaba tomado, insistió. Salimos; ya desde la vereda, medio abrió la puerta del almacén y dijo a la gente:
          —Pierdan cuidado, que ya vuelvo en seguida.
          Yo me había agenciado un cuchillo; tomamos para el lado del Arroyo, despacio, vigilándonos. Me llevaba unos años; había visteado muchas veces conmigo y yo sentí que iba a achurarme. Yo iba por la derecha del callejón y él iba por la izquierda. Tropezó contra unos cascotes. Fue tropezar Garmendia y fue venírmele yo encima, casi sin haberlo pensado. Le abrí la cara de un puntazo, nos trabamos, hubo un momento en el que pudo pasar cualquier cosa al fin le di una puñalada, que fue la última. Sólo después sentí que él también me había herido, unas raspaduras. Esa noche aprendí que no es difícil matar a un hombre o que lo maten a uno. El arroyo es taba muy bajo; para ir ganando tiempo, al finado medio lo disimulé atrás de un horno de ladrillos. De puro atolondrado le refalé el anillo que él sabía llevar con un zarzo. Me lo puse, me acomodé el chambergo y volví al almacén. Entré sin apuro y le dije:
          —Parece que el que ha vuelto soy yo.
          Pedí una caña y es verdad que la precisaba. Fue entonces que alguien me avisó de la mancha de sangre.
          Aquella noche me la pasé dando vueltas y vueltas en el catre; no me dormí hasta el alba. A la oración pasaron a buscarme dos vigilantes. Mi madre, pobre la finada, ponía el grito en el cielo. Arriaron conmigo, como si yo fuera un criminal. Dos días y dos noches tuve que aguantarme en el calabozo. Nadie fue a verme, fuera de Luis Irala, un amigo de veras, que le negaron el permiso. Una mañana el comisario me mandó a buscar. Estaba acomodado en la silla; ni me miró y me dijo:
          —¿Así es que vos te lo despachaste a Garmendia?
          —Si usted lo dice —contesté.
          —A mí se me dice señor. Nada de agachadas ni de evasivas. Aquí están las declaraciones de los testigos y el anillo que fue hallado en tu casa. Firmá la confesión de una vez.
          Mojó la pluma en el tintero y me la alcanzó.
          —Déjeme pensar, señor comisario —atiné a responder.
          —Te doy veinticuatro horas para que lo pensés bien, en el calabozo. No te voy a apurar. Si no querés entrar en razón, ite haciendo a la idea de un descansito en la calle Las Heras.
          Como es de imaginarse, yo no entendí.
          —Si te avenís, te quedas unos días nomás, después te saco y ya don Nicolás Paredes me a asegurado que te va a arreglar el asunto.
          Los días fueron días. A las cansadas se acordaron de mí. Firmé lo que querían y uno de los dos vigilantes me acompañó a la calle Cabrera.
          Atados al palenque había caballos y en el zaguán y adentro más gente que en el quilombo. Parecía un comité. Don Nicolás, que estaba mateando, al fin me atendió. Sin mayor apuro me dijo que me iba a mandar a Morón, donde estaban preparando las elecciones. Me recomendó al señor Laferrer, que me probaría. La carta se la escribió un mocito de negro, que componía versos, a lo que oí, sobre conventillos y mugre, asuntos que no son del interés del público ilustrado. Le agradecí el favor y salí. A la vuelta ya no se me pegó el vigilante.
          Todo había sido para bien; la Providencia sabe lo que hace. La muerte de Garmendia, que al principio me había resultado un disgusto, ahora me abría un camino. Claro que la autoridad me tenía en un puño. Si yo no le servía al partido, me mandaban adentro, pero yo estaba envalentonado y me tenía fe.
          El señor Laferrer me previno que con él yo iba a tener que andar derechito y que podía llegar a guardaespaldas. Mi actuación fue la que se esperaba de mí. En Morón y luego en el barrio, merecí la confianza de mis jefes. La policía y el partido me fueron criando fama de guapo; fui un elemento electoral de valía en atrios de la capital y de la provincia. Las elecciones eran bravas entonces; no fatigaré su atención, señor, con uno que otro hecho de sangre. Nunca los pude ver a los radicales, que seguían viviendo prendidos a las barbas de Alem. o había un alma que no me respetara. Me agencié una mujer, la Lujanera, y un alazán colorado de linda pinta. Durante años me hice el Moreira, que a lo mejor se habrá hecho en su tiempo algún otro gaucho de circo. Me di a los naipes y al ajenjo.
