"Y recordá / la vida / no es más que estos pedazos de nosotros / compartidos con los demás"

lunes, 10 de abril de 2023

LUISA VALENZUELA Acá hay muchas como yo




LA LLAVE 

     Una muere mil muertes. Yo, sin ir más lejos, muero casi cotidianamente, pero reconozco que si todavía estoy acá para contar el cuento (o para que el cuento sea contado) se lo debo a aquello por lo cual tantas veces he sido y todavía soy condenada. Confieso que me salvé gracias a esa virtud, como aprendí a llamarla aunque todos la llamaban feo vicio, y gracias a cierta capacidad deductiva que me permite ver a través de las trampas y hasta transmitir lo visto, lo comprendido.
     Ay, todo era tan difícil en aquel entonces. Dicen que sólo Dios pudo salvarme, mejor dicho mis hermanos -mandados por Dios seguramente-, que me liberaron del ogro.
     Me lo dijeron desde un principio. Ni un mérito propio supieron reconocerme, más bien todo lo contrario.
     Los tiempos han cambiado y si he logrado llegar hasta las postrimerías del siglo XX algo bueno habré hecho, me digo y me repito, aunque cada dos por tres traten de desprestigiarme nuevamente.
     Tan buena no serás si ahora te estás presentando en la Argentina, ese arrabal del mundo, me dicen los resentidos (argentinos, ellos).
     Aun así, aun aquí, la vida me la gano honradamente aprovechando mis condiciones innatas. Me lo debo repetir a menudo, porque suelen desvalorizarme tanto que acabo perdiéndome confianza, yo, que tan bien supe sacar fuerzas de la flaqueza.
     De esto sobre todo hablo en mis seminarios: cómo desatender las voces que vienen desde fuera y la condenan a una. Hay que ser fuerte para lograrlo, pero si lo logré yo que era una muchachita inocente, una niña de su casa, mimada, agraciada, cuidada, cepillada, siempre vestida con largas faldas de puntilla clara, lo pueden lograr muchas. Y más en estos tiempos que producen seres tan aguerridos.
     Dicto mis seminarios con importante afluencia de público, casi todo femenino, como siempre casi todo femenino. Pero al menos ahora se podría decir que arrastro multitudes. Me siento necesaria. Y eso que, como dije al principio, una muere mil veces y yo he muerto mil veces mil; con cada nueva versión de mi historia muero un poco más o muero de manera diferente.
     Pero hay que reconocer que empecé con suerte, a pesar de aquello que llegó a ser llamado mi defecto por culpa de un tal Perrault -que en paz descanse- el primero en narrarme.
     Ahora me narro sola.
     Pero en aquel entonces yo era apenas una dulce muchachita, dulcísima, ni tiempo tuve de dejar atrás el codo de la infancia cuando ya me tenían casada con el hombre grandote y poderoso. Dicen que yo lo elegí a mi señor y él era tan rudo, con su barba de color tan extraño... Quizás hasta logró enternecerme: nadie parecía quererlo.
     Cierto es que él no hacía esfuerzos para que lo quisieran. Quizá por eso mismo me enterneció un poco.
     No trato este delicado tema en mis seminarios. Al amor no lo entiendo demasiado por haberlo rozado apenas con la yema de un dedo. En cambio de lo otro entiendo mucho. Se puede decir que soy una verdadera experta, y quizá por eso mismo el amor se me escapa y los hombres me huyen, a los largo de siglos me huyen los hombres porque he hecho de pecado virtud y eso no lo perdonan.
     Son ellos quienes nos señalan el pecado. Es cosa de mujeres, dicen (pero tampoco quiero meterme por estos vericuetos, hay sobre el tema tanta especialista, hoy día).
     Digamos que sólo intento darles vuelta la taba, como se dice por estas latitudes; o más bien invertir el punto de vista.
