"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

jueves, 16 de julio de 2015

Marcelo Eguiguren, Ojalá supiera yo…, 3 versiones








TALLER Marcelo Eguiguren
Integrante Taller Mundo despierto




OJALÁ SUPIERA YO…
3 VERSIONES

3.

Ojalá supiera yo lo que pasó
aquella noche en que los perros
ladraron como nunca lo habían hecho,
quién más que yo quisiera saberlo
pero resulta que no tengo en mi cabeza
más que una maraña de hechos inconexos,
en un bolsillo
hilachas de cabello que ignoró la requisa
y no sé
si te pertenecen, es decir
si pertenecen a ese fantasma sin rostro
al que tampoco he podido
en todo este tiempo
ponerle nombre y viene
desde la noche de mi memoria hasta el presente
en que estoy frente a ustedes,
que no saben cuánto desearía
seguro más que ustedes
más que esos otros
que me señalan acaso sin conocerme
encontrar al menos un recuerdo
algo que me traiga, no sé
tus ojos, tu sonrisa
(seguro hubo un tiempo en que sonreías)
quien quiera que seas
o hayas sido hasta esa noche que ahora
con otras noches y otros días
no es más que un pantano del que brotan
(asoman apenas, y mueren)
ajenas situaciones, lugares
que no recuerdo haber habitado
Tal vez si escuchara otra vez a los perros
ladrar como lo hicieron esa noche
pero no, no se oyen perros desde acá
donde lo más parecido
son los gritos de otra gente
que seguro no tiene, como yo
respuesta a sus preguntas.


2.

Ojalá supiera yo lo que pasó aquella noche en que los perros ladraron como nunca lo habían hecho. Quién más que yo quisiera saberlo. Pero resulta que no tengo en mi cabeza más que una maraña de hechos inconexos; en un bolsillo, hilachas de cabello que ignoró la requisa y no sé si te pertenecen, es decir, si pertenecen a ese fantasma sin rostro al que tampoco he podido -en todo este tiempo- ponerle nombre y viene desde la noche de mi memoria hasta el presente en que estoy frente a ustedes, que no saben cuánto desearía seguro más que ustedes, más que esos otros que me señalan acaso sin conocerme -encontrar al menos un recuerdo, algo que me traiga, no sé, tus ojos, tu sonrisa (seguro hubo un tiempo en que sonreías) quien quiera que seas o hayas sido hasta esa noche que ahora, con otras noches y otros días, no es más que un pantano del que brotan (asoman apenas, y mueren) ajenas situaciones, lugares que no recuerdo haber habitado. Tal vez si escuchara otra vez a los perros ladrar como lo hicieron esa noche… Pero no, no se oyen perros desde acá, donde lo más parecido son los gritos de otra gente que seguro no tiene, como yo, respuesta a sus preguntas.


1.

Ojalá supiera yo lo que pasó/aquella noche en que los perros/ladraron como nunca lo habían hecho/quién más que yo quisiera saberlo/pero resulta que no tengo en mi cabeza/más que una maraña de hechos inconexos/en un bolsillo/hilachas de cabello que ignoró la requisa/y no sé/si te pertenecen, es decir/si pertenecen a ese fantasma sin rostro/al que tampoco he podido/en todo este tiempo/ponerle nombre y viene/desde la noche de mi memoria hasta el presente/en que estoy frente a ustedes/que no saben cuánto desearía/seguro más que ustedes/más que esos otros/que me señalan acaso sin conocerme/encontrar al menos un recuerdo/algo que me traiga, no sé/tus ojos, tu sonrisa/(seguro hubo un tiempo en que sonreías)/quien quiera que seas/o hayas sido hasta esa noche que ahora/con otras noches y otros días/no es más que un pantano del que brotan/(asoman apenas, y mueren)/ajenas situaciones, lugares/que no recuerdo haber habitado/Tal vez si escuchara otra vez a los perros/ladrar como lo hicieron esa noche/pero no, no se oyen perros desde acá/donde lo más parecido/son los gritos de otra gente/que seguro no tiene, como yo/respuesta a sus preguntas.