          Los viejos hablamos y hablamos, pero ya me estoy acercando a lo que le quiero contar. No sé si ya se lo menté a Luis Irala. Un amigo como no hay muchos. Era un hombre ya entrado en años, que nunca le había hecho asco al trabajo, y me había tomado cariño. En la vida había puesto los pies en el comité. Vivía de su oficio de carpintero. No se metía con nadie ni hubiera permitido que nadie se metiera con él. Una mañana vino a verme y me dijo:
          —Ya te habrán venido con la historia de que me dejó la Casilda. El que me la quitó es Rufino Aguilera.
          Con ese sujeto yo había tenido trato en Morón. Le contesté:
          —Sí, lo conozco. Es el menos inmundicia de los Aguilera.
          —Inmundicia o no, ahora tendrá que habérselas conmigo.
          Me quedé pensando y le dije:
          —Nadie le quita nada a nadie. Si la Casilda te ha dejado, es porque lo quiere a Rufino y vos no le importás.
          —y la gente, ¿qué va a decir? ¿Que soy un cobarde?
          —Mi consejo es que no te metás en historias por lo que la gente pueda decir y por una mujer que ya no te quiere.
          —Ella me tiene sin cuidado. Un hombre que piensa cinco minutos seguidos en una mujer no es un hombre sino un marica. La Casilda no tiene corazón. La última noche que pasamos juntos me dijo que yo ya andaba para viejo.
          —Te decía la verdad.
          —La verdad es lo que duele. El que me está importando ahora es Rufino.
          —Andá con cuidado. Yo lo he visto actuar a Rufino en el atrio de Merlo. Es una luz.
          —¿Creés que le tengo miedo?
          —Ya sé que no le tenés miedo, pero pensalo bien. Una de dos: o lo matás y vas a la sombra, o él te mata y vas a la Chacarita.
          —Así será. ¿Vos, qué harías en mi lugar?
          —No sé, pero mi vida no es precisamente un ejemplo. Soy un muchacho que, para escurrirle el bulto a la cárcel, se ha hecho un matón de comité.
          —Yo no voy a hacerme el matón en ningún comité, voy a cobrar una deuda.
          —Entonces, ¿vas a jugar tu tranquilidad por un desconocido y por una mujer que ya no querés?
          No quiso escucharme y se fue. Al otro día nos llegó la noticia de que lo había provocado a Rufino en un comercio de Marón y que Rufino lo había muerto.
          Él fue a morir y lo mataron en buena ley, de hombre a hombre. Yo le había dado mi consejo de amigo, pero me sentía culpable.
          Días después del velorio fui al reñidero. Nunca me habían calentado las riñas, pero aquel domingo me dieron francamente asco. Qué les estará pasando a esos animales, pensé, que se destrozan porque sí.
          La noche de mi cuento, la noche del final de mi cuento, me había apalabrado con los muchachos para un baile en lo de la Parda. Tantos años y ahora me vengo a acordar del vestido floreado que llevaba mi compañera. La fiesta fue en el patio. No faltó algún borracho que alborotara, pero yo me encargué de que las cosas anduvieran como Dios manda. No habían dado las doce cuando los forasteros aparecieron. Uno, que le decían el Corralero y que lo mataron a traición esa misma noche, nos pagó a todos unas copas. Quiso la casualidad que los dos éramos de una misma estampa. Algo andaba tramando; se me acercó y entró a ponderarme. Dijo que era del Norte, donde le habían llegado mis mentas. Yo lo dejaba hablar a su modo, pero ya estaba maliciándolo. No le daba descanso a la ginebra, acaso para darse coraje, y al fin me convidó a pelear. Sucedió entonces lo que nadie quiere entender. En ese botarate provocador me vi como en un espejo y me dio vergüenza. No sentí miedo; acaso de haberlo sentido, salgo a pelear. Me quedé como si tal cosa. El otro, con la cara ya muy arrimada a la mía, gritó para que todos lo oyeran:
          —Lo que pasa es que no sos más que un cobarde.
          —Así será —le dije—. No tengo miedo de pasar por cobarde. Podés agregar, si te halaga, que me has llamado hijo de mala madre y que me he dejado escupir. Ahora, ¿estás más tranquilo?
          La Lujanera me sacó el cuchillo que yo sabía cargar en la sisa y me lo puso, como fula, en la mano. Para rematarla, me dijo:
          —Rosendo, creo que lo estás precisando.
          Lo solté y salí sin apuro. La gente me abrió cancha, asombrada. Qué podía importarme lo que pensaran.
          Para zafarme de esa vida, me corrí a la República Oriental, donde me puse de carrero. Desde mi vuelta me he afincado aquí. San Telmo ha sido siempre un barrio de orden.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-