     Desde siempre, repito, se me ha acusado de un defecto que si bien pareció llevarme en un principio al borde de la muerte acabó salvándome, a la larga. Un "defecto" que aprendí -con gran esfuerzo y bastante dolor y sacrificio- a defender a costa de mi vida.
     De esto sí hablo en mis grupos de reflexión y seminarios, y también en los talleres de fin de semana.
     Prefiero los talleres. Los conduzco con sencillez y método. A saber:
     El viernes a última hora, durante el primer encuentro, narro simplemente mi historia. Describo las diversas versiones que se han ido gestando a lo largo de siglos y aclaro por supuesto que la primera es la cierta: me casé muy muy joven, me tendieron lo que algunos podrían considerar la trampa, caí en la trampa si se la ve de ese punto de vista, me salvé, sí, quizá para salvarlas un poquitito a todas.
     Hacia el fin de la noche, según la inspiración, lo agrando más y más al ogro de mi ex marido y le pinto la barba de tonos aterradores. No creo exagerar, de todos modos. Ni siquiera cuando describo su vastísima fortuna.
     No fue su fortuna la que me ayudó a llegar hasta acá, me ayudó este mismo talento que tantos me critican. La fortuna de mi marido, que naturalmente heredé, la repartí entre mis familiares más cercanos y entre los pobres. Al castillo lo dejé para museo aunque sabía que nadie lo iba a cuidar y que finalmente se derrumbaría, como en realidad ocurrió. No me importa, yo no quise ensuciarme más las manos. Preferí pasar hambre. Me llevó siglos perfeccionar el entendimiento gracias al cual realizo este trabajo de concientización, como se dice ahora.
     El viernes por lo tanto sólo empleo material introductorio, pero las dejo a todas motivadas para los trabajos que las esperan durante el fin de semana.
     El sábado por la mañana, después de unos ejercicios de respiración y relajamiento que fui incorporando a mi técnica cuando dictaba cursos en California, paso a leerles la moraleja que hacia fines del 1600 el tal Perrault escribió de mi historia:
     “A pesar de todos sus encantos, la curiosidad causa a menudo mucho dolor. Miles de ejemplos se ven todos los días. Que no se enfade el sexo bello, pero es un efímero placer. En cuanto se lo goza ya deja de ser tal y siempre cuesta demasiado caro”.
     ¡La sagrada curiosidad, un efímero placer! Repito indignada, y mi indignación permanece intacta a lo largo de siglos. Un efímero placer, esa curiosidad que me salvó para siempre al impulsar en aquel entonces -cuando mi señor se fue de viaje dejándome el enorme manojo de llaves y la rotunda interdicción de usar la más pequeña- a develar el misterio del cuarto cerrado.
     ¿Y nadie se pregunta qué habría sido de mí, en un castillo donde había una pieza llena de mujeres degolladas y colgadas de ganchos en las paredes, conviviendo con el hombre que había sido el esposo de dichas mujeres y las había matado seguramente de propia mano?
     Algunas mujeres de los seminarios todavía no entienden. Que cuántas piezas tenía en total el castillo, preguntan, y yo les contesto como si no supiera hacia dónde apuntan y ellas me dicen qué puede hacernos una pieza cerrada ante tantas y tantas abiertas y llenas de tesoros y yo las dejo nomás hablar porque sé que la respuesta se las darán ellas mismas antes de concluir el seminario.
     Las hay que insisten. Ellas en principio hubieran optado por una vida sin curiosidad, callada, a cambio de tantas comodidades.
     ¿Comodidades? pregunto yo, retóricamente, ¿comodidades, frente a la puerta cerrada de una pieza que tiene el piso cubierto de sangre, una pieza llena de mujeres muertas, desangradas, colgadas de ganchos y seguramente un gancho allí, limpito, esperándome a mí?
     Todas ellas fueron víctimas de su propia curiosidad, me dicen los manuales y muchas veces también me lo señala la gente que participa en los talleres.
     ¿Y la primera? les pregunto tratando de conservar la calma. ¿Curiosidad de qué tendría la primera, y qué habrá visto?
     En mis épocas de joven castellana prisionera -sin saberlo- del ogro, la suerte, mejor llamada mi curiosidad, me ayudó a romper el círculo. De otro forma tengan por seguro que habría ido a integrar el círculo. La sola existencia de ese cuarto secreto hacía invivible la vida en el castillo.
     Se genera mucha discusión a esta altura. Porque yo presento las opciones, y entre todas escarbamos en las opciones, y curioseamos, y nos entregamos a actividades bellamente femeninas: desgarramos velos y destapamos ollas y hacemos trizas al mal llamado manto de olvido, el muy piadoso según dice la gente.
      Antes de terminar el trabajo del sábado retomo el tema de la llave, y así como mi ex esposo me entregó cierto remoto día un gran manojo de grandes llaves, yo les entrego a las participantes un gran manojo de grandes llaves imaginarias y dejo que se las lleven a sus casas y duerman con las llaves y sueñen con las llaves, y que entre las grandes llaves permitidas encuentren la llavecita prohibida, la de oro, y descubran qué habitación prohibida cierra esa llavecita, y descubran sobre todo si con la llave en la mano le dan la espalda a la habitación prohibida o la encaran de frente.
     El domingo transcurre generalmente en un clima cargado de espera. Las mujeres del grupo me cuentan sus historias, el momento de la llavecita prohibida se demora, aparecen primero las puertas abiertas con las llaves permitidas, las ajenas. Hasta que alguna por fin se anima y así una por una empiezan a mostrar su llavecita de oro: está siempre manchada de sangre.
     Hasta yo a veces me asusto. A menudo afloran muertos inesperados en estas exploraciones, pero lo que nunca falta es el miedo. Como me sucedió a mí hace tantísimo tiempo, como les sucede a todas las que se animan a usarla, la llavecita se les cae al suelo y queda manchada, estigmatizada para siempre. Esa mancha de sangre. En mi momento yo, para salvarme, para que el ogro de mi señor marido no supiera de mi desobediencia, traté de lavarla con lejía, con agua hirviendo, con vinagre, con los alcoholes más pesados de la bodega del castillo. Traté de pulirla con arenisca, y nada. Esa mancha es sangre para siempre. Yo traté de limpiar la llavecita de oro que con tantos reparos me había sido encomendada, todas las mujeres que he encontrado hasta ahora en mis talleres han hecho también lo imposible por lavarla, tratando de ocultar su trasgresión. ¡No usar esta llave! Es la orden terminante que yo retransmito el sábado no sin antes haber azuzado a las mujeres. No usar esta llave... aunque ellas saben que sí, que conviene usarla. Pero nunca están dispuestas a pagar el precio. Y tratan a su vez de limpiar su llavecita de oro, o de perderla, niegan el haberla usado o tratan de ocultármela por miedo a las represalias.
     Todas siempre igual en todas partes. Menos esta mujer, hoy en Buenos Aires, ésta tan serena con la cabeza envuelta en un pañuelo blanco. Levanta en alto el brazo como un mástil y en su mano la sangre de su llave luce más reluciente que la propia llave. La mujer la muestra con un orgullo no exento de tristeza, y no puedo contener el aplauso y una lágrima.
     Acá hay muchas como yo, algunos todavía nos llaman locas aunque está demostrado que los locos son ellos, dice la mujer del pañuelo blanco en la cabeza.
     Yo la aplaudo y río, aliviada por fin: la lección parece haber cundido. Mi señor Barbazul debe de estar retorciéndose en su tumba.



En Cuentos completos y uno más, Alfaguara, Ministerio de Educación Presidencia de la Nación, 2010 / De Simetrías, 1993 / Fotos: jmp / 
Luisa Valenzuela (Buenos Aires, Argentina, 26 de noviembre de 1938) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.-

martes, 4 de abril de 2023

2023 TALLER PRESENCIAL en LA PLATA y en CITY BELL, TALLER VIRTUAL por ZOOM

Taller presencial City Bell

2023 TALLER PRESENCIAL en LA PLATA y en CITY BELL
TALLER VIRTUAL por ZOOM

     “Dos Poetas peleaban por la Manzana de la Discordia y el Hueso de la Disputa, pues tenían mucha hambre. 
     —Hijos míos —dijo Apolo—, repartiré los premios entre los dos. Tú —le dijo al Primer Poeta— sobresales en Arte: toma la Manzana. Y tú —le dijo al Segundo Poeta — en Imaginación: toma el Hueso. 
     —¡Al Arte el mejor premio! —dijo el Primer Poeta, con voz triunfal, y al intentar devorar su premio se rompió todos los dientes. La Manzana era una obra de Arte. 
     —Eso demuestra el desprecio de nuestro Amo por el mero Arte —dijo el Segundo Poeta, sonriendo.  
     Entonces intentó roer su Hueso, pero los dientes lo atravesaron sin encontrar resistencia. Era un Hueso Imaginario.” /

(AB, 1842-¿1914) / 

Dylan

TALLERES DE LECTURA Y ESCRITURA
PRESENCIAL en LA PLATA Viernes a las 18 horas / 4 encuentros al mes / 
VIRTUAL POR ZOOM Jueves a las 15 horas / 4 encuentros al mes / 2 bloques de 40´
PRESENCIAL en CITY BELL Jueves a las 18 horas / 4 encuentros al mes / 
/ #TallerLiterarioLaPlataCityBell / 

martes, 7 de marzo de 2023

TALLER PRESENCIAL EN LA PLATA Y EN CITY BELL INICIA MARZO 2023

Taller Casa Verde / City Bell


Taller Casa Verde / City Bell


TALLER PRESENCIAL EN LA PLATA Y EN CITY BELL 


Taller Casa Roja / La Plata

INICIA en MARZO 2023


Taller Casa Roja / La Plata

jueves, 5 de enero de 2023

TALLERES 2023 ¿La vista llega antes que las palabras?



TALLERES 2023 
¿La vista llega antes que las palabras?

Casa Roja / Taller La Plata

Taller de Lectura y Escritura Creativa /
Taller presencial en City Bell /
Taller presencial en La Plata /
Taller Virtual por Zoom /
4 reuniones por mes / 

Casa Roja / Taller La Plata

Iniciamos en febrero o marzo 2023, imprescindible entrevista con el coordinador, imprescindible ganas de leer, ganas de escribir para quienes lo hagan, imprescindible buen humor, respeto por el otro, no es necesaria experiencia previa / días y horarios lo vamos armando en grupo / presencial y virtual / 

Casa Verde / Taller City Bell

¿VER Y LUEGO ESCRIBIR? ¿ESCRIBIR PARA VER?

Casa Roja / Taller La Plata

     Escribe John Berger en Modos de ver (1972): 

Casa Verde / Taller City Bell

     “La vista llega antes que las palabras. El niño mira y ve antes de hablar. 

Casa Verde / Taller City Bell

      Pero esto es cierto también en otro sentido. La vista es la que establece nuestro lugar en el mundo circundante; explicamos es mundo con palabras, pero las palabras nunca pueden anular el hecho de que estamos rodeados por él. Nunca Se ha establecido la relación entre lo que vemos y lo que Sabemos. Todas las tardes vemos ponerse el Sol. Sabemos que la tierra gira alrededor de él. Sin embargo, el conocimiento, la explicación, nunca se adecua completamente a la visión. El pintor surrealista Magritte comentaba esta brecha siempre presente entre las palabras y la visión en un cuadro titulado La Clave de los Sueños.