Marcelo Eguiguren nació en Bolivar en 1960. Reside en Berisso. Integrante del taller Mundo despierto.

miércoles, 8 de julio de 2015

RAYMOND CARVER Abriendo el cestito de fresas








TALLER RAYMOND CARVER
(EEUU, 1938-1988)
En: “Bajo una luz marina”, traducción de Mariano Antolín Rato.
RECUERDO

Abriendo el cestito de fresas –las primeras
de esta primavera– planeando cómo
tomarlas esta noche, cuando esté
solo, (Tess ha salido),
recordé que olvidé darle
un mensaje cuando hablábamos:
alguien cuyo nombre olvidé
llamó para decir que la abuela
de Susan Powell había muerto, de repente.
Seguir trabajando con las fresas al lado.
Pero recordé, también, que al volver
de la tienda, vi a una niña
en patines de la que tiraba, en
la carretea, su enorme y amistoso
perro. La saludé con la mano.
Me devolvió el saludo. Y llamó
a gritos a su perro, que seguía
tratando de olisquear
en la fina hierba de la cuneta.
Afuera ya casi es de noche.
Un poco después, cuando tome las fresas,
volveré a recordar –en orden no
exacto– a Tess, a la niña, a un perro,
patines, recuerdo, muerte, etc.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. -

jueves, 2 de julio de 2015

JUAN JOSÉ SAER La explosión de un cuerpo y de su sombra








TALLER JUAN JOSÉ SAER 
(Serodino, 1937 - París, 2005)

En el cuento "Sombras sobre vidrio esmerilado” de Juan José Saer, su narradora, Adelina Flores, va creando un poema a lo largo del texto. Lo podemos organizar de esta manera:


     Veo una sombra sobre un vidrio. Veo
algo que amé hecho sombra y proyectado
sobre la transparencia del deseo
como sobre un cristal esmerilado.

En confusión, súbitamente, apenas,
vi la explosión de un cuerpo y de su sombra,
ahora el silencio teje cantilenas
que duran más que el cuerpo y que la sombra.

Ah, si un cuerpo nos diese aunque no dure
cualquier señal oscura de sentido
como un olor salvaje que perdure
contra las formaciones (diligencias) del olvido.

Y que por ese olor reconozcamos
cuál es el sitio de la casa humana
como reconocemos por los ramos
de luz solar la piel de la mañana.



Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

martes, 23 de junio de 2015

ALEJO CARPENTIER Las arrugas del estilo











TALLER ALEJO CARPENTIER (1904 – 1980)

EL ADJETIVO Y SUS ARRUGAS

     Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.

     El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.

     Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.

     Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller. -

viernes, 19 de junio de 2015

JUAN JOSÉ SAER, Otros, ellos, antes, podían










TALLER JUAN JOSÉ SAER (1937 – 2005)  
“La mayor” (Fragmento)