Casa Verde / Taller City Bell

     Lo que sabemos o lo que creemos afecta al modo en que vemos las cosas. En la Edad Media, cuando los hombres creían en la existencia física del infierno, la vista del fuego significaba seguramente algo muy distinto de lo que significa hoy. No obstante, su idea del infierno debía mucho a la visión del fuego que consume y las cenizas que permanecen, así como a su experiencia de las dolorosas quemaduras. 

Casa Verde / Taller City Bell

     Cuando se ama, la vista del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra, ningún abrazo puede igualar: un carácter de absoluto que sólo el acto de hacer el amor puede alcanzar temporalmente. Pero el hecho de que la vista llegue antes que el habla, y que las palabras nunca cubran por completo la función de la vista, no implica que ésta sea una pura reacción mecánica a ciertos estímulos. (Sólo cabe pensar de esta manera si aislamos una pequeña parte del proceso, la que afecta a la retina.) Solamente vemos aquello que miramos. Y mirar es un acto voluntario, como resultado del cual, lo que vemos queda a nuestro alcance, aunque no necesariamente al alcance de nuestro brazo. Tocar algo es situarse en relación con ello. Cierren los ojos, muévanse por la habitación y observen cómo la facultad del tacto es una forma estática y limitada de visión.) Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos. Nuestra visión está en continua actividad, en continuo movimiento, aprendiendo continuamente las cosas que se encuentran en un círculo cuyo centro es ella misma, constituyendo lo que está presente para nosotros tal cual somos. 

Casa Verde / Taller City Bell

     Poco después de poder ver somos conscientes de que también nosotros podemos ser vistos. 

Casa Roja / Taller La Plata

     El ojo del otro se combina con nuestro ojo para dar plena credibilidad al hecho de que formamos parte del mundo visible. 

Casa Verde / Taller City Bell

     Si aceptamos que podemos ver aquella colina, en realidad postulamos al mismo tiempo que podemos ser vistos desde ella. La naturaleza recíproca de la visión es más fundamental que la del diálogo hablado. Y muchas veces el diálogo es un intento de verbalizar esto, un intento de explicar cómo, sea metafórica o literalmente, ‛‛ves las cosas'‛, y un intento de descubrir cómo "ve el las cosas".”

Entrada a Casa Verde / Taller City Bell

En Modos de ver. John Berger (Hackney, Londres, Inglaterra, 5 de noviembre de 1926 - París, Francia, 2 de enero de 2017) / 

Casa Verde / Taller City Bell

Los autores y textos seleccionados por el coordinador forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.-
#JoséMaríaPallaoro #TallerLiterarioLaPlataCityBellPresencialVirtual

sábado, 24 de diciembre de 2022

ENCUENTRO EN TALLER LA PLATA jueves 22 de diciembre de 2022


PLATÓN 

(…) Que el amor es un deseo, es una verdad evidente; así como es evidente que el deseo de las cosas bellas no es siempre el amor. 


¿Bajo qué signo distinguiremos al que ama y al que no ama? Cada uno de nosotros debe reconocer que hay dos principios que le gobiernan, que le dirigen, y cuyo impulso, cualquiera que sea, determina sus movimientos: el uno es el deseo instintivo del placer, y el otro el gusto reflexivo del bien. 


Tan pronto estos dos principios están en armonía, tan pronto se combaten, y la victoria pertenece indistintamente, ya a uno, ya a otro. 


Cuando el gusto del bien, que la razón nos inspira, se apodera del alma entera, se llama sabiduría; cuando el deseo irreflexivo que nos arrastra hacia el placer llega a dominar, recibe el nombre de intemperancia. Pero la intemperancia muda de nombre, según los diferentes objetos sobre que se ejercita y de las formas diversas que viste, y el hombre dominado por la pasión, según la forma particular bajo la que se manifiesta en él, recibe un nombre que no es bueno ni honroso llevar. Así, cuando el ansia de manjares supera a la vez al gusto del bien, inspirado por la razón y a los demás deseos, se llama glotonería, y los entregados a esta pasión se les da el epíteto de glotones. 


Cuando es el deseo de la bebida el que ejerce esta tiranía, ya se sabe el título injurioso que se da al que a él se abandona. 


En fin, lo mismo sucede con todos los deseos de esta clase, y nadie ignora los nombres degradantes que suelen aplicarse a los que son víctimas de su tiranía. Ya es fácil adivinar la persona a que voy a parar después de este preámbulo; sin embargo, creo que debo explicarme con toda claridad. 


Cuando el deseo irracional, sofocando en nuestra alma este gusto del bien, se entrega por entero al placer que promete la belleza, y cuando se lanza con todo el enjambre de deseos de la misma clase sólo a la belleza corporal, su poder se hace irresistible, y sacando su nombre de esta fuerza omnipotente, se le llama amor. (…)



En Platón. Diálogos, Editorial Porrúa S.A., México, 1979 / De Fedro o del amor / Sin referencia de traductor / Selección: jmp / Imágenes: jmp y Grupo de Taller / 
Platón (Atenas o Egina, c. 427 - 347 a. C.) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

martes, 20 de diciembre de 2022

EDGAR BAYLEY Hay tantas cosas en el mar



TALLER EDGAR BAYLEY 
(Buenos Aires, 1919 – 1990)
EL MAR 

hay tantas cosas en el mar
por ejemplo
ese verde pez bola con mandíbula
y está la arena
(tus brazos)
el deshielo
que hace que los ríos lleven
risotadas alaridos de espanto
las decepciones
las esperanzas de la gente

muy lejos del mar
adonde se llega descalzo

con hambre
con sed
prisionero de la aurora
del amor ciego
de un nombre
de una ventura
del perdón
muy lejos del mar
hay un pequeño pueblo

el mar la gente son así



En Antología personal, CEAL, 1983 / Foto: jmp / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

sábado, 3 de diciembre de 2022

JUAN GELMAN El temblor de mis labios

Casa Roja / Taller La Plata


TALLER JUAN GELMAN /
(Buenos Aires, 3 de mayo de 1930 – Ciudad de México, 14 de enero de 2014) / 
ESCOLIO / 

     Escribí los poemas de dibaxu en sefardí, de 1983 a 1985. Soy de origen judío, pero no sefardí, y supongo que eso tuvo algo que ver con el asunto. Pienso, sin embargo, que estos poemas sobre todo son la culminación o más bien el desemboque de Citas y Comentarios, dos libros que compuse en pleno exilio, en 1978 y 1979, y cuyos textos dialogan con el castellano del siglo XVI. Como si buscar el sustrato de ese castellano, sustrato a su vez del nuestro, hubiera sido mi obsesión. Como si la soledad extrema del exilio me empujara a buscar raíces en la lengua, las más profundas y exiliadas de la lengua. Yo tampoco me lo explico. 

     El acceso a poemas como los de Clarisse Nikoïdski, novelista en francés y poeta en sefardí, desvelaron esa necesidad que en mí dormía, sorda, dispuesta a despertar. ¿Qué necesidad? ¿Por qué dormía? ¿Por qué sorda? En cambio, sé que la sintaxis sefardí me devolvió un candor perdido y sus diminutivos, una ternura de otros tiempos que está viva y, por eso, llena de consuelo. Quizás este libro apenas sea una reflexión sobre el lenguaje desde su lugar más calcinado, la poesía. 

     Acompaño los textos en castellano actual no por desconfianza en la inteligencia del lector. A quien ruego que los lea en voz alta en un castellano y en el otro para escuchar, tal vez, entre los dos sonidos, algo del tiempo que tiembla y que nos da pasado desde el Cid. 

     J. G

Dibaxu


En Dibaxu, Seix Barral, 1994 / Fotos: jmp / Archivo de La Talita Dorada / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 


Juan Gelman / un poema de dibaxu