     “Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, por un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada. Sopo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua, por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago, ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente, que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay nada, ni rastro, ni recuerdo, de sabor: nada (...). Y como si fuese posible saber, si es de verdad recuerdo, de que, nítidamente, es recuerdo: o lo que puede haber de común, por decirlo de algún modo, entre la bufanda amarilla, y el recuerdo que sube, ¿de qué mundo?, amarillo, en forma de bufanda que se extiende, ahora, de las esquinas hasta el centro. No pareciera, no, que hubiese, o que debiera haber, mejor, común a las dos manchas amarillas, la que recuerdo, la que recuerdo que recuerdo, o la que creo, más bien, al verla aparecer, recordar, que ha estado, fuera, en alguna otra parte, en otro momento, ningún puente, ninguna, por llamarla de algún modo, relación. Y de los hombres que, creo haber dicho, parecieran estar, en la semipenumbra matinal del Gran Doria, fumando, tomando un café, no sé, verdaderamente, por decirlo de algún modo, nada: no podría decir, probablemente, a esta distancia si toman, de verdad, café, o si fuman, o si son, verdaderamente, hombres, a menos que pegue, por decir así, en ese vacío, recuerdos que no son, en el fondo, recuerdos de nada, de nada en particular, y de los que no podría decirse, ni siquiera, que son verdaderamente, en el preciso sentido de la palabra, si una palabra, ha de tener, obligatoriamente, un sentido preciso, recuerdos. La taza, por otra parte, de café que, se supondría, habría estado subiendo, en ese momento, a los labios, no sería, en realidad, en el recuerdo, ninguna taza, y el café, ningún café, ninguna cantidad de líquido negro, humeante, cubierto de espuma dorada, que no ha ocupado, en ninguna parte, y nunca, ningún lugar, ni pasado, después de no haber sido tomado por nadie, amargo, indiferente, por ninguna garganta: no, no hay, en el recuerdo de ese café, ningún café, y la bufanda amarilla, de la que debiera nacer la mancha amarilla que sube, ahora, sola, del pantano, flota, desintegrándose, ¿en qué mundo, o en qué mundos?”


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

miércoles, 17 de junio de 2015

JUAN L. ORTÍZ Fragmentos de poemas chinos en versión de Juanele













TALLER JUAN L. ORTÍZ (1896 – 1978)

FRAGMENTOS DE POEMAS CHINOS 
EN VERSIÓN DE JUANELE ORTÍZ

“Ellos son el ayer. Y únicamente hoy,
en el aire de los llamados, hasta aquél que, se creería, aún no es,
las briznas del corazón…”
(“La nieve”, Mao-Tse Tung)

“Pero a quién le digo, a quién,
las quejas del alma, de mi alma, bajo el cielo de las lágrimas?
A quién?”
(“En todo el cielo…”, Emi-Siao)

“El sol es una ausencia, casi,
pero la campiña, todavía, no lo olvida…”
(“Algo que es un aparecido…”, Sa-Chin)


“Algunos elementos en común que presentan estas textualidades respecto de la poesía “original” de Ortiz son, por ejemplo, el uso intensivo de los puntos suspensivos, el uso de comillas para resaltar algunos “préstamos” o palabras poco usuales en el español, en general provenientes del chino o del francés, la presencia recurrente de signos de interrogación al final de los versos o frases, el uso reiterado de los modalizadores “casi” y “apenas”, el uso del condicional, las repeticiones o reafirmaciones de ciertas palabras formando suertes de letanías en algunos versos (…)”.
(Guadalupe Wernicke. En “Juan L. Ortiz: traductor de poemas chinos y poeta orientalista”).




Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.- 

martes, 16 de junio de 2015

MARCEL PROUST Sale de mi taza de té













TALLER Marcel Proust (1871-1922)
En “Por el camino de Swann” 
(Fragmento)
Traducción: Pedro Salinas
  
  
     (…) Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada; perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del  objeto  que  les  sirve  de  cárcel.  Entonces  se  estremecen,  nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía.
     Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto ante de que nos llegue la muerte, o que no lo encontremos nunca.
     Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De  dónde  podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba  cuenta  de que  iba unida  al  sabor del  té y del  bollo, pero  le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un  segundo  trago,  que  no  me  dice  más  que  el  primero;  luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que  no  sé  interpretar  y  que  quiero  volver  a  pedirle  dentro  de  un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión.
     Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tome la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que  va  a  probar  captarla,  aparta  de  mí  todo  obstáculo,  toda  idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa  suprema. Y luego, por segunda vez, hago el  vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.
     Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata.
     ¿Llegará hasta la superficie  de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que  nos  aparta  de  todo  trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.
     Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena  que  mi  tía  Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va  desagregando!; las formas  externas -también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos-, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más  frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.
     En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.


Